16-Sombras heredadas

749 Palabras
El despacho del duque James Webster estaba en silencio, roto apenas por el crepitar bajo de la chimenea. La lluvia golpeaba los ventanales con insistencia, como si quisiera entrar, como si reclamara algo que le pertenecía. James permanecía de pie, con las manos apoyadas sobre el respaldo de su silla, mirando un punto indefinido del suelo. No leía. No escribía. Recordaba. Siempre era así cuando la noche se volvía demasiado quieta. La emperatriz Selene. No necesitaba cerrar los ojos para verla. Ella nunca había levantado la voz contra él. Nunca lo insultó. Nunca lo acusó abiertamente. Su desprecio había sido más refinado que eso. Recordó una audiencia años atrás, cuando Matthew aún no llevaba la corona y Angel era poco más que una sombra tras los vestidos de su madre. Selene había entrado tarde, como siempre. El retraso no era descuido, sino dominio. Al pasar junto a James, no se detuvo. No lo saludó. Ajustó, en cambio, uno de los guantes negros que cubrían sus manos, como si necesitara limpiarse de una presencia indeseada. —Duque Webster —había dicho después, sin mirarlo—. Su postura es… correcta. No excelente. No digna. Correcta. Aquella palabra había sido una bofetada silenciosa. Cuando James hablaba, Selene escuchaba con una leve inclinación de cabeza, los ojos ausentes. Cuando Matthew hablaba, ella asentía, corregía, completaba frases. A veces incluso sonreía. James había sido educado para gobernar. Matthew, para obedecerla. Y Selene lo sabía. Cuanto más destacaba James, más rígida se volvía la espalda del joven Matthew. James lo había visto demasiadas veces: la mandíbula apretada, los dedos tensándose sobre el brazo del trono, la mirada desviándose hacia su madre en busca de aprobación. Matthew no quería ser emperador por ambición. Quería serlo para no sentirse pequeño. Y Selene alimentaba ese miedo con precisión. —No todos nacen para cargar con el peso del sol —le había susurrado una vez a su hijo, creyendo que James no escuchaba—. Algunos solo reflejan luz ajena. Desde entonces, Matthew comenzó a mirarlo distinto. No como primo. No como hermano de crianza. Sino como amenaza. James exhaló despacio y se pasó una mano por el rostro. Angel había sido diferente… al principio. Recordó a la niña que se escondía tras las faldas de Selene, observándolo con ojos grandes, atentos. Siempre había algo en su mirada, incluso entonces. No admiración. Expectativa. Con los años, esa expectativa se torció. Angel reía demasiado cuando James entraba en una sala. Se colocaba siempre demasiado cerca. Sus preguntas se volvieron personales, invasivas. —¿Por qué no sonríe más conmigo, James? —¿Por qué nunca se queda cuando todos se marchan? —¿Acaso no soy suficiente para que me mire? James había comenzado a evitarla sin anunciarlo. Cambiaba rutas, adelantaba despedidas, delegaba encuentros. Angel no aceptaba la distancia. La interpretaba como desafío. Y Selene… Selene observaba. Nunca reprendió a su hija. Nunca la corrigió. Al contrario. Una vez, cuando Angel insistió en sentarse junto a James durante un banquete, Selene solo dijo: —Déjala. Las cosas que se desean desde temprano suelen echar raíces profundas. James apretó los dedos. Eso fue antes de Lizzie. Desde que Elizabeth Bass había entrado en su vida, la atmósfera había cambiado. Angel lo miraba ahora con algo nuevo, algo más oscuro. No era simple capricho. Era posesión. James caminó hasta el escritorio y tomó un documento sin leerlo. Lo dejó de nuevo. Su mente estaba en otra parte. Selene despreciaba lo que no podía controlar. Matthew temía lo que no podía eclipsar. Angel deseaba lo que no podía tener. Y Lizzie… Lizzie se había convertido en el eje silencioso que alteraba ese equilibrio podrido. James cerró los ojos un instante. Había pasado años rechazando la corona por lealtad. Por afecto. Por memoria. Pero cada gesto de Selene, cada mirada torcida de Matthew, cada sonrisa enferma de Angel, le confirmaban algo que ya no podía ignorar. No querían un emperador justo. Querían uno dócil. Y él… él nunca lo había sido. Cuando abrió los ojos, el fuego de la chimenea reflejaba una determinación nueva en su mirada. —No buscaba el trono —murmuró para sí—. Pero tampoco permitiré que lo usen para destruirlo todo. A lo lejos, en otro ala de la residencia, Angel Preston observaba su propia imagen en un espejo dorado, sonriendo lentamente. James Webster la evitaba. Y eso, para ella, no era rechazo. Era el inicio de una cacería mas salvaje ahora con Lizzie en escena.
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