“Mente que adopta actitudes positivas y receptivas ante la vida”.
Kaan Seskin
— Tarik, si vuelves a levantarte tarde, tendré que dejarte en casa solo… es demasiado tarde tanto para ti y para mí.
Mi hijo toma mi mano y me frena en seco, hace a que lo vea directamente a sus ojitos, los mismos que heredo de su hermosa madre.
— ¿Qué pasa hijo? Vamos tarde.
— Te quiero mucho, y sé que, aunque me levante tarde, nunca me dejarías solo.
Una sonrisa se surca en mi rostro, iluminando mi corazón por completo. Me poso a su altura y mi rodilla toca el suelo, no importa que me ensucie, es para contemplar más de cerca a mi hijo.
— Y es por eso que todos los días te amo inmensamente. ¿trajiste todo contigo? Ya sabes que anne se enfada porque dejes cosas que puedan servirte después de la escuela.
— Lo sé, traje todo, no te preocupes.
Froto su cabello en sentido de afecto, y de nuevo emprendemos el camino hacia la escuela.
Así ha sido durante tres años, sin contar cuando lo llevaba a casa de mi anne para que ella lo cuidara en lo que yo trabajaba para poder sostenernos ya que, en cuanto enterré a mi esposa, también su familia por parte de sus padres, enterraron lo que había quedado de ella y de la familia que logramos tener.
No todo brilla en el plano terrenal, pero mi corazón siempre se ilumina al ver el rostro de mi pequeño y saber que somos él y yo contra todas las adversidades.
Lloré a mi esposa todas las noches en lo que mi hijo crecía arrullado con una canción de cuna que ella misma grabo durante el último trimestre de embarazo, siempre le pedía que no lo hiciera porque quería conmemorar el momento en el que ella tuviera en sus brazos a nuestro pequeño pedazo de cielo, pero la vida no siempre nos da lo que esperamos.
— ¡Excelente día, señor Seskin! — dicto la maestra de Tarik.
— Pórtate bien con anne, en cuanto salga del trabajo, vendré por ti. Gracias, maestra.
Mi hijo me dice “adiós” así que, apresurando el paso, tomo el autobús para tratar de llegar al aeropuerto y no decepcionar a mis superiores, ya que trabajo como mecánico en el hangar mayor.
Con un hijo me costó terminar el colegio, pero me esforcé y solamente me quede con el sueño de tener un titulo universitario, y sé que lo lograré en cuanto me establezca con Tarik en algún trabajo mejor y pueda darle a él lo que necesita.
Coloco mis auriculares en mis oídos y comienzo a escuchar música, porque con el tráfico de Estambul y el transporte público, son dos cosas que, en vez de molestarme, trato de sacarle lo mejor, ser optimista y aceptar lo que Allah me mando para apreciar la vida tal y como es.
“Beni cok sev” de Tarkan, empieza a sonar, dándole un poco de paz a mi día, ya que, en cuanto la tarde nos había envuelto en casa, llegó el señor Latif a cobrar el arriendo, cosa en la que me he atrasado en pagar, pero acepto lo ultimo que tenia de valor en el bolsillo… un reloj americano que una amiga me regalo para que lo usara el día de mi boda.
— Servidos en Aeropuerto de Estambul— vocea el conductor.
Sonrío y bajo con un poco de prisa, hasta que por fin llego a mi lugar de trabajo, aunque mis compañeros me vean con cara gruñona, entro como si nada hasta llegar a mi locker, guardar mi ropa y sacar el overol que alberga las manchas de grasa del motor de los aviones.
Suspiro y pongo mi mejor sonrisa, hasta que me topo con Eren, mi jefe supervisor, el único que me hace difícil la labor de hacer mi trabajo tranquilamente.
— ¿Por qué llegas tarde? —pregunta con tono gélido.
— El transporte público cada día más decadente.
— Te descontaremos el día por las horas que faltaste, esto no es un hotel, Kaan Seskin.
No protesto, no reclamo nada, solamente acepto lo que me toca, aunque esto desajuste mi presupuesto de fin de mes.
— ¿No vas a decirme nada? —indaga con suficiencia, una demasiado arrogante.
— No señor, usted tiene la razón.
— Sabes que no la tengo, dime lo que sientes, no te quedes callado.
Solamente observo su papel de tirano, no quiero conflictos, me he prometido verle la mejor cara a las situaciones como está.
Bajo mi cabeza y veo hacia el suelo, cuando su pie se mueve hacia un bote de aceite para motor, está abierto…
“plash” suena el bote cuando cae al suelo, derramando todo su contenido, desperdiciando el material y sabiendo que, con el corazón tan n***o que mi jefe posee, me descontará de mi sueldo.
«Otro descuento del sueldo» me digo a mi mismo, cuando levanto la mirada hacia el rostro del hombre que supervisa mi trabajo con mera saña.
— ¡Recógelo ahora! —grita, en forma de humillarme más.
— Muy bien señor —digo, conteniendo mis lágrimas del enojo.
Me agacho, tomo un periódico de la semana pasada y me pongo a limpiar, pero esto no es suficiente para el tirano que tengo al lado.
Está por gritarme de nuevo, pero gracias a Allah, Robinson, el americano que vino a vivir el sueño turco, entra alegremente.
— ¡Hey, Seskin… pensé que no vendrías! —amenizando con su estruendo da voz el momento más caótico del día.
— Termina de limpiar y ponte a trabajar — dicta la amargura andante.
Se va sin siquiera voltear a verme, mientras observo mis manos, demasiado sucias para unas que tocaron el cielo hace unos años.
— Deja ahí, vi todo lo que paso, yo te apoyare este mes, sé que tienes un hijo y estás solo con él… ven, límpiate esas manos y vamos por unos Balık-Ekmek, se ve que no desayunaste.
Él se adelanta, mientras que recojo el periódico que me ha salvado en esta ocasión de tener que usar tela y tirarla, así que guardo el periódico en una bolsa negra, está va aparte para no contaminar más, y corro hacia el baño para lavarme las manos, pero, en cuanto estoy aquí, me veo en el espejo y la barba me ha crecido más de lo habitual.
— Deberías de tallártela un poco, bien dice Gül que eres guapísimo.
Volteo a ver y mi sorpresa es grande cuando veo que desde afuera, una de las señoritas azafatas me contempla con sigilo, aunque en este momento quedara expuesta ante mí por su comentario.
— Gracias, pero creo que no debería de estar aquí— le digo.
Aplico más jabón en mis manos, pero es nulo para combatir el aceite del motor qué se quedo totalmente impregnado en mis manos.
Salgo del baño, pero la dama insiste en acompañarme.
— No me temas, soy Laçin y aquí todos te conocemos por tu bello corazón… además de tu galanura. ¿A dónde vas?
— A trabajar señorita, con permiso.
La dejo ahí, y en cuanto trato de huir…
¡Por Allah!
De inmediato, una rubia linda, cae al suelo por el empujón qué le he dado sin querer, veo su rostro teñirse de un rosa exagerado, así que le tiendo mi mano para que se levante. Es lo único que puedo hacer.
— P… perdón, no le vi, disculpe.
— Claro que no me viste, tonto.
— Por favor, cálmese… fue un accidente, le ayudo para que pueda levantarse.
Está por aceptar mi ayuda, pero al ver mi mano manchada de grasa de motor, juzgarme de pies a cabeza la vestimenta y mi calzado, hacen a que retroceda y se levante por si misma…
No es de aquí, es americana de aquí a cien mil metros a la redonda, así que, mi inglés funcionó.
— No gracias, mírate… estas todo sucio.
— Estoy en mi hora de trabajo, señorita. Discúlpeme… —digo, apuntando con mis manos llenas de la humillación qué recibí hoy…
Se nota estresada, furiosa…
— ¿Cómo sabes hablar inglés? —pregunta con sorpresa y con indignación.
Sólo de recordar que quien me enseñó el idioma fue mi esposa, ya que ambos teníamos el mismo sueño de viajar por el mundo y trabajar en multinacionales, ser totalmente independientes de nuestras familias.
Un sueño muy vago.
Me armo de valor y le empiezo a hablar.
— Estudié mucho y mi esposa habla… —no me permite terminar, poniendo una cara de no interesarle el tema.
— Estas perdonado, ahora quítate de mi camino, voy tarde hacia mi hospedaje.
Estoy por dar réplica pero ella se va, dejándome con la palabra en la boca, demostrando su lado mal educado, a leguas se nota que es una caprichosa.
Una caprichosa americana.