Él me agarró la mano en ese instante, con esa firmeza que me hace sentir atrapada, pero al mismo tiempo, protegida. Su voz grave sonó casi en un susurro. —Solo ten cuidado. Puede que no encuentres lo que estás buscando. Lo miré de frente, arqueando una ceja, con la sonrisa más desafiante que podía poner. Me acerqué lo suficiente como para sentir su respiración cerca de mi rostro. —No estoy buscando nada, Emiliano. Solo voy a divertirme. Y vos deberías hacer lo mismo, ¿no lo crees? Él me miró unos segundos, como si estuviera procesando mis palabras, y luego soltó una pequeña risa. Un tipo de risa que tiene sabor a advertencia y a promesa a la vez. —Dulce sueño, cuñado —le dije, tirando un beso con la mano mientras me soltaba y yo me giraba hacia la puerta de la casa. Antes de salir de

