La porcelana tintineó con un sonido seco cuando Angel Preston dejó la taza de té sobre la mesa.
—Me humilló —dijo, con la voz quebrada por una furia mal contenida—. Delante de todas.
La emperatriz Selene no reaccionó de inmediato. Permanecía sentada con la espalda recta, los guantes negros perfectamente alineados sobre su falda. Observó a su hija como quien estudia una pieza defectuosa de un tablero.
—Te dejaste provocar —respondió al fin—. Elizabeth Bass no tiene linaje suficiente para dañarte, solo lengua y astucia.
—¡Se burló de mí! —Angel dio un paso hacia adelante—. Y James… James no dijo nada. La miró como si ella fuera la única mujer en la sala.
Matthew, sentado cerca de la ventana, apretó la mandíbula. No intervenía, pero escuchaba. Siempre escuchaba.
Selene se levantó despacio y se acercó a Angel. Le acomodó un mechón rebelde con un gesto casi maternal.
—James no es tu único objetivo —dijo con suavidad calculada—. Obsesionarte con él solo te debilita.
—No quiero otro —replicó Angel, con los ojos brillando—. Lo quiero a él.
Selene suspiró. Esta vez no fue resignación, sino impaciencia.
—Entonces escucha con atención. Antes de que esa boda se celebre, habrá un banquete imperial. Uno digno de nuestra casa. Tú te encargarás de invitar al duque… y a su prometida.
Angel frunció el ceño.
—¿Para qué?
Selene sonrió apenas. Fue una curvatura mínima, peligrosa.
—Para recordarles quién dicta el ritmo en este imperio.
Sus dedos rozaron, casi inconscientemente, el collar n***o que descansaba sobre su pecho. La piedra oscura pareció absorber la luz de la habitación.
Angel no preguntó más. No hacía falta.
Matthew se removió en su asiento.
—Madre… —comenzó, pero Selene lo silenció con una mirada.
—Esto no te concierne todavía.
Pero sí le concernía. Y Matthew lo sabía.
Esa misma noche, el emperador yacía entre sábanas de lino, el cuerpo tibio de la señorita Fonti apoyado contra el suyo. Ella trazaba círculos lentos sobre su pecho, con la atención de quien escucha incluso cuando parece distraída.
—Estás tenso —murmuró ella—. Ni siquiera el vino logró calmarte.
Matthew exhaló.
—Crichton me ha informado —dijo—. El duque se mueve demasiado. Reuniones discretas. Cartas selladas. Personas que entran y salen de su residencia sin anunciarse.
Fonti levantó apenas la cabeza, apoyando el mentón sobre él.
—¿Y eso te inquieta… o te molesta?
Matthew guardó silencio un instante.
—No sé qué hacer con él —admitió—. Ni con el conde. Uno es una víbora desesperada. El otro… —apretó los dientes—. El otro siempre ha sido una sombra demasiado larga.
Fonti sonrió, dulce.
—Las sombras solo asustan cuando se les permite crecer —susurró—. El conde ya está quebrado. Puede servirte mientras dure. En cuanto al duque… quizá convenga observarlo más de cerca antes de decidir.
Matthew giró el rostro hacia ella.
—Hablas como Crichton.
—Crichton piensa en protegerte —respondió ella sin perder la calma—. Yo también.
No era del todo mentira.
Mientras Matthew se relajaba poco a poco, Fonti dejó que su mano descendiera, distraída, complaciente. Su mente, en cambio, se movía rápido.
Había escuchado rumores esa misma tarde. Criados, mensajeros, un nombre repetido con demasiada frecuencia: Lizzie. Reuniones. Promesas.
Cada dato era un hilo.
Cada hilo, una ventaja.
Ayudar a Crichton significaba consolidar su posición. Permanecer al lado del emperador significaba poder. Aunque la emperatriz la mirara con desdén, aunque sus comentarios fueran cuchillas envueltas en seda.
Fonti sabía esperar.
Matthew cerró los ojos, finalmente vencido por el cansancio y el placer.
Ella lo observó dormir.
—Pronto tendrás que elegir —pensó en silencio—. Y yo me aseguraré de estar del lado correcto cuando lo hagas.
En otra ala del palacio, Selene permanecía despierta, los dedos aún sobre su collar n***o.
Y en algún lugar más profundo, algo antiguo pareció escuchar su llamada.