Jessica
Ser una mujer empresaria es complicado, aunque no imposible de ejercer con éxito, y a pesar de lo que me mantiene atada a estar en el exilio.
Hoy me dirijo a la empresa de papá, en sus momentos divertidos dice que me la heredará hasta que cumpla con los requisitos que me solicita en el absurdo testamento que hizo hace un año, no podre gozar en materia de la empresa que me ha costado forjar si no cumplo eso al pie de la letra.
«¡Vaya locura!», pienso.
En la autopista los autos me rebasan, los dejo hacer porque lo que menos quiero es enclaustrarme en esa casa que ya adopto el olor a mi perfume de galletas.
— ¡Oye caracol, no salgas de casa si manejaras así! — grita el tipo ofensivo del auto azul que va a mi lado.
Resoplo el mechón de cabello que se ha posado por el viento en mi frente y me estorba al ver, justo en el momento en el que decide rebasarme y quedar yo estampada con un leve golpe en el bómper de mi auto.
El escándalo se arma en cuanto el tipo se baja con dos mujeres más y, no es por juzgar de más, pero me parece que son damas de compañía.
— ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡Eres una tonta al volante! — escupe, con furia empapa de saliva el rostro.
— Yo me dirigía bien a mi destino, eres tú el que empezó a insultarme sin razón alguna y me rebasaste demasiado cerca.
En ese momento tan incómodo se forma la discordia con las mujeres que lo acompañan, ya que una de ellas me ve de pies a cabeza y comienza a mofarse de mi persona.
El ánimo no lo tengo para este tipo de cosas, así que sin más, abro la puerta del auto, sacando mi bolso y del mismo mi chequera, tomo un cheque y lo lleno al portador, dándole una cantidad razonable para que arregle su auto.
— Esto debería de compensar el golpe y el haberte quitado el tiempo con un choque que tú mismo provocaste.
Extiendo mi mano con el cheque que rellene y se me es arrebatado de las manos por una de las chicas, y fijándose en los ceros del papel, se codea con la otra rufiana que la acompaña junto al hombre.
— ¿Eres Jessica Nolan? — indaga con sorpresa.
— Sí, y en este momento voy con un poco de prisa, un gusto.
El hombre jala de un brazo a la chica que se reía de mí, preguntándole de la manera más indiscreta posible sobre mí.
Ella se acerca más al oído del tipo y en cuanto le informa, el tipo me ve y comienza a reírse.
— Así que tú eres la loca que salió en todos los titulares respecto a la humillación que trataste de hacerle al pobre señor Jim Cavanagh el día de su boda… ¿No te da pena andar en las calles después de eso? — indica.
Ese tema me enerva la sangre, haciendo a que me olvide totalmente de quién soy o cómo puedo reaccionar.
— Eso es algo que no te concierne, ahora si me lo permites, me retiro.
Estoy por meterme de nuevo al auto, pero las tipas me hacen una especie de emboscada, no me dejan entrar al auto y me desespero, y mi odio hacia toda esa gente que se ha burlado de mí, hace a que quiera seguir oliendo a galletas en la casa de la tía Florence.
Mis lágrimas no se contienen, porque aún no entiendo la razón por la cual las personas se solidarizaron con un mequetrefe infeliz y no conmigo, porque yo fui la víctima en esto.
— No tan rápida señorita… debes de pagar más por el daño del auto y las molestias que causaste hasta ahora… ¡Saca otro cheque y fírmalo!
Las mujeres me acorralan y comienzan a forcejearme, tratan de quitar el bolso y el hombre se hace el desentendido, subiéndose al auto y dejando a las locas con las que iba haciéndome daño.
La ira se apodera de mí y tomo el brazo de una de las mujeres que, sin pensarlo, muerdo con fuerza, haciéndole chillar del dolor y a la otra, tomándola por el cabello y tomando mi tacón de aguja italiana, a punto de abrirle la cabeza, pero el sonido de la sirena policial, hacen a que sienta la tranquilidad.
Uno de los policías se baja de la radiopatrulla, caminando hacia donde estoy, pero saca las esposas y quien las toma, es su acompañante.
La mujer policía se acerca a mí, mientras atienden a las otras dos mujeres que trataban de robarme y hacer quién sabe que, preguntándoles de forma tranquila sobre lo que ha pasado.
— Si me permite, esas mujeres venían acompañadas de un hombre que las dejo aquí, es una salvación que ustedes hayan venido antes de que las mujeres me robaran mis pertenencias.
— Señora, guarde silencio, las señoritas están en una crisis de shock.
Me quedo anonadada de ver que las mujeres son excelentes actrices, y que la mujer policía por fin me toma de las muñecas y pone las esposas frías en mi piel.
— ¡Esto es una equivocación! ¡Suelteme ahora! —grito, desesperada y con enojo.
Ninguno me pone atención, mientras el otro oficial consigna mis pertenencias, saca mi identificación y sonríe, pidiéndome que guarde silencio y que seré llevada a comisaria junto a mi auto.
Las mujeres se ríen discretamente y amenazan con denunciarme.
Me quedo callada y me subo voluntariamente al auto de la policía, uno que apesta a queso y carne podrida.
Mis lágrimas son como aquellas que derrame el día en que la sociedad me dio la espalda, así como ahora porque no entiendo que es lo que pasa, yo solamente me defendí de dos ladronas.
En el camino hacia la estación de policía, la mujer policía me habla.
— ¿Por qué las agrediste? Se ve que eres una buena mujer…
— Ellas empezaron a agredirme psicológicamente solo por ser quien soy… solo me defendí de que me robaran, eso es todo.
Ella se queda callada, y por fin estamos en la estación, ella baja del auto y me ayuda a bajar, mientras las dos mujeres salen también de otro auto policial, una con la mordida que fue muy grande y la otra con el pelo hecho un nido de aves.
— Esto lo pagarás caro, solterona amargada— dice la de la mordida.
Entramos a la delegación y nos meten en carceletas, a las tres juntas…
El infierno está por empezar a hacerse presente, empero, la voz de la agente que me trajo hasta aquí, me saca de la carceleta y me indica que tengo derecho a hacer una llamada breve, y agradezco, marcando el número de mi padre.
— ¿Hola?
— ¡Papá, necesito tu ayuda!
— Jessica, ¿Qué pasa Jessica?
— Estoy en la comisaria del distrito once, es una larga historia, pero por favor, ven a salvarme…
— Voy de inmediato.
No me da tiempo a agradecer, pero sé que él vendrá a socorrerme de esta pesadilla.
— ¿Terminaste?
— Sí, ¿pueden ponerme en otra celda? Esas mujeres van a matarme.
— Creo que las que iban a morir eran ellas — dice la agente de dulce sonrisa.
— Soy Meili, te llevaré a rendir declaración en cuanto venga tu abogado, pero para no tenerte en ese cajón con varillas y te maten, debes de hacer algo alocado…
— ¿Cómo qué?
— Debes de fingir un ataque de locura, la fianza será menos y dejarán que te lleve a mi oficina…
— ¿No será peor?
— Hazme caso, mujer blanca.
Me río, pero veo directo a la celda y veo a esas mujeres afilando los pendientes con las varillas de la reja.
«Es hora de actuar» me digo a mí misma.
Tomo aire y empiezo a reírme como una completa maniática, y a rascarme la cabeza como si tuviera una plaga de bichos en la cabeza.
Todos se me quedan viendo y es en donde Meili actúa.
— Está en una crisis de ansiedad, sería dañina dejarla con esas mujeres… ¿La puedo llevar a mi oficina? — le pregunta a quién creo es su jefe.
— Pues no la veo loca…
Eso me indigna, pero la sola mirada de Meili hace a que con más fuerza me ría y comience a llorar.
— ¿Se da cuenta, jefe? Por favor, esto puede ponerse peor…
— Permiso concedido Meili, llévatela lejos y en cuanto vengan por ella, tendrás que darme un registro en donde se le pueda enviar a terapia, esa mujer está mal.
— Sí señor, lo que indique. ¡Vamos señorita, cálmese!
Ella me toma de una muñeca junto a las esposas que me puso al principio y camino llorando, en parte el llanto no es tan fingido, porque nadie me había ayudado aparte de papá después de la locura de la boda.
Por fin llegamos a su oficina, ella me sienta en la silla frente a su escritorio, me sirve un vaso con agua y pone la otra esposa en la manga de la silla.
— No todo tan fácil, señorita Nolan. Ahora cuéntame, ¿Qué paso en esa boda no boda? ¿Este incidente tuvo que ver con algo de eso?
Trago grueso, sabía que nadie actuaba solamente por buena voluntad, asi que me indigno y lloro con más fuerza.
— Deja de llorar, yo sé que es que no te crean, que la sociedad te dé la espalda con algo tan duro…
— ¿Entonces por qué me preguntas por eso?
— Porque así puedo apoyarte y entenderte, pero si no me dejas saberlo, no podre hacerlo.
Respiro profundo y comienzo a contarle la mayoría de las cosas que Jim me hizo, hasta que ella misma me dice que pare.
— ¿Cómo puede la sociedad ser tan machista? Te admiro Jessica y, desde hoy, tienes una amiga de verdad si lo necesitas.
Estoy por agradecer, hasta que mi padre entra a la oficina de Meili y me abraza, limpiando con sus pulgares mis lágrimas y viendo lo irritada que está mi piel por el escozor que me produce el llorar.
— ¿Qué le está haciendo a mi hija?
— Nada, señor, ayudándola. Dejaremos a las mujeres de afuera en carceleta unos cinco días, por el mal rato que le hicieron pasar a Jessica, puede llevársela a casa y no tomaremos la declaración de las mujeres.
Mi papá se queda asustado ante lo que Meili le comenta, me ve y yo solamente agradezco en voz baja a Meili.
Mi padre firma en el libro de actas y deja a nuestro abogado arreglando el tema de la fianza y el traslado de mi auto.
Mi padre avanza un poco y le pide a Giorgio que abra la puerta, seguido de ayudarme a subirme.
En el auto, respiro y me recuesto en el asiento.
— Bien, Jessica, ¿Qué pasa?
— La gente me odia papá, él me persigue y estoy volviéndome loca.
— Necesito que concretes un negocio fuera del país…
Me quedo mirándole fijamente, ya que no es el momento para trabajo, aunque yo haya concretado ya uno con firma y dinero en la cuenta de banco.
— ¿Por qué evades el tema?
— Porque quiero enviarte lejos, quiero que hagas una vida nueva y que me des un nieto, un heredero… quiero que eso sea lo último que mis ojos puedan ver, Jessica.
Sé que mi padre me oculta algo…
— Es imposible que te dé un nieto, no salgo en años y…
— Entonces, te doy seis meses Jessica… elige, ¿el viaje de negocios o un crucero romántico?
— ¡Estás loco!
— Uno… dos…
— De negocios, no me presiones más.
— Estambul te espera, hija querida.
«¿ESTAMBUL?»