CAPÍTULO 3

1187 Palabras
―¿Acaso no te han enseñado a tocar la puerta? ―preguntó Violeta poniendo sus puños cerrados uno a cada lado de su cintura. ―Eh...disculpa, pero... esto no es una puerta― dijo Aiden señalando el portón del establo ―no sabía que había un protocolo de modales para entrar a un establo ―agregó con tono burlón y Violeta frunció el ceño, miró al joven ricachón de los pies a la cabeza y se acercó a él. ―De hecho, sí, lo hay. Hay uuun... ¿cómo dijiste? ―Protocolo ―dijo él ―una norma, etiqueta para... ―Sí, sí, lo he entendido ―Violeta interrumpió la explicación que Aiden trataba de darle, rodó las pupilas hacia arriba. Le irritaba la actitud de superioridad de ese chico, se creía un héroe por evitar que Mopa le hiciera daño a las tontas damiselas en apuros y estaba ahí, dándose ínfulas de saber más cosas que ella. Cogió un balde de agua sucia que estaba cerca y habló con mucha seriedad―la norma dice que para entrar a un establo tu ropa tiene que estar sucia ―Aiden la miró interrogativo ―ella le arrojó el agua. Los ojos grises de Aiden se volvieron dos llamas incandescentes, sus cejas pobladas estaban fruncidas, sus puños se cerraron, parecía un toro a punto de embestir a alguien. Incluso daba la impresión de que emanaba vapor de sus fosas nasales. ―¡Aiden! ¡primo! ―Noah interrumpió ―¡aquí estabas! ¡te hemos estado buscando! ¡El viejo ha aceptado! ―Aiden no reaccionaba, miraba a Violeta y Violeta miraba a Noah como si mirara a un ángel acabado de bajar del cielo ―Espera afuera, Noah. Tengo cosas que arreglar con la señorita ―dijo Aiden con una voz que hizo que Violeta se estremeciera. ―De hecho, yo ya me iba ―dijo Violeta y caminó hacia la salida, pero Aiden la cogió del brazo con fuerza ―¿crees que esto se quedará así? ―Le susurró al oído. ―¿¡Aiden!? ―exclamó Noah ―¿qué es lo que ocurre? ―Te die que tengo asuntos que arreglar con la señorita ―apretó más fuerte el brazo de Violeta, ella gimoteó y Noah se acercó a ellos de inmediato. ― ¡Suéltala ahora! ―la voz le salió grave, casi como un gruñido. Aiden le obedeció y fue como si hubiese salido de un trance. Solo se dio media vuelta y se marchó. ―¿Estás bien? ―preguntó Noah, Violeta se sobaba la parte del brazo que Aiden le había apretado. No le dolía tanto como quería hacer ver, solo le gustaba recibir atención de parte de Noah. A sus quince años, jamás se había sentido atraída por ningún chico, no había sentido por nadie lo que estaba sintiendo por Noah, pero aquello era imposible, total y completamente imposible, un joven noble jamás le correspondería a una simple campesina. Pero había algo en los ojos de Noah, algo en la forma en que la miraba que le daba esperanzas. ―He vendido la granja ―Anunció el padre de Violeta mientras ella ponía frente a él un plato lleno de un intento de estofado, él arrugó el rostro al verlo ―huele bien ―dijo fingiendo una sonrisa. ―¿Por qué? ―no entendía como se había atrevido a vender sin consultarle. No preguntó a quién, era obvio a quién le había vendido la granja, por eso estaban aquellos extraños ahí, eso era lo que querían ―¿cómo? ¿cómo has podido? ―Violeta trataba de alzar la voz y le salía quebrada ―¿cómo has podido vender lo único que nos queda de mamá? ―contuvo las lágrimas, su padre solo bajó la cabeza y se quedó mirando fijo el plato de estofado. Ella se fue a su alcoba y lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Durante lo que quedaba de semana, se dedicaron a vender todos los animales, excepto los caballos y a limpiar el establo y la cabaña, también prepararon sus cosas, atravesarían el mar de Vórtice en un barco, uno de eso grandes que llegaban todas las mañanas al puerto de Merinton, se irían hasta Brenof y ahí comenzarían de nuevo y dejarían atrás los recuerdos de una vida sencilla pero feliz. Lejos de lo que Violeta había imaginado, sus últimos días en los campos de Merinton no fueron dolorosos. Resultaron ser todo lo contrario, aquellos días fueron un sueño. Un hermoso sueño, tan fascinante y maravilloso como efímero. Un sueño que comenzó con una inesperada visita. ―¿Qué hace él aquí? ―preguntó Violeta a su padre cuando vio a Noah bajar de un carruaje pequeño. ―Ha llegado un columbograma* ―respondió él ―hace poco más de media hora, no he tenido tiempo de avisarte; el muchacho Thorsen quiere quedarse para darle instrucciones a los constructores. Levantarán un castillo aquí para él y la afortunada dama noble que sea su esposa. ―Noah se les acercaba despacio mirando a su alrededor como si fuese la primera vez que veía el paisaje, aquello no era algo extraño; los campos de Merinton eran tan hermosos que incluso los lugareños, no dejaban de admirarlos nunca. ―Jum...¿un castillo? ¿acaso se cree un príncipe? ―refunfuñó Violeta. La sangre le hirvió al imaginar a Noah con alguna dama noble y estirada como la fulana Dehbani. ―Las familias nobles viven en castillos, Violeta ―le explicó su padre ―Ahora ve y limpia tu cuarto ―le ordenó con premura ― ahí dormirá el muchacho ―en cuanto su padre terminó de hablar, Violeta corrió a la cabaña, como si su vida dependiera de ello. En vez de barrer el piso, sacudir el polvo y cambiar las sábanas, lo primero que hizo fue coger un baúl por el asa y arrastrarlo hacia una esquina, lo cubrió con una manta y amontonó mucha ropa encima. Revisó debajo de la cama, sacó de ahí una lámpara de aceite y un pequeño libro rojo con inscripciones doradas, puso la lámpara en la mesilla al lado de la cama y se metió el libro debajo del vestido, en la pretina que ajustaba su cintura. Se enfundó en un saco de su padre que solía usar cuando tenía mucho frio y salió apresurada. En el pequeño comedor, se encontró a Noah y a su padre. Charlaban entretenidos; algo de sabuesos y de cacería. ―Mi lord ―Violeta hizo una reverencia. Su padre la miró con ojos entrecerrados, seguro estaba preguntándose quien era esa niña educada y dónde estaba su verdadera hija ―con su permiso, tengo que.... ―no había pensado en una excusa para salir de ahí ―tengo queee.... ―Que hacer la cena ―dijo su padre ―Violeta es una excelente cocinera ―agregó y ella captó el sarcasmo enseguida. ―Iré por leña ―dijo y salió apurada. No notó que Noah fue tras ella, tampoco notó que le pequeño libro rojo había caído al suelo.
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