Capítulo 2

2730 Palabras
Musiara Inferiore, 1311. Había una niña cerca del río junto a sus hermanos. Una pequeña castaña con preciosos rizos que poco sabe realmente del mundo que la rodea, y que no le interesa. Para ella, lo más importante está justo a su lado. Su hermana mayor se estaba encargando de sustentar las cantimploras nuevamente de agua, trabajo que le tocó originalmente a Sline, pero Zacharias no dejaba de maravillarla con los peces que veían ocasionalmente por el río. Parloteaba de sus habilidades para respirar bajo el agua y el movimiento de sus colas para ir contracorriente, incluso le habló de un extraño pez japonés que contaba con la fuerza para nadar cascada arriba y en recompensa por su esfuerzo y valentía se le otorgó la capacidad de convertirse en un precioso dragón. - ¿Todo eso es cierto, Zac? – preguntó la pequeña con un poco de recelo. – Suena a uno de tus cuentos. Es cierto que el niño tendía a inventar cosas para escandalizar a su hermana y al que le tocaba tranquilizar a Sline luego de esto era a su padre, que era el más paciente en comparación a su esposa. Ella era sabia pero muy tosca al tratar con la inocencia de los niños. En eso y muchas cosas más se demostraba el equipo perfecto que formaban, en especial criando a los niños. - ¡Por supuesto que es cierto! – replicó indignado. – Papá me lo dijo, ¿no es cierto? – se giró rápidamente hacia donde estaban sus padres, hablando en voz baja. Por poco los más pequeños no vieron a sus padres, a pesar de que estaban cerca de ellos y que podían verlos perfectamente a la orilla del río, pero para los niños estaban casi escondidos entre la maleza y los árboles. Al segundo llamado de su hijo Alessandro tuvo que levantar la mirada, sus dos hijos le estaban haciendo señas al mismo tiempo que discutían entre ellos. Por un momento tuvo el deseo de contener el momento en el tiempo. Alessandro era de esos hombres que se sentían muy cómodos en el bosque, mucho más que entre la sociedad con tantos protocolos e incomodidades que en medio de la naturaleza no eran realmente necesarias. Desde que nacieron sus hijos intentó enseñarles ambos lados del mundo, el natural y el que los hombres con sueños muy diferentes diseñaron. No se cansaba de alardear de los primeros conejos que Zacharias cazó sin su ayuda. Gracias a esas enseñanzas, el camino con los niños había sido relativamente pacífico y sin peros, porque después de todo siguen siendo niños y “jugar al bosque” les parecía aburrido luego de mucho tiempo. Sline y Zacharias sabían que algo extraño estaba pasando con sus padres, los viajes nunca eran tan largos como el de esa ocasión. Pero lo ignoraban por completo, su confianza en ellos era increíble. Antonella, la mayor de los hijos, por otro lado… Bueno, no es fanática de los secretos y era consciente de que los adultos mantenían un secreto lo suficientemente grande para sacarlos de su hogar de la noche a la mañana y casi sin explicaciones. Por eso mismo estaba encargándose de ignorar a sus padres como castigo hasta que decidieran darle explicaciones verdaderas. - ¡Un momento, Zacharias! – pidió antes de que su insistente hijo lo volviera a llamar. En cambio, se volvió hacia su esposa de nuevo. – Deben saber que estamos tomando esta ruta para tener cerca el río. – susurró con cuidado de que sólo Helena escuchara. No tuvieron mucho tiempo para planificar, solo empacar lo necesario y dejar todo lo demás atrás. Y solo después de cinco días empezaron a preocuparse por las municiones que realmente llevaban y no las que creían llevar. Las raciones de comida cada vez eran más pequeñas para cada uno y con períodos de tiempo más largos entre una comida y otra. - Podemos cazar, Alessandro, pero sin el agua nos alcanzarán aún más rápido incluso si cambiamos de rumbo. – su esposa mantenía su mirada en los tres niños, verlos le ayudaba a pensar con claridad. Tenía razón, por supuesto, y discutirlo sería no más que una pérdida de tiempo. Necesitaban el agua más que nadie y si era un punto clave para llegar a Piamonte sin complicaciones ni enfermedades. Alessandro había escuchado que era un buen lugar, uno tranquilo y que no llamaba la atención de nadie. Pero todavía no alcanzaban ni la mitad del camino, hecho que comenzaba a preocuparles a ambos. - Quizás… - ignoró el gesto negativo de su esposa. – Escucha, solo… Puedo desviarlos. Me voy en mi caballo, dejo mi rastro y hago que me sigan unos días. Puedo despistarlos después y volver con ustedes antes de que siquiera lo noten. Son solo cuatro días más de viaje, cariño, podemos hacerlo. Se apresuró en tomar la mano de Helena, no le cabía la duda de que no estaría de acuerdo con su plan. Aunque la verdad es que Alessandro se trataba de un excelente cazador, pensar como la presa era el truco perfecto. Sus perseguidores sólo estaban pensando en eso mismo, perseguirlos y asumir que sus acciones no cambiarían en ningún momento por el miedo. - No sabemos cuántos son. – argumentó Helena, mirándolo por primera vez desde que empezaron a discutir. – No sabemos qué tan buenos son ni qué tan rápido vienen o no. – se encogió de hombros, perdiendo un poco de su calma. – Es mucho más peligroso para ti que una salvación para todos. No es una opción. Todo eso también era cierto, lo único seguro era que alguien los estaba siguiendo. Aunque ambos sabían que, en efecto, se trataba más de una decisión ya tomada en silencio. Conocía a su esposa como la palma de su mano, cada vez que se ponía de los nervios con una decisión que no quería tomar era porque debían hacerlo, aunque ninguno de los dos quisiese. Y tampoco iban a mencionarlo, no en voz alta, fue lo mismo al decidir mudarse tan deprisa, por no llamarlo huir. Así que, se limitó a besar la frente de Helena, quizás por más tiempo del requerido, como si quisiese recordar cada aspecto del momento. Finalmente, pudo levantarse y se dirigió hacia donde estaban sus hijos, todavía hablando sobre los peces que veían y las leyendas que él se había encargado de que supieran. *** Más de setenta kilómetros, dos veces más rápido en comparación a lo que le tomaría con el resto de su familia. Pero la familia no tenía muchas más opciones, era la única manera de despistar a sus perseguidores… Y saber de paso cuántos y quiénes son realmente. El único riesgo que todavía pesaba mucho en su pecho era el de la posibilidad de que algo en su plan no saliera bien, en especial que lo atraparan en las primeras horas. Alessandro tuvo que moverse con cuidado por todo el campamento y recolectar provisiones sin despertar a su esposa e hijos. No se despidió de ninguno, solo irse le rompía el corazón en pedazos, pero hacer de eso también una despedida era muy doloroso para soportar irse después. Casi estaba subido en su caballo, cuando de pronto una pequeña voz lo llamó. Antonella aún estaba molesta con sus padres por los secretos, pero no por eso ignoraba lo que estaba pasando con su familia. La pequeña rubia había aprendido a estar alerta mientras descansaba. Al ser la mayor, su instinto de protección estaba siempre pendiente, por lo que ella podría descansar mejor si es que en la noche también lograba proteger a su familia. La niña había notado el instante en el que su padre había comenzado a moverse, pero había decidido ignorarlo al comienzo. Su mente había justificado las acciones como que seguramente necesitaba ir al baño o algo parecido. Sin embargo conforme pasaban los minutos notó que estaba recolectando cosas y eso sí que logró llamar su atención. También fue consciente de que con el paso de los días sus padres eran más cuidadosos con las provisiones, y aunque durante la tarde lograron recuperar para un par de días de tranquilidad, sabía que no era motivo para que su padre buscara un bocadillo de madrugada. - ¿Papá? - preguntó en un susurro con su ceño fruncido -. ¿A dónde vas? El hombre miró a su hija y cerró unos segundos los ojos maldiciendo su mala suerte. Él sabía que era un problema que su hija mayor se despertara. Lidiar con los dos menores era bastante sencillo porque su curiosidad normalmente no era tan centrada en lo que hacían sus padres como la de Antonella. Su primogénita siempre estaba pendiente de cada situación, de cada segundo y él era consciente de que ella había estado molesta de que no le contaran los planes. El enojo de su hija había sido claro para él y para Helena, pero ambos habían decidido que era demasiado joven como para entender lo que sucedía. Los dos habían pensado que no habría sido justo con la pequeña el contar lo que les atormentaba. Para ambos era razón más que suficiente para simplemente resignarse a soportar su berrinche. - Vuelve a la cama, Ella. - pidió Alessandro acercándose a su hija. - Ve a dormir. No tenía mucho tiempo. Necesitaba salir de ahí lo más pronto posible para poder conseguirle un par de días más a su familia. No podía estar seguro de que tan lejos estaban sus perseguidores y era mejor ser precavidos. Además de la cantidad de terreno que planeaba recorrer, y quería sacar el tiempo para buscar una fuente de agua fija, ya que la ruta en su cabeza se desviaba bastante del río. Sin embargo, tenía el ligero recuerdo de un par de lagos en los próximos kilómetros. - ¿Qué estás haciendo? -volvió a preguntar Antonella cuidando de no levantar su voz. - No más secretos, papá. La niña ya estaba cansada de la impotencia que había estado sintiendo esos días. Habían razones por las que le gustaba conocer lo que pasaba y una de ellas era que si ella no sabía, no podía ayudar. Antonella sabía que podía ser útil para sus padres. Podía encargarse de sus hermanos mientras ellos planifican, pero sus padres se habían negado varias veces a incluirla. Para ella el mensaje había llegado fuerte y claro: sus padres no confiaban lo suficiente en ella. Todavía la veían como una niña pequeña que no podía encargarse de su familia y ella ya se estaba cansando de la situación. - No pasa nada. -aseguró Alessandro acercándose a su pequeña. - Voy a dar unas vueltas para buscar comida y monitorear la zona. Ve a dormir. Antonella dudó por un par de segundos, pero se obligó a recordar que el hombre odiaba mentir a su familia. Casi nunca lo hacía y era porque él había experimentado de pequeño las mentiras de los adultos y había evitado repetir esos errores con sus hijos. Sin embargo, no había una mejor solución en estos momentos. Él tenía que irse rápido. - ¿Y te llevas provisiones? - su hija enarcó una ceja y eso casi logró sacarle una sonrisa. La mayor de sus tres hijos era la copia exacta de su esposa. Todos podían verlo cuando se paraban juntas, pero muy pocas personas podían identificar los gestos que compartían las dos al enojarse. Con ese pensamiento en mente una nueva descarga de culpa lo golpeó al reconocer que esta era la única despedida que tendría. Nadie podría asegurarle realmente que su plan resultaría o si lo último que su hija escucharía de su parte serían mentiras. Alessandro conocía los riesgos que estaba a punto de aceptar, era demasiado peligroso lo que estaba planeando hacer. Y a pesar de que estaba seguro de poder ganar tiempo y regresar con su familia, el problema era que una parte de él se estaba encargando de recordarle que tal vez no pudiera volver a verlos. - Ella, no es el momento. Necesito que regreses a dormir. -pidió el hombre esperando que su hija obedezca.- Mamá te va a necesitar en la mañana. Esa había sido una jugada sucia. Todos conocían la debilidad que tenía Antonella para ayudar a los demás. A pesar de eso, Alessandro no sentía culpa. La otra opción que tenía era mucho peor y esperaba no tener que utilizarla, pero su niña era muy obstinada, no lo dejaría ir tan sencillo y sin al menos una explicación real. Tuvo que mantener su mirada firme y casi fría, intentando quebrantar la voluntad de su pequeña de doce años. Notó como Antonella dudó unos segundos en obedecer o no. Su hija no se caracterizaba por ser desobediente ni mucho menos pero sí poseía una terquedad que no la hacía ceder con facilidad normalmente. - Dime qué está pasando. -volvió a pedir la pequeña, ahora cruzándose de brazos. Alessandro reconoció el gesto casi de forma instantánea. Su hija no aceptaría más largas y si sus cálculos eran correctos… Estaba a nada de amanecer. Los pequeños movimientos nerviosos que notaba eran claros para ella, como el ligero temblor en su ojo. - Bien. Necesito que me escuches bien. -ordenó suavemente el hombre y se acercó a su hija. Una ventaja que tenía en ese momento, y que sabía que lamentaría después, era que sus hijos aún no habían presentado señales del cambio. De esta manera su hija mayor no sabría lo que estaba a punto de pasar, por lo que no puso resistencia a su orden. El hipnotismo era uno de los dones más comunes en su especie. Algo que se tenía que enseñar desde la primera aparición por lo delicado que era. Para que sea exitoso se necesita manipular los pensamientos de la persona, que entre en un trance donde solo uno pueda dar órdenes. Un error común es terminar perdiéndose en la cabeza de la otra persona, por lo que se necesitaba fuerza de voluntad y una mente clara. Lo comparaban mucho con los viajes largos porque no puedes ir a ningún lugar si no recuerdas de dónde vienes en primer lugar. Alessandro limpió su mente de cualquier pensamiento que pudiera alterar el resultado y clavó los ojos en su hija. Hace mucho tiempo que no lo hacía, era una invasión muy especial e injusta en este caso, su pequeña ni siquiera tenía las herramientas para resistirse de la manera en que seguro querría de saber lo que estaba a punto de pasar, pero podía aprovechar la joven edad de su hija y que se acabara de despertar como ventaja hacia su parte. - Solo me escuchas a mi. -comenzó a hablar con una melodiosa voz.- Vas a dejar tu mente en blanco. En segundos los ojos de su pequeña, aun mirando hacia enfrente, se notaron perdidos y su rostro perdió emoción. Poco a poco el cuerpo de su niña se fue relajando, soltando sus brazos y borrando las expresiones de su rostro. Esas eran las primeras señales de que estaba funcionando. El hombre sintió un poco de orgullo de que sus habilidades no estuvieran tan oxidadas, pero en ese segundo notó el ceño de su hija fruncirse. Casi no podía creerlo, pero no tenía el tiempo para distraer su propia mente por la sorpresa inesperada de su hija... Se estaba resistiendo, y muy bien en su opinión, por lo que necesitaba poner un poco más de autoridad en sus palabras. - Te sientes cansada. -siguió hablando concentrado en lo que quería que su hija sienta y piense.- Estás olvidando lo que viste. Te levantaste por un poco de agua y ahora vas a regresar a dormir. Estás demasiado cansada. -necesitaba pintar el panorama lo más específico posible si quería que funcionara.- Nos viste a todos dormidos y nada fuera de lo normal así que volviste a dormir. -reiteró la orden.- Vas a dormir. -repitió una vez más y los párpados de la pequeña comenzaron a cerrarse.- Ve y duerme. -rompió el contacto visual y esperó unos segundos. Antonella aún tenía la mirada perdida pero en poco tiempo se comenzó a mover. Con suerte el hipnotismo funcionaría y ella no recordaría nada. A pesar de eso, que ella volviera a dormir ya era una ganancia para Alessandro, por lo que al verla acostarse no dudó y se subió al caballo para poder partir.
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