El arquitecto del vacío.

2096 Palabras
Ficha de la obra: Instalación en mármol, vidrio y mecanismos de relojería. 250 x 250 cm. Autor: Gina Harris. Año: 2006.Una maqueta de ciudad perfecta, sin habitantes. Las calles están hechas de vidrio, los edificios de mármol blanco. En el centro, una torre con relojes que marcan horas distintas. No hay puertas, solo ventanas cerradas. La casa del humo. Gina había dejado de pintar ahora diseñaba espacios y paredes bonitas para colgar cuadros. Quería crear un mundo donde nada se escapará, donde cada emoción tuviera su casilla, donde cada recuerdo se archivará sin dolor sino con admiración, donde cada persona pudiera identificarse o simplemente esconderse, todos sus sueños se venían abajo cuando se escuchaba la puerta chirriona de su pequeña casa, el ruido de las botas la tensaban, ¿Era normal saberse todos los ruidos y movimientos de cualquier persona? Ella sabía que quizá no, pero los nervios de saber lo que se avecinaba hicieron que escondiera bajo su cama todos sus cuadros, su madre había sido la primera en llegar a su cuarto con rapidez para avisarle, pero no hacía falta, el instinto de supervivencia había actuado por ella, su madre la cogió de la mano y disimularon que bajan tranquilas al primer piso para recibirlo, a veces entraba sin hacer ruido, como una sombra que se desliza por la casa, otras veces llegaba gritando, golpeando puertas, exigiendo cosas que nadie entendía, era un hombre de manos grandes y ojos pequeños, siempre alerta, siempre con algo escondido en los bolsillos decían que robaba coches, que vendía cosas que no eran suyas, que tenía cuentas pendientes con gente peligrosa. Pero en casa, lo que más robaba era el aire, su padre había sido solo un cobarde y gandul, adicto a cualquier sustancia, se dedicaba a traficar con mafias, siempre venia los días de semana pero por suerte de ellas no todos, las dos esperaron a que el hombre se quitara el abrigo y las saludase, con asco estas obedecían a su llegada y sonreían sin ganas, este comenzaba a pedir cosas y ellas tenían que obedecer rápido antes de que hubieran represalias, había noches que se iba a media noche, otras se quedaba y encerraba a su madre en el cuarto hasta el amanecer y volvía a desaparecer, no quería pensar lo que ocurría allí aunque lo sospechaba, cuando su madre salía del cuarto ya no era su madre, era un zombi. La casa olía a humedad, a tabaco viejo y a algo más difícil de nombrar, no era solo el olor de la pobreza, era el olor de la resignación, las cortinas estaban siempre corridas, no por el sol, sino por los ojos ajenos, en ese rincón del barrio, nadie preguntaba demasiado, nadie quería saber, el miedo nos acorralaba. Gina tenía ocho años y una mirada que no correspondía a su edad, observaba el mundo como quien ya ha entendido que no todo lo que brilla es seguro la mayoría de los días caminaba descalza por el pasillo, esquivando botellas, ceniceros llenos y restos de algo que antes fue comida, el frio del suelo la mantenía en alerta. Su madre, Lauren, dormía en el sofá desde hacía dos días, desde que él se fue, no por cansancio, sino por escape el cuerpo le pesaba como si llevara años cargando una mochila invisible. Lauren no siempre fue así, antes tenía una risa que llenaba la cocina, una voz que cantaba mientras lavaba los platos. Pero su padre la fue apagando poco a poco, primero con palabras, luego con silencios, después con golpes que no dejaban marcas visibles. Cuando llegó la droga, fue como si alguien hubiera apagado la luz desde dentro, ya no hablaba, solo murmuraba cosas que Gina no entendía. A veces la abrazaba con fuerza, como si quisiera protegerla de algo que ya estaba dentro de ella, Gina aprovechaba los momentos de lucidez con su madre para abrazarla y hablar con ella, algún día había conseguido hacerla reír, pero eso cada vez se volvía más difícil soportar todo su alrededor, si su madre se perdía del todo ¿Que iba a ser de ella? Gina aprendió a leer sola, con revistas viejas y etiquetas de productos, aprendió a preparar su desayuno, a vestirse, a cruzar la calle sin mirar atrás. En la escuela, los profesores notaban algo raro, pero no sabían cómo nombrarlo, era una niña callada, inteligente, pero con una tristeza que no se curaba con dibujos ni canciones. Una noche, su padre llegó más tarde de lo habitual, traía sangre en la camisa y una bolsa que no soltaba. Lauren lo miró desde el sofá, sin moverse, Gina estaba en su habitación, fingiendo dormir, escuchó los pasos, los gritos, el sonido de algo que se rompía, luego, silencio, un silencio largo, espeso, como si el mundo hubiera dejado de girar, al día siguiente, Lauren no se levantó, Gina la llamó, la tocó, la sacudió, Nada, llamó a una vecina, que llamó a una ambulancia, los paramédicos llegaron rápido, pero no pudieron hacer mucho. Lauren respiraba, pero no reaccionaba la llevaron al hospital, Gina se quedó con la vecina, que le dio sopa y le prestó una camiseta limpia. Su padre no apareció en todo el día, ni al siguiente, la policía vino a buscarlo, pero nadie sabía dónde estaba, algunos decían que había huido otros que lo habían encontrado en un descampado, con la bolsa aún en la mano, Gina no preguntó, solo quería saber si su madre volvería a hablarle. Pasaron semanas Gina volvía a ser una niña, tratada como tal, estaba en una casa cálida y limpia, con un cuarto para ella, sin ruido, dormía con calma, jugaba y pintaba, Lauren salió del hospital, pero no volvió a casa, la enviaron a un centro de rehabilitación por esto buscaron a familiares para Ginaya que no la dejaron quedarse con su vecina, con tristeza y llanto se fue a vivir con una tía que apenas conocía, la casa era más limpia, más silenciosa, pero también más fría, la tía le hablaba como si fuera una adulta, como si ya no tuviera derecho a jugar, no echaba de menos a su madre, ni a su padre, ni su casa, ni las pocas pertenencias que tenía, echaba de menos a su vecina. Era una mujer de unos cincuenta años llamada Lina, siempre había estado pendiente de ella en la penumbra, dándole ropa, comida etc... Pero eso nadie lo sabía, era un secreto de ellas. En la escuela, Gina empezó a escribir con más soltura, se desempañaba bien, en uno de los ejercicios preguntaba que os habían enseñado vuestros padres, dudo en si poner la verdad o no, por una vez se arriesgó y en una de ellas escribió: “Papá me enseñó a tener miedo, Mamá me enseñó a desaparecer y Yo quiero aprender a quedarme.” La profesora encontró esa carta y la llevó a la dirección llamaron a la tía, llamaron a Lauren, llamaron a servicios sociales por primera vez, alguien dijo en voz alta lo que todos sabían, pero nadie quería enfrentar. Lauren pidió ver a Gina la visita fue breve, en una sala blanca con sillas de plástico, Lauren estaba más delgada, pero sus ojos tenían algo que Gina no recordaba: luz. —¿Me odias? —preguntó Lauren con pesar. Gina negó con la cabeza. —Solo quiero que estés bien y podamos estar juntas. —respondió con tranquilidad Lauren comenzó a llorar, no por culpa, sino por esperanza, Gina solo pudo abrazarla a pesar de tener diez años ya parecía una adulta. Pasaron meses, Lauren terminó su tratamiento, consiguió un trabajo en una cafetería, Gina volvió con ella, poco a poco, primero los fines de semana, luego todos los días, la casa era la misma ya no olía a humo, las cortinas estaban abiertas, había dibujos en la nevera y libros en la mesa. Su padre nunca volvió, algunos decían que estaba preso, otros que había muerto, Gina no preguntaba no por indiferencia, sino por decisión, había aprendido que algunas ausencias no necesitan explicación. Una tarde, mientras hacían galletas, Lauren le dijo: —No sé si podré darte todo lo que mereces. — Gina la miró, con esa mirada que ya no era de niña, pero tampoco de adulta, sabía que su madre tenía mucha culpa dentro de ella y sus inquietudes siempre salían a la luz. —Ya me disté lo más difícil —dijo—. Te diste a ti, volviste a mí, te curaste para estar conmigo. — Lauren dejo la masa de las galletas y con las manos pringadas la abrazó con fuerza, con dolor, manchándose de masa y por primera vez en mucho tiempo, el abrazo no era una despedida, era un comienzo. Gina siguió pintando de nuevo, todo estaba estabilizado ahora, se habían mudado y habían dejado esa casa atrás, ella ahora tenía trece años, ya no había miedo de que esa puerta se abriese y el apareciera, ya no las encontraría. Su madre le había dado una habitación que se convirtió en un laboratorio, dibujaba planos de ciudades imposibles, calles sin curvas, casas sin habitaciones, parques sin árboles, todo simétrico, todo limpio, todo muerto. La maqueta que construyó era su obra más ambiciosa, una ciudad sin habitantes, una utopía sin vida cada edificio tenía una función, cada calle, una lógica, pero no había nadie que la habitara porque el control absoluto excluye lo humano. En el centro, una torre con relojes, cada uno marcaba una hora distinta. Pasado, presente, futuro, Gina los observaba como si fueran oráculos, como si pudiera anticipar cada posibilidad, evitar cada herida ¿Si el viniese, ella podría seguir identificando sus pasos, reconocer el ruido de las llaves, recordaría su voz? algo fallaba, cada noche, al mirar la maqueta, sentía un ruido ni físico, ni mecánico, un ruido interno como si algo quisiera romper el orden como si el caos pidiera entrar. Una madrugada, encontró una grieta en el vidrio de una calle no la había hecho ella, no estaba en sus planos era espontánea Gina intentó repararla, pero cada vez que lo hacía, aparecía otra y otra, las grietas comenzaron a formar un mapa no de la ciudad, sino de su interior de sus miedos, de sus pérdidas, de todo lo que había intentado encerrar, entonces comprendió: su hambre de control era una forma de negación, de evitar el duelo, de no aceptar que la vida no se diseña, se vive, que el arte no se programa, se arriesga. Destruyó la maqueta, no con rabia, sino con ternura, guardó los relojes, rompió el mármol y dejó que el caos entrara. Gina tenía ahora catorce años su cuerpo empezaba a cambiar, pero lo que más se transformaba era su mirada, ya no era la niña que caminaba descalza entre botellas rotas, ahora llevaba una libreta bajo el brazo, siempre dibujaba en clase, en el autobús, en la mesa de la cocina, no eran dibujos bonitos, eran intensos, cuerpos fragmentados, casas sin techo, ojos que lloraban tinta. Su profesora de arte, la señora Teresa, lo notó enseguida, no por la técnica, sino por la urgencia, Gina no dibujaba para entretenerse dibujaba para sobrevivir. —¿Qué sientes cuando dibujas? —le preguntó un día, Gina pensó. Luego respondió — Que no desaparezco. — Dijo con claridad, Teresa la miró con ternura, le dio materiales nuevos, la invitó a participar en un concurso escolar, Gina no ganó, pero su obra fue la más comentada, un retrato de una mujer con la boca cosida y los ojos abiertos como ventanas, nadie entendía del todo lo que significaba, pero todos sentían algo al verla. En casa, Lauren empezó a guardar los dibujos en carpetas, no por orgullo, sino por respeto, sabía que cada trazo era una confesión que Gina no podía decir en voz alta. A los quince, Gina comenzó a escribir junto a sus dibujos, pequeños textos, fragmentos, frases sueltas. “Mi padre era una sombra que gritaba.” “Mi madre aprendió a respirar después de ahogarse.” “Yo soy el eco de lo que no se dijo.” Sus cuadernos se llenaban de imágenes y palabras que nadie le enseñó, pero que ella parecía haber heredado del silencio. Un día, Lauren encontró uno de esos cuadernos abierto sobre la mesa, lo leyó con cuidado, se sentó junto a Gina y le dijo: —¿Puedo quedarme con este? — Pensaba que Gina se negaría, pero una vez más la sorprendió, Gina asintió, era la primera vez que alguien le pedía permiso para entrar en su mundo.
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