Lucas suspiró mientras subía en el ascensor. Había sido un fin de semana de montaña rusa y aunque no quería nada más que quedarse otro día en casa con Sarah y Zoe, tenía trabajo pendiente. Estaba de vuelta en la oficina, pero su perspectiva había cambiado por completo. Seguramente Alan también lo habría sentido. Aquella mañana se despertó entre risitas y vio la cara de Zoe asomándose desde el borde de la cama. Sus ojos avellana brillaban mientras lo miraba, esperando a que se despertara. —Buenos días, papi —dijo Zoe—. Ulima dice que el desayuno está casi listo, así que más vale que te levantes o me lo como yo. Incluso ahora, su sonrisa y su amenaza juguetona resonaban en su mente. Lucas no era una persona de mañanas, pero no le importaría que todas sus mañanas empezaran así. De hecho, n

