Yo levanto la copa y choco fuerte contra la de Emiliano, tanto que un poquito de vino cae sobre el mantel blanco. Él arquea una ceja y sonríe con esa calma suya que me exaspera. —Siempre tan efusiva —dice. —Y vos siempre tan contenido —le respondo, dándole un trago largo al vino—. Parece que te tragaste un manual de etiqueta. Él se ríe bajito, esa risa ronca que me eriza la piel, aunque me hago la indiferente. Me sirve un poco más de vino, como si quisiera mantenerme habladora. —¿Sabes qué pasa, Bianca? —me dice mirándome fijo—. Que contigo nunca sé si me vas a abrazar o me vas a clavar un tenedor en la mano. —Ja, ja, ja, ja! —me doblo de la risa—. Pues depende… ¿te lo mereces? Él sonríe, ladeando la cabeza, y ahí lo veo, con esa luz tenue del jardín reflejándose en sus ojos. Maldito

