CAPÍTULO 2

1158 Palabras
La vida de Violeta era como la de cualquier otra campesina. Vivía con su padre en una pequeña cabaña a las afueras de la ciudad de Mérinton. Su madre había muerto de una terrible enfermedad hacía muchas lunas atrás, tantas, que Violeta ya no recordaba su rostro. Sembraban lechugas y coles y las vendían a los comerciantes, criaban cerdos y proveían al palacio de carne cuando había grandes banquetes. Como cualquier otra campesina, Violeta no iba a la escuela, en la comuna del pueblo le enseñaron a cocer, bordar, cocinar y hacer las labores que se suponía, debía hacer una mujer. El futuro de Violeta era como el de cualquier otra campesina; se casaría con algún mozo de cuadra, tendría tantos hijos como pudiera parir y se dedicaría en cuerpo y alma al cuidado de su precario hogar. Se desviviría por su marido aun a sabiendas de sus frecuentes visitas al burdel de la ciudad. Con suerte quedaría viuda temprano y alguna de sus hijas se encargaría de ella en su vejez. Era la vida que le tocaba a las niñas que no nacían en cuna noble, era la vida que sin duda hubiese tenido Violeta si los Thorsen no se hubiesen cruzado en su camino. Violeta volvía de una de sus escapadas, tenía que regresar a Mopa; su yegua y compañera de aventuras, al establo sin que nadie la viera, pero al llegar a casa, encontró a su padre discutiendo airadamente con un par de extrañas. Eran dos mujeres, la mas joven tenía el cabello recogido en un pomposo moño, algunos mechones de rulos dorados quedaban sueltos y enmarcaban su rostro. La más vieja tenía el cabello n***o, lo llevaba suelto acomodado a un lado de su cuello. Ese par de mujeres no eran campesinas, llevaban vestidos hermosos, de esos que Violeta jamás en su vida podría usar. Cerca de ellas estaba aparcado un carruaje dorado atado a caballos negros. ―¡Ve adentro! ―gritó el padre de Violeta en cuanto la vio acercarse ―alimenta a los cerdos ―Pero... ―Violeta hizo una pausa, cabalgó despacio alrededor de las dos mujeres, estas la observaron con desdén ―ya alimenté a los cerdos hoy ―le dijo a su padre mientras bajaba de la yegua ―¿y estas quienes son? ―preguntó sin ningún reparo. ―¡VIOLETA! ―Gritó su padre, el rostro se le puso rojo, tan rojo como los atardeceres en Merinton ―Ve a alimentar a los cerdos ¡AHORA! ―frunció los labios después de hablar, algo que hacía cuando estaba muy, muy enojado, el espeso mostacho hacía que aquel gesto se viera un poco gracioso. Violeta y su padre se sostuvieron la mirada por unos segundos hasta que por fin ella asintió con la cabeza, se dio media vuelta jalando las tiras del arnés de Mopa, se empezaba a alejar cuando la joven rica soltó una risita burlona, Violeta se detuvo en seco. ―Ve a dar de comer a los cerdos ―Su padre le repitió la orden con tono de advertencia, si conocía a Violeta y por supuesto que la conocía bien, sabía que ella no dejaría pasar la burla de aquella chica ―Violeta volvió a caminar y su padre dejó salir un suspiro de alivio, pero era muy pronto para sentirse aliviado. Violeta soltó a Mopa y le dio un pellizco en el muslo. La yegua corrió hacia las mujeres, les pasó muy cerca, siguió de largo y luego se dio media vuelta y se detuvo frente a ellas, sacudía la cola de forma intensa y pateaba el suelo, su cuello estaba estirado hacia adelante y sus ojos lucían más grande de lo normal, sus orejas estaban echadas hacia atrás; aplastadas sobre su nuca. Violeta observaba atenta con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. ―Shhh...shhh shhh ―un chico bajó del carruaje y empezó a hacer un zumbido como un arrullo, se acercó a Mopa sin ningún temor ―calma...calma shhhh ―dijo con una voz muy suave. Llevó su mano al bolsillo de su pantalón, hurgó en este, la sacó y la acercó al hocico de Mopa, la yegua lamió la mano del joven y se calmó como por arte de magia, nunca nadie había podido hacer tal cosa, cuando Mopa empezaba una pataleta, lo único que podía hacerse era rezar y tratar de huir. El chico cogió el arnés, acarició el cuello de la yegua. Violeta caminó a zancadas hacia él pasando en medio de las dos mujeres. ―¡Déjala! ―le dijo arrebatándole las cuerdas de la mano ―no le gustan los extraños ―agregó volteándose para mirar a las dos mujeres. ―Al parecer la dueña es tan grosera como su yegua ―refutó el chico ―Violeta achicó la mirada, las pupilas grises de ese joven desconocido se clavaron en las de ella por tan solo un instante; unos segundos, lo que dura un latido. Eso bastó para que sus mejillas que calentaron como si acabara de escalar una montaña. ―¡Aiden! ―gritó otro chico bajando del carruaje ― ¡estás loco! ¡pudo hacerte daño! Caminó dando grandes pasos hacia las dos mujeres ―Dehbani, Margot, ¿están bien? ―les preguntó, ellas asintieron con la cabeza, el joven dirigió su mirada hacia Violeta ―¿y tú? ¿estás bien? ―Violeta sintió que su corazón se detuvo en ese momento, el joven que acababa de bajar del carruaje era el más apuesto que jamás había visto, su piel era casi tan blanca como la nieve, su cabello era castaño, casi rubio, sus pupilas parecían dos gotas de mar; brillantes y de un tono índigo intenso como el mar de Merinton. Sus labios eran rosados, llevaba un traje color crema satinado con botones dorados. Violeta apretó con fuerza la cuerda del arnés. ―Creo que ha quedado impactada con lo que ha ocurrido ―dijo Aiden al ver que Violeta no reaccionaba. ―Yo creo que ha quedado impactada con Noah ―dijo la mujer más joven ―¡Dehbani! ―la otra mujer la reprendió ―¡Lo siento madre! Violeta tiró del arnés y se fue hacia el establo con la cabeza inundada de preguntas ¿quiénes eran ese montón de extraños? ¿qué hacía una familia de nobles hablando con un granjero? ¿Por qué su padre no la quería ahí? ¿qué ocultaba? ―Eso ha estado increíble, Mopa― exclamó Violeta amarrando a la yegua a una de las estacas del establo ―¿has visto sus caras de miedo? ―soltó una carcajada ―Se han puesto blancas como la leche ―acarició el cuello de mopa y sonrió ― Te apuesto a que se han cagado en sus finas bragas de seda. ―¡A qué sí! ―una voz interrumpió la conversación de Violeta con Mopa, se giró para ver quién era.
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