El cuarto donde se encontraban parecía una prisión silenciosa. Las paredes, blancas y frías, reflejaban la luz tenue de la lámpara en el techo, pero no hacían nada para iluminar la oscuridad que envolvía el corazón de Ana. El aire era pesado, la atmósfera densa como si todo estuviera a punto de romperse. Samuel, su hijo, estaba allí, frente a ella, con una expresión que no parecía corresponder al niño que conoció y amó. Cada palabra que Ana pronunciaba parecía un grito en el vacío, pero ella no se detendría. No podía. Aunque la razón y el miedo la empujaban a abandonar, el amor de madre era más fuerte. Había llegado al límite de lo que podía soportar, pero no podía dejar ir a Samuel, no sin luchar por él. La Larga Espera Gabriel, a su lado, era su único apoyo. Cada mirada que intercambi

