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Perro malagradecido

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Descripción

El tercer hijo del baron Wilson, loyd, es un joven sobresaliente de la real academia del imperio Leonhart; sin embargo, un incidente relacionado a las deudas de juego de su padre, lo obliga a abandonar sus estudios para emprender un viaje a los rincones mas prohibidos del mundo en busca de una reliquia tan antigua como la existencia misma. Con ella en su poder confía plenamente en dejar de ser solo un perro. Aunque muy en el fondo sabe que eso jamas podra ser posible. Este viaje cambiara toda su percepcion del mundo y de si mismo logrando que por primera vez se sienta como un ser humano.

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cambia tu destino
La brisa del mediodía se colaba por la ventana de mi habitación. Hoy es uno de esos días en los que no puedo pensar en otra cosa que no sea estudiar para distraerme de todo lo que pasa a mi alrededor. Mi nombre es Lloyd wilson y soy el tercer hijo de un barón en quiebra. Mi única esperanza es terminar con mis estudios y hacerme de un despacho exitoso en la capital imperial; sin embargo, ahora parece un sueño más imposible de lo que creía. Hoy por la mañana llegó una carta de mi casa; en ella se me exigía regresar a casa cuanto antes y abandonar todo así como así, porque ya no hay forma de pagar mis estudios. Dicha carta fue enviada por mi hermano mayor quien recientemente ha heredado el despacho de mi padre. Un imbécil del mismo nivel que mi progenitor. Por desgracia, este sería el último día que estaría en este lugar el cual se había convertido en una puerta de escape para no estar en mi casa y dónde había hecho tantos amigos y vivido experiencias tan maravillosas. Todo eso se terminó antes de lo que había imaginado. Con cuidado me levanté del diván en el que había pasado innumerables noches estudiando hasta desfallecer y me acerque a mi maleta cuidadosamente colocada en medio de la cama en la que jamás me volvería a recostar. Una lágrima rodó por mi mejilla sin piedad. Junto a la ropa coloque el libro que había leído recién y la cerré. Rápidamente me limpie las lágrimas que habían salido de mis ojos rojos como dos rubíes, me quite los viejos lentes que siempre llevaba puestos y me mire por última vez al espejo. Mi reflejo era más miserable de lo que había imaginado. Mi cabello rubio como la paja tenía entre mezclado un mechón rojizo como mis ojos y en mi mejilla seguía estando la cicatriz que me recordaba todo lo que me merecía por ser un perro. Sin ánimos de seguir reprochandome mis errores, agarre la maleta con fuerza y salí de la habitación con un único pensamiento en mente: sobrevivir. Cuando salí de la academia nadie salió a despedirme, eso era algo que esperaba, pero aun así me dolió en el alma irme sin ver a nadie por última vez. Con las últimas monedas que me quedaban pague por un carruaje para ser llevado al puerto en donde abordaría un barco para llegar a mi territorio al amanecer. El cochero me observó más de lo necesario y después me dejó subir. Mi apariencia no era común entre las personas del reino y la gente siempre tendía a observarme como si intentara descifrar si estoy disfrazado de algún personaje de circo o si solo soy así de gracioso. Le di un último vistazo al imponente edificio y después corrí la cortina. Ya no pertenecía a ese lugar ni a ningún otro. Después de una hora de trayecto llegué al puerto del condado de Manchester, ahí abordé un pequeño barco junto a otros ciudadanos de clase baja. Esto podría haber sido una humillación completa para el hijo de cualquier otro barón del imperio, pero para mi quejarme de algo así resulta totalmente imposible. El dinero y el estatus mueven el mundo en el que vivo y yo no tengo ni uno ni otro. Al final, después del largo viaje llegamos al puerto propiedad del barón Wilson, mi padre. Al bajar del navío me adentré entre las calles del pueblo que ahora estaba en condiciones más precarias de lo que recordaba. La cantidad de vagabundos habitando la calle se había disparado aún más y el territorio estaba apunto de caer en la desgracia. La única forma de salvarnos el pellejo a todos es vender nuestros títulos nobles; aunque eso tampoco aseguraba cubrir todas las deudas que el territorio tenía. Cuando llegue a mi antigua casa, la mire más de lo necesario y suspire con una pesadez tan grande como la luna misma. No quería entrar a ese lugar que había sido para mi el infierno en vida; sin embargo, ya estaba aquí y debía ser valiente o cosas malas podrían volver a pasarme. Con calma abrí la puerta de la casa, la primera imagen que obtuve fue que todo lo que recordaba ya no estaba en su lugar; el piso de mármol, los muebles de caoba antiguos, las telarañas que alumbraban el gran salón y hasta los tapices, todos habían sido retirados de su lugar en un intento desesperado por vender lo que fuera. Esta mansión ahora parecía más una casa embrujada que la casa de un barón que salvó el territorio durante la invasión del reino de Arcas. Daba vergüenza vieras por donde lo vieras. —¿Has terminado de revisar mi casa como si fueras el emperador?—dijo alguien detrás de mí. —¿Hermano? —Buenos días Lloyd, me da gusto que hayas venido a la brevedad.—continuo el.—sigueme a mi despacho, necesito hablar de algo contigo… Asentí lentamente y comencé a seguirlo. Subimos por una escaleras. El mármol de ellas había sido cambiado por madera de tercera categoría y parecía estar al borde del colapso total. En el segundo piso, me invitó a entrar a la única habitación que aún conservaba su antigua puerta de caoba maciza. Ya seria el colmo si no la tuviera. Al ingresar al despacho sentí un olor extraño proveniente de un cigarro que estaba encima del escritorio y que aún continuaba encendido. —¿Para que me necesitabas? —Lloyd mi querido hermano, requiero de tu gran ayuda para salvar este territorio y solo tu mi gran… —déjate de rodeos y dime que es lo que quieres.—dije interrumpiendo sus adulaciones innecesarias. Ellos nunca me habían querido tanto como para hablarme de esa forma. —Necesito que te cases con el vizconde Maxwell. —¿Qué quieres decir?—mi voz tembló. —el vizconde se ofreció a pagar una parte de las deudas a cambio de tomarte como amante. —¿Pero por qué? también está Albert o tu. —¿Yo?—dijo soltando una risita.—Yo soy el dueño del territorio y Albert ya está comprometido con una baronesa así que el único que queda eres tú. —pero ese anciano ya tiene más de treinta amantes ¿Por que quiere tomarme a mi tambien?—me tambaleé un poco. El silencio se instaló entre los dos. Mientras en mis entrañas sentía un ardor que me quemaba completamente por dentro. —¿Y bien Lloyd? —¡No!—grité con todas mis fuerzas.—no lo haré, no seré su cheque de cambio con ese hombre horrible, prefiero morir. Sin poder sostenerme en mis propios pies caí al piso y las lágrimas comenzaron a nublar mi vista. Cuando de pronto escuche un par de pisadas acercarse hasta el despacho donde me encontraba. —¿Por qué dices algo tan desagradable Lloyd?—con solo escuchar esa voz sentí que todo a mi alrededor se derrumbaba. Al voltear para saber si mis sentidos no me fallaban me encontré con esos ojos rojos e inexpresivos. Mi padre había entrado en escena.

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