La tarde se deslizaba lenta y dorada sobre el salón de té de la marquesa Margareth McElderly.
Las ventanas altas dejaban entrar una luz suave que hacía brillar la porcelana fina y las cucharillas de plata, dispuestas con una precisión casi ceremonial.
Lizzie ocupaba el asiento frente a la marquesa, con las manos apoyadas con calma sobre el regazo. Vestía un vestido sobrio, de tonos claros, lejos del exceso de la corte, pero había en ella una presencia difícil de ignorar, como una nota sostenida que ordenaba el silencio.
—No sabe cuánto deseaba verla —dijo la marquesa mientras servía el té—. Después de lo que hizo por mi hijo… le debo más de lo que puedo expresar.
—Con que Simón esté a salvo, me basta —respondió Lizzie con suavidad.
Margareth la observó con atención.
No era solo gratitud lo que sentía. Aquella joven poseía una claridad que atraía, una mezcla peligrosa de inteligencia y temple.
La puerta del salón se abrió entonces, y el murmullo cambió de tono.
Entró la princesa Angel Preston, rodeada de varias jóvenes nobles. Su vestido era ostentoso, cargado de encajes y joyas que tintineaban con cada paso. No caminaba: avanzaba como quien espera que el mundo se aparte.
Sus ojos se fijaron de inmediato en Lizzie.
—Marquesa McElderly —saludó con una sonrisa estudiada—. No esperaba encontrar… visitas tan particulares.
—Princesa Angel —respondió la marquesa con una inclinación medida—. Permítame presentarle a la vizcondesa Elizabeth Bass.
La princesa recorrió a Lizzie sin disimulo, deteniéndose en cada detalle como si buscara una imperfección que no aparecía.
—Ah… la vizcondesa —dijo alargando las palabras—. La dama que ha logrado capturar la atención del duque Webster.
Una de las jóvenes rió por lo bajo.
Lizzie levantó la mirada con calma.
—Supongo que no es delito conversar con un hombre educado —comentó—. Aunque en esta corte, nunca se sabe.
Algunas cejas se alzaron.
Angel sonrió, pero sus ojos se endurecieron.
—No todas tenemos la fortuna de atraer miradas sin un apellido de peso —replicó—. Hay mujeres que necesitan… circunstancias favorables.
Lizzie tomó su taza con delicadeza y bebió un sorbo antes de responder.
—Es cierto. Algunas heredan poder. Otras aprenden a sostenerse sin él.
El silencio cayó como una tela fina y tensa.
—Debe ser agotador —continuó la princesa, inclinándose hacia adelante—. El duque es un hombre exigente. No cualquiera está hecha para permanecer a su lado.
Lizzie dejó la taza sobre el plato con un leve tintineo.
—Lo agotador no es la exigencia —respondió—, sino la envidia que se disfraza de cortesía.
Un murmullo recorrió la mesa.
La marquesa ocultó una sonrisa tras su abanico.
El rostro de Angel se tensó.
—Le aconsejo prudencia, vizcondesa —dijo con voz dulce—. La corte no perdona a las recién llegadas.
Lizzie sostuvo su mirada sin alzar la voz.
—Agradezco el consejo. Siempre es útil recibirlo de alguien tan experimentada en sobrevivir a la crueldad del lugar.
El silencio fue absoluto.
La princesa se puso de pie de golpe.
—Este ambiente se ha vuelto insoportable —dijo—. Damas, nos retiramos.
Antes de marcharse, volvió el rostro hacia Lizzie.
—Disfrute su té. Mientras dure.
Cuando la puerta se cerró, el salón pareció recuperar el aliento.
Margareth observó a Lizzie con franca admiración.
—Pocas personas dejan a la princesa Angel sin palabras —dijo—. Y ninguna sin perder la compostura.
Lizzie bajó la mirada, consciente de la tensión que había sembrado.
—No fue mi intención provocarla.
—No la provocó —respondió la marquesa—. La desarmó. Y eso es mucho más peligroso.
Se inclinó hacia ella, bajando la voz.
—Tiene algo que atrae, Elizabeth. Algo que hace que la gente la siga… o la tema. Ahora entiendo por qué el duque confía en usted.
Lizzie sintió un leve calor en el pecho, mezcla de inquietud y advertencia.
—Intento pasar desapercibida.
La marquesa sonrió.
—Entonces eligió el peor lugar posible.
En el pasillo exterior, Angel Preston apretaba los puños.
La serenidad de Lizzie, su voz firme, su mirada sin miedo, se repetían en su mente como una afrenta personal.
—Una nadie —murmuró—, jugando a ocupar lo que no le pertenece.
Una de sus acompañantes intentó calmarla, pero Angel la apartó con brusquedad.
—No importa —dijo, con una sonrisa torcida—. Todas caen. Y yo me aseguraré de verlo.
Mientras el resentimiento echaba raíces en su corazón caprichoso y cruel, Lizzie regresaba al salón sin saber que había despertado algo más que celos.
Había encendido el odio de una princesa.