Lizzie entró con cautela en el despacho del duque.
La puerta estaba entreabierta, y el sonido del fuego en la chimenea era el único que llenaba la estancia.
Aún no había podido dormir desde que recibió la notificación imperial.
Había demasiadas cosas que resolver, demasiadas preguntas que la atormentaban.
—Duque —dijo con suavidad, cerrando la puerta tras ella—. ¿Cómo haremos para organizar la boda en tan poco tiempo?
James levantó la mirada desde el escritorio, donde repasaba un cúmulo de documentos. Tenía el rostro cansado, las ojeras marcadas por las noches sin descanso.
—No lo sé aún —respondió con una voz apagada—. Pero debemos obedecer la orden imperial.
Lizzie dio un paso al frente, con el ceño fruncido.
Había otra duda que la consumía, una que no podía callar más.
—¿Por qué se rehúsa a ser emperador, como lo desea la diosa? —preguntó con firmeza, sus palabras resonando entre los muros de la habitación—. Usted sabe mejor que nadie lo que ha pasado desde hace algunos años. Las guerras, la miseria, los impuestos desmedidos… todas esas decisiones no solo fueron del emperador, sino también de la emperatriz Selene. —Sus ojos se iluminaron con un destello de tristeza—. Ella lo ha influenciado más de lo que él mismo comprende. Y el imperio paga el precio de esa sombra.
El duque permaneció inmóvil. Su mirada se endureció, fija en el fuego. No pronunció palabra alguna.
Lizzie, impaciente ante su silencio, se acercó un paso más.
Su instinto le decía que tras aquella coraza había un dolor profundo que él no permitía mostrar.
Sin pensarlo, tomó su mano. Al hacerlo, el calor familiar volvió a recorrer su pecho.
Una brisa invisible agitó los papeles sobre el escritorio, y un susurro, leve como un recuerdo, acarició el aire entre ellos:
—Jimmy…
El duque se quedó petrificado.
Su rostro perdió el color, y en sus ojos se mezclaron el asombro y el miedo.
Ese nombre… solo su madre, la duquesa Rowena, lo había llamado así.
Soltó la mano de Lizzie con brusquedad, retrocediendo como si hubiera tocado fuego.
—No me vuelva a tocar… y mucho menos a llamarme así —dijo, con voz temblorosa y tajante.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y salió del despacho.
Sus pasos resonaron en el pasillo, secos y rápidos, hasta perderse en la oscuridad.
Lizzie quedó sola, mirando su propia mano temblorosa.
El calor sagrado que la había llenado momentos antes se disipaba lentamente, dejándole un vacío helado en el pecho.
—Astralia… —susurró, alzando la vista hacia el techo—. Me temo que esta vez… sembraste la tristeza donde debía florecer la fe.
El fuego de la chimenea crepitó en respuesta, y por un instante juró ver entre las llamas un par de ojos dorados, observándola en silencio.
Mientras tanto, en sus aposentos, el duque James Webster respiraba con dificultad.
Se había dejado caer sobre la cama, con la camisa desabotonada y el corazón golpeándole el pecho.
Entre sus manos sostenía un pequeño relicario de plata. Lo abrió con cuidado, y dentro brilló la imagen de una mujer de cabellos oscuros como la noche y ojos compasivos: su madre, la duquesa Rowena Lysandre.
—Madre… —murmuró, apenas audible.
Sus dedos temblaron al rozar el cristal. La recordaba riendo, leyéndole historias en la biblioteca, peinándole el cabello con ternura.
Y luego, aquella noche.
El sonido de los pasos en el pasillo.
El crujido de la puerta forzada.
El destello de una hoja plateada bajo la luz de la luna.
James, apenas un niño, se había quedado inmóvil, paralizado por el miedo.
El intruso había entrado sin un sonido, con el rostro cubierto y un cuchillo en la mano.
Sabía que venía por él: lo había visto en sus ojos.
Pero antes de que pudiera gritar, una figura se interpuso entre ambos.
Su madre.
—Corre, Jimmy —le había dicho, sin dudar.
El cuchillo descendió, y el mundo se detuvo.
Ella cayó de rodillas, sujetándose el abdomen ensangrentado, mientras su mirada —serena, amorosa— buscaba la suya.
—Vive… —susurró con voz débil—. Prométeme que vivirás.
Su sonrisa se apagó lentamente, al mismo ritmo que el calor de su cuerpo.
Él nunca olvidó cómo sus dedos se soltaron de los suyos, ni el silencio que llenó la habitación después.
Desde entonces, aquel nombre, Jimmy, se convirtió en un eco maldito.
Una herida que nunca cicatrizó.
El duque apretó el relicario contra su pecho, sintiendo el metal frío hundirse en su piel.
—No vuelvas a decir ese nombre… —murmuró, con la voz rota—. Ese nombre murió con ella.
El fuego del candelabro titiló débilmente.
Y por un instante, James creyó ver en la penumbra la silueta de su madre… sonriendo, como si lo vigilara desde otro tiempo.
Se llevó una mano al rostro, intentando borrar las lágrimas antes de que pudieran caer.
Pero la herida, aquella que nunca sanó, volvía a sangrar.
Y en lo profundo de su alma, una voz que no era la suya susurró:
—La luz no puede renacer si no atraviesa la oscuridad primero.
El duque alzó la cabeza, mirando la ventana abierta.
La noche estaba tranquila, pero en la distancia… las campanas del templo de Astralia comenzaron a sonar.