PVO Apolo.
—¿Puedes dejar de mirar el celular, Elrik? Que para eso no te he invitado —le recrimino a mi hermano, mientras observo con molestia el bullicio del lugar.
—Sí que eres molesto, Apolo —deja su celular frunciendo el ceño—. Solo estaba asegurándome de que nuestra hermana estuviera bien. Fue a la fiesta de una amiga un poco lejos y me preocupa.
—¿Nuestra hermana o su amiga? —soy directo. Quizás intente ocultarlo, pero a mí no. Este imbécil se fijó en la amiga de nuestra hermana menor, también una menor de edad encima.
—¿Tengo que responder tu pregunta?
Sonrío a su sarcasmo, sin dejar de mover mi copa y mirar al frente. Nunca se puede callar sin darme la contraria.
—No. Ahí viene Antonio, así que déjalo. Te traje justamente para que me distrajeras e impedir que el imbécil de mi vicepresidente me envolviera de nuevo con otro grupo de mujeres.
Mi hermano trillizo suelta una risa.
—¡Bah! ¡Es mi fiesta, chicos, no un funeral! —se queja chocando nuestras copas—. Elrik, me alegra que hayas venido, se te nota que has madurado. Y, ¿cómo van las empresas?
—Perfectamente bien, descuida.—Le responde.—Justo mi hermano me ponía al corriente de las demás empresas que tiene a su cargo, y por lo visto han tenido un impecable récord.
—¡Por favor! Me ofendes, amigo —le da una palmadita en la espalda—. Estás tratando no solo con los mejores empresarios de la ciudad, sino también con los hombres más sexys.
Dirige su vista hacia un grupo de damas que no han dejado de mirar hacia aquí desde que llegué con mi hermano y, si no hubiese sido por los molestosos inversionistas que se acercaron como hienas hambrientas de dinero, ya se me hubiesen lanzado encima, o quizás llevado a una cama de este hotel.
—Pues excelente, es tu fiesta, disfrútalo, Antonio.
—Sí, disfrútalo —apoyo a mi hermano—. Y ya nos vamos. No olvides que mañana tenemos la reunión mensual con los accionistas y… ya sabes.
—Sí, ya sé.—Responde desanimado.—pero es muy temprano para que se vayan —se queja ahora —. He tenido que hacer un buen gasto alquilando este hotel y solo por mis ilustres invitamos, no sean así. Quédense al menos hasta las doce, ¿qué dicen?
Elrik mira su reloj, y sé lo que va a decir.
—Lo siento, Antonio, tengo un viaje programado para la madrugada, y si me quedo puedo perder el vuelo.
Antonio rueda los ojos, pero mantiene su buen estado de ánimo.
—Pero mi hermano no tiene nada que hacer, así que puede quedarse, a ver si por fin conoce a alguien y sienta cabeza.
—Elrik… —subo mi tono de voz.
—El abuelo ya lo está presionando para que se case o, de lo contrario, lo casarán con…
—Ya —lo corto con una mirada que él sabe que debe callarse o tendrá problemas—. ¿Es necesario que digas estas tonterías en esta fiesta, hermanito?
—No, no, por supuesto que no —baja la mirada y termina su copa de un sorbo—. Me voy, y excelente fiesta, Antonio. Sería bueno que tú también sentaras cabeza, digo.
Antonio no responde. Tiene la mirada puesta en mí, esperando que el metiche de mi hermano se vaya para lanzarse a sacarme información.
—Esta me la pagarás, Elrik —susurro jalándolo hacia mí, y manteniendo mi sonrisa.
—Sí, estoy ansioso por tu castigo. Aunque primero deberías preocuparte en serio por conseguir esposa, ya sabes por qué.
Mi hermano se va, levantando la copa en señal de que me venció de nuevo. Si no fuera mi hermano, quizás ya estaría 10 metros bajo tierra.
—Así que casarte, eh, interesante.
—Olvida lo que dijo. A mí nadie me obliga a casarme; soy yo quien decide eso, y lo sabes.
Antonio sigue tomando, mirando su copa, hasta que finalmente suelta una risa que me incomoda.
—Lo sé, pero también sé que a tu abuelo nunca debes darle la contra. Después de todo, es el sumo amo de todo el Imperio Kingston, ¿no?
El Imperio Kingston le pertenece a la familia de mi padre. Lo que Antonio desconoce es que el imperio que manejo es el de mi abuelo: el poderoso Imperio Anisimova, que lava dinero y cuyo poder proviene, en gran parte, de la mafia, pues mi abuelo fue su líder en el pasado.
—Sí, pero también soy su nieto, y me tiene consideración. Elrik está inventando.
Mi amigo sonríe con esa incredulidad tan suya. Conoce demasiado bien a mi abuelo —su temple implacable en los negocios, su carácter de hierro— y sabe que, cuando él da una orden, yo no tengo más alternativa que obedecer.
—Ven, hoy han venido señoritas de nuestra clase, muy bien portadas, hijas de hombres millonarios y, con suerte, alguna virgen —eso sonó a burla—. Quizás encuentres algo.
—¿Para después empujarnos a una cama de este hotel? —ahora soy yo quien se burla—. ¿Crees que no sé que hiciste tu fiesta a propósito en este lugar Antonio?
—¿Tú crees?.—Odio su sarcasmo, pero lo soporto porqué es muy hábil en los negocios.
Al final, le sigo el consejo y nos unimos a un grupo de elegantes y bien portadas damas, pero todas se notan repasadas y con ganas de que las folle duro. Lástima, no tengo ganas hoy, por muy difícil que parezca.
—Aburrido —me dice mi amigo cuando por fin le pido una habitación—. En serio, Apolo, deberías quedarte y nos buscamos una que nos complazca a ambos. Vamos, ¿qué dices? Es mi fiesta, cúmpleme ese sueño, ¿sí?
—¿Un trío es tu más grande sueño? —me burlo.
—Oye, ¿qué tiene? Somos solteros y tenemos derecho.
—Tú, a mí no me importas, pero si se me antoja, te llamo y pido un par de sumisas experimentadas, no una virgen tonta que no sabe dónde pararse.
Me desajusto la camisa y cierro la puerta. Necesito un buen baño, algo que sí sea comida y dormir. Mañana será un día muy agotador, si es cierto lo que Elrik ha dicho.
y para mi mala suerte, eso se convierte en realidad con un inesperado mensaje del abuelo.
“Mañana, en el hotel Reagan. Ven bien vestido, Apolo, y si tienes que cancelar algún pendiente, hazlo. Esto es impostergable.”
—Y ahí está —susurro mientras dejo el celular y me seco el cabello con una toalla, todo despreocupado, hasta que me tropiezo con unos zapatos de dama en el suelo.
¿Pero qué rayos?
—Más vale que Antonio no se haya atrevido a entrar con alguna de sus amiguitas, porque no le gustará conocer mi lado oscuro cuando estoy molesto.
Pero lo que encuentro no parece ser eso, menos hay indicios de Antonio y toda su artillería de licores y condones.
—¿Y tú quién eres? —pregunto a la dama que parece estar dormida en mi cama—. Caray, sí, lo está.
Me acerco a la cama y rozo mi mano con su mejilla, que está roja y algo caliente. Ha tomado.
—¿Una pequeña borracha se perdió acaso?
Por un rato me quedo observándola dormir. Es raro, me transmite una paz que no sé explicar, una mezcla de calma y ternura que solo he sentido con mi familia, nunca con ninguna de esas mujeres con las que solía pasar el tiempo. Y mucho menos observándolas dormir.
—M-mamá, tengo hambre…
Lo murmura entre sueños y no puedo evitar soltar una pequeña risa. Sigo mirándola, fijándome en sus gestos suaves, tan inocentes, hasta que, al fin, abre los ojos confundida. Llama el nombre de una mujer, y solo entonces se da cuenta de que estoy aquí.
“Una pequeña corderita que se nota está perdida”, me dice un angelito imaginario en mi hombro derecho.
“O quizás fingiendo para ser devorada por el lobo feroz”, contradice un diablito en el otro hombro.
Lo que sea, ella está en mi cama, invadiendo mi privacidad con ese vestido bajo, exponiéndose como la puta inocente que quiere aparentar ser. Pero yo no caigo.
Antes de que pueda decir algo, la beso. Tomo sus muñecas y devoro sus labios rojos que saben a licor, pero no me incomoda; al contrario, me incendia por dentro, y el fuego me impulsa a profundizar el beso con una avidez que ya no intento contener. Es extraño, mi m*****o, con su solo beso, reacciona. Mi cuerpo se tensa, vibrando entre el deseo y el efecto del alcohol que corre por mis venas.
“Ves, ella también deseaba esto tanto como tú”, dice ese diablillo imaginario.
“Su expresión dice lo contrario, creo que no está muy consciente que digamos”, la defiende mi lado bueno.
Pero mi cuerpo, en instinto salvaje, me impulsa a seguir, a disfrutar de su entrega, porque ella lo está disfrutando —o su cuerpo—. Inesperadamente me deja abrirle las piernas, de las que despide un aroma dulce y, cuando lo pruebo, me pierdo por completo.
“Corderita, no sabes lo bien que estoy pasándola”, pienso, o creo que lo dije en voz alta. En fin, dejo lo que estoy seguro es el postre más delicioso que he probado —y se ha vuelto mi adicción— para subir por su cuerpo y dejar rezagos de besos en su delicada piel.
¡Rayos! ¿qué demonios se pone para tener una piel tan suave?
“Seguro que es una de esas cremas francesas caras para seducir”, murmura mi lado maligno.
“O quizás solo una crema de catálogo, no cara, pero sí perfumada.”
Lo que sea, esto es más que una maldita excitación. Lo sé. Es difícil para mí aceptarlo. Estoy deseoso, pero esta vez no voy a penetrarla como hago en mis demás relaciones. Quiero sentirla con todo el cuerpo, como si fuera la última vez, pero no. No será la última.
La pequeña corderita tensa las piernas y se retuerce mientras se sujeta de las sábanas con sus manos. En medio de su orgasmo, asciendo con besos y pequeñas mordidas, hasta posicionarme entre sus piernas, pero me detengo.
Es increíble. Yo, Apolo Kingston, el líder y heredero del viejo líder de la mafia de la roja ¿teniendo compasión por una mujer cualquiera?
No. Tú no eres así, Apolo. Si deseas algo, lo tomas y ya. Nadie puede detenerte, y esta niña no es la excepción. Además, ella fue la que se metió a tu cama, la que provocó el despertar del animal que llevas dentro.
Ahora debe pagarlo, o disfrutarlo.
Tomé mi pene endurecido y lo dirigí a la entrada de su sexo, sacándole un quejido que me hizo detener.
¡No! No puede ser lo que creo. Es una mujerzuela insignificante que se te está entregando, Apolo.
“Quizás sea porque no tiene relaciones en mucho tiempo”, me decía mi diablillo interior, mientras yo me perdía en el placer, sin dejar de entrar en ella.
“Yo creo que a ella le duele porque es virgen”, de nuevo ese angelito en mi hombro derecho que impide que haga el mal.
¿Virgen? Sí, lo es… ¡lo es! No soy tonto, pero…
—Corderita, estás muy apretada… acaso… —miré su rostro y ella tenía los ojos cerrados, como si intentara protegerse—. ¿Era tu primera vez?
Pero no respondió, y no era necesario. Esas lágrimas lo hacían por sí solas. Sonreí jubiloso por la verdad. No la conocía, pero esta mujer había hecho lo que cien mujeres no hubiesen podido hacer.
—Sr… —después de unos segundos, por fin dice algo, pero no era la palabra esperada.
—No me llames señor. Llámame Apolo, pequeña corderita. Apolo.
Ella vuelve a cerrar los ojos, lo que percibo como una invitación a seguir, pero de nuevo, mi conciencia y ese lado bueno me hicieron ir despacio.
Maldición, quiero tomarla a la fuerza y enterrarme en ella una y otra vez hasta estar en lo más profundo, pero, mi buena conciencia no me dejaba.
—Corderita, bésame —ordené, y ella obedeció, posicionando sus manos detrás de mi cuello y haciendo que la bestia que estaba amarrada saliera a flote.
Besé sus pechos como un crío, sus labios rojos, sin dejar de moverme como un poseído. Mi pequeña corderita volvió a cerrar sus ojos y gritó de placer. Lo que siguió fue un vaivén de penetraciones que nos llevaron a ambos al orgasmo y más exquisito placer. Uno que no había sentido nunca.
Embestí rápido, desesperado, buscando mi propia liberación. Estar dentro de ella era tocar el mismo cielo con las manos, hasta que por fin un orgasmo explosivo me hizo vaciarme dentro de mi corderita, que arqueó su espalda y se mordió el labio por el placer.
Maldita sea, esto es mejor que la estúpida y aburrida fiesta de Antonio.
Mi pequeña mujer cayó rendida en el colchón, exhausta, pero yo quería más. La giré para quedar frente a mí. Tenía los ojos verdes más hermosos que haya visto, pero ella giró para evitar el contacto largo. Se le nota cansada; lo veo en sus ojos que quieren cerrarse.
—Lo siento, corderita, pero tu mayor error fue meterte a mi cama sin ser invitada —susurré a su oído, y me introduje en su interior de un solo tirón, y la besé con hambre, arremetiendo en su interior como un maníaco.
Esa noche la hice mía, mi mujer, tantas veces que olvidé cuántas, y solo reaccioné cuando el sol alumbró directamente mi rostro por un costado de la cortina.
¡Carajo!
Me levanté en una y pude ver a mi lado a la corderita que me había hecho perder la cordura y la razón por primera vez.
Enseguida me vestí. Debía llamar a alguien para que me buscara información sobre esta chica. Yo debía anticiparme, pero entonces el idiota de Elrik llamó.
Miré a mi corderita y me acerqué a ella para asegurarme de que siguiera dormida, ella no iba a irse nunca más.
—Eres tan hermosa —susurré con una sonrisa tonta y acariciando su rostro sonrojado, hasta que una marca oscura detrás de su cuello llamó mi atención—. ¿Qué es esto?
Parece un lunar. Extraño, muy extraño.
Pero de nuevo, el sonido de mi celular.
—¿Qué demonios quieres, Elrik? —gruñí conteniendo mi rabia, en el baño, para no despertar a mi invitada.
—El abuelo me citó. ¿Sabes para qué?
—¿Te citó? —eso es inesperado.
—Sí, y no tengo tiempo. Ya había hecho planes, Apolo. No voy a ir, excúsame, ¿sí?
Sonrío de medio lado.
—Pues lo siento. Sabes que al abuelo no se le puede dar la contraria, así que ahí nos vemos.—me burlé, cortando la llamada, pero aún así, eso no dejaba de preocuparme.
¿Porque nos está reuniendo?
Pero todo eso se fue a la basura cuando salí y la pequeña corderita no estaba en la cama. No había ropa, zapatos, ¡nada!
Maldita sea, ¡NO! ¡NO!
—¡Aldair!!!! —grité furioso a mi jefe de guardia, que siempre se queda vigilando mis pasos cuando me quedo en este tipo de lugares—. Sube ahora, ¡AHORA!
Aldair colgó y yo tiré todo lo que tenía al frente. ¡¿Cómo?! ¡¿Por qué?! ¡Si ella había venido a mí!
—¡Señor! —Aldair no tardó y llegó con varios de mis guardias.
—Una mujer estuvo aquí anoche, en mi habitación, y se escapó —digo, clavándole la mirada, esa que no admite excusas
Él entiende lo que digo—. Búsquenla. No me importa cómo, pero la quiero localizada pronto Aldair. Y más te vale que haya cámaras en este lugar, por tú bien.
Aldair asiente y, junto con mis hombres, sale de inmediato a cumplir la orden.
Me quedo solo, apretando la mandíbula.
—No vas a escapar de mí, corderita —murmuro con frialdad—. Nadie me hace lo que tú hiciste y se va como si nada. Tú no vas a ser la excepción.
Sonreí, con esa satisfacción fría de quien está a punto de atrapar a su presa. Como cuando sabes que el enemigo ya no tiene escapatoria. Iba a destruirla, pero no con balas ni sangre. En mi cama. Bajo mi cuerpo. Pronunciando mi nombre.
Estaba por salir, todavía con el amargo sabor de haber perdido mi joya, cuando algo en el suelo llamó mi atención.
Una tarjeta.
La recogí con calma. Era una tarjeta de presentación con las iniciales Ayde R.
—Ayde… —murmuré—. Así que ese es tu nombre, corderita.
Sonreí de nuevo, esta vez con certeza.
Ahora sí, ya te tengo.