El baile había terminado, pero el emperador Matthew no parecía dispuesto a soltar a Lizzie. Su atención era insistente, casi devota. Sus ojos la seguían incluso cuando ella intentaba retroceder con cortesía, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. —Vizcondesa —dijo finalmente, bajando la voz—. He pensado en usted desde que comenzó este banquete… y desde antes. Lizzie sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío del salón. —Majestad… —No me interrumpa. —Sonrió, pero había algo rígido en ese gesto—. Su posición es delicada. Su boda, incierta. El imperio es un lugar cruel para una mujer sin una protección absoluta. Se inclinó apenas hacia ella. —Permítame ofrecérsela yo. Quédese a mi lado. Sea mi concubina. Nadie osará tocarla sin mi permiso. El murmullo del s

