13- El Juicio del Sol

787 Palabras
Mientras en la residencia del duque reinaba la calma tensa de una promesa sellada, en palacio la Srta. Fonti no había permanecido ociosa. Ya no pasaba las noches en la taberna del puerto, sino entre las sábanas del emperador, susurrándole verdades y mentiras en la penumbra de la alcoba imperial. Sus labios eran dulces, su lengua venenosa, y su influencia crecía con cada amanecer. Fue ella quien llevó las supuestas pruebas del secuestro: cartas, documentos y testimonios amañados que describían a la vizcondesa Elizabeth Bass como una prisionera en la residencia del duque Webster. El emperador, intrigado y complacido por los relatos de Fonti, ordenó una audiencia pública. Dos días después, la Gran Sala del Sol resplandecía de dorado. Los ministros, consejeros y cortesanos llenaban el lugar, ansiosos por presenciar el enfrentamiento. La emperatriz Selene, sentada a la derecha del trono, lucía un vestido n***o ribeteado con perlas pálidas; sobre su cuello descansaba un collar de ónix que parecía absorber la luz del salón. Cuando el duque James Webster cruzó el umbral, un silencio reverente cubrió la sala. Se inclinó profundamente ante el trono y pronunció las palabras rituales: —Saludos, sol del imperio. La luna del imperio se inclina ante usted. El emperador, desde su trono, lo observó con deleite. Había algo perversamente placentero en ver al hombre que una vez había admirado doblarse ante él. Una sonrisa satisfecha curvó sus labios. Por un instante, saboreó la sensación de humillarlo. —Duque Webster —comenzó con voz lenta, saboreando cada sílaba—. He recibido acusaciones graves de parte del conde Usher, respaldadas por pruebas que la Srta. Fonti ha tenido la gentileza de entregar a la corte. Según esos documentos, la vizcondesa Elizabeth Bass habría sido retenida en su propiedad sin su consentimiento. Eso, señor duque… es secuestro. Un murmullo recorrió la sala. Lizzie, de pie tras el duque, sintió todas las miradas sobre ella. El duque respondió con serenidad contenida: —Majestad, jamás pondría en riesgo el honor de una dama. La vizcondesa fue mi huésped mientras se recuperaba. Ella puede dar testimonio de ello. —Eso me alegra —replicó el emperador, fingiendo interés—. Porque también me han llegado rumores de otro tipo. Rumores que indican que usted… está comprometido con ella. —Así es, su majestad —confirmó el duque con voz firme—. Nos comprometimos antes de la tragedia en la mansión Bass. —Curioso —murmuró el emperador—. El conde Usher también asegura haberse comprometido con la misma dama… y dice no haber podido verla en más de un mes. Lizzie dio un paso adelante. —Majestad, he estado enferma. Las drogas que me suministraron en la mansión del conde me impidieron despertar durante semanas. El duque Webster solo me brindó refugio y cuidado. —¡Mentiras! —gritó el conde Usher, fuera de sí. El emperador golpeó el brazo del trono. —¡Silencio! Estás ante tu soberano. El conde palideció y bajó la cabeza. La emperatriz Selene, que hasta entonces no había dicho palabra, se inclinó hacia su hijo y le susurró algo. Él la miró con duda, pero ella, serena, llevó su mano al collar de ónix. Un leve brillo oscuro recorrió la piedra, y los ojos del emperador cambiaron. Su ceño se relajó, y una sonrisa distinta —mezcla de astucia y deseo— se dibujó en su rostro. —Ya veo —dijo finalmente—. Dado que la vizcondesa carece de padres o tutores y ha manifestado su intención de casarse con ambos hombres, dejaremos la decisión en sus manos. Pero la boda deberá celebrarse antes de fin de mes. Todos los presentes serán testigos. El duque palideció. El conde temblaba de ira. Lizzie, en silencio, inclinó la cabeza. El emperador la observó con un brillo nuevo en la mirada, uno que no tenía nada de político. —Vizcondesa Bass… —murmuró con voz más baja—. Espero que elija sabiamente. Sería un desperdicio ver tanta belleza perderse en las sombras. La forma en que pronunció belleza hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Lizzie. Cuando todo terminó, ella extendió su mano hacia el duque, eligiéndolo sin vacilar. El emperador se levantó satisfecho. A la entrada lo esperaba la Srta. Fonti, envuelta en un vestido marfil que revelaba más de lo que ocultaba. Él le ofreció el brazo y se marcharon juntos. Desde el trono, la emperatriz Selene los observó en silencio. Sus labios no se movieron, pero su mirada —afilada como un cuchillo— siguió a su hijo hasta que desapareció. En su cuello, el collar de ónix palpitó con un brillo oscuro… como si algo antiguo, y vivo, se hubiera despertado en su interior.
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