SECUNDUS

2656 Palabras
“Cuando se está en medio de las adversidades, ya es tarde para ser cauto.” Séneca. No hubo mucho descanso antes de tener que regresar a la batalla, las cosas iban de mal en peor, pero debía hacer esfuerzos por mantener a los Oscuros al límite. Una noche tranquila, como pocas, decidió aprovechar la calma para darse un baño en el río se quitó la cota de malla con enorme dificultad, sacó su sucia y sudorosa ropa fuera de su vista y lanzó las botas de montar a un lado, se introdujo lentamente en el agua cristalina y se sumergió hasta el fondo dejando de pensar, como si quisiera que el agua se llevara todos sus pensamientos, todos sus recuerdos especialmente los relacionados con Zoe, Catalina y el compromiso. Nadó por un rato, hasta que una voz cantarina lo sacó de su mundo personal. -Mi Príncipe… -Se dejó escuchar en el aire, y un movimiento suave se sintió bajo el agua. –Máximo… -De nuevo esa voz… -Heredero –La tercera vez lo puso alerta, sabía que no provenía de una voz humana, no había nadie con él, además, tenía un tono antinatural para un humano. -¿Quién anda ahí? -Se atrevió a responder, llevó su mano instintivamente hasta la cadera buscando con que defenderse cuando recordó que sus cosas, incluida su espada, estaban en la orilla del río. -Leucosía mi Señor –¿A quién esperabais? –Soltó con arrogancia juguetona mientras lo rodeaba bajo el agua –Max advirtió que algo se deslizaba muy cerca de sus piernas y calculó si tendría tiempo suficiente para correr. -Tu corazón corre como caballo desbocado Máximo… ¿Me pregunto por qué? –Y así de la nada una esbelta mujer emergió de las aguas poco a poco manteniendo una larga y maravillosa cola bajo el nivel del río. Su escultural figura dejaba al desnudo sus pechos juveniles y una aurea cabellera que apenas si cubría parte de ellos, la blanca aparición clavó su mirada sobre el Príncipe que petrificado no sabía qué hacer. –Siempre me agradeces al acercarte al río, y ahora que me ves ¿no vas a saludarme, ¿dónde están tus modales diplomáticos? –Max respiró una gran bocanada de aire fresco antes de responder. -Es…ujumm… -Aclarando su garganta -Es un placer conocerte oh gran Ninfa… -¿Oh gran Ninfa, eso es todo lo que tienes que decir?, pensé que si te sorprendía una hermosa mujer desnuda en medio del río no te asustarías tanto… ¿o es mi cola lo que te asusta? Puedo hacer que cambie… y tener dos piernas… con todo incluido… -Pasando un dedo sobre sus labios carnosos y provocativos –Esta vez el hombre calculó en serio si podría llegar a la orilla antes que ella, pero luego se sintió estúpido, jamás le ganaría nadando a una sirena. Pensó que su fin había llegado, así como el de muchos al tener la mala fortuna de encontrarse con ella, o con alguna de sus hermanas, cientos de navegantes contaban amargas historias de cómo habían sido encantados por la voz de las sirenas, seres mágicos, peligrosos y traicioneros, que solo consumen carne humana y no dejan más que los huesos en el fondo para que se pudran y nadie los recuerde. Pensó en Odiseo, pero él no tenía nada, absolutamente nada con qué tapar sus oídos, ya era demasiado tarde, adiós a Liber, a Zoe y a todo lo que amaba… y entonces lo comprendió, esto es lo que había estado buscando, liberarse al fin de todo pues ya no podía más, no sin ella, esto era mejor que seguir aparentando tranquilidad. -¡Al diablo! –Pensó –¡Que pase lo que tenga que pasar! -¿Qué quieres Leucosía? –Atinó a decir. La Ninfa se movió con lentitud hacia él sin dejar de escrutarlo con la mirada, lo rodeó, y olfateó el ambiente. -Qué extraño… -Comentó –No hueles a miedo como los demás, no me temes… no sé si sea bueno o malo… debo decidir si me conviene o no. Mientras tanto Máximo intentaba respirar calmadamente evocando los mejores momentos de su vida entre los que estaban por supuesto los vividos en Mérida, y salió mentalmente del mundo para regresar a esas calles de otra época, a las extrañezas tecnológicas y a su amada, casi podía evocar el olor a fresas de su cabello, sus ojos profundos como la mar, sus pecas, sus dulces labios… por fin el hada prosiguió. -Tal vez seas diferente Príncipe, y es posible que hasta útil algún día, por ahora por qué no nos relajamos un poco tocando con sus níveas manos el pecho desnudo del joven mientras seductora posaba los labios sobre los suyos, a Máximo se le heló la sangre, quería sacársela de encima pero no sabía que reacción asumiría el hada, sintió su lengua moverse dentro de la boca como un pez intentando salírsele y juntar progresivamente el cuerpo contra el suyo… -Que pare –pensó –Por favor que pare. La sirena acarició los dorados risos del príncipe y pasó sus dedos sobre el cuello en donde estaba la inscripción donde se leía Aquila. Se detuvo. Máximo respiró aliviado, quería morir, pero no devorado por un monstruo por eso no había puesto resistencia. -¡Eres una cajita de sorpresas! –Ligeramente sorprendida –Nos veremos nuevamente. Lástima, nos hubiéramos divertido mucho –Y se lanzó a lo profundo del río levantando una buena cantidad de agua al sumergirse. El joven no podía creer lo sucedido, nadó de regreso a la orilla con todas sus fuerzas lo más rápido que pudo, y llegó jadeando al otro lado, le tomó unos minutos recobrar la aliento. Se vistió casi sin poder respirar y le costó un imperio volver a ponerse la cota de malla, el cansancio no le permitía sostener adecuadamente su peso. Maldijo por lo bajo mientras luchaba con el fierro para ponérselo. -¿Te ayudo? –Preguntó la voz de su primo –Pareces un niño que todavía no se sabe vestir, jajaja. -¡Si búrlate! No tienes idea de lo que acaba de pasarme –Logrando meter ambos brazos, ahora solo faltaba levantar esa cosa y meter la cabeza si ahorcarse en el proceso. -Espera, yo la sostengo –Ayudando a su primo. Era difícil vestirse para la batalla, pero lo era más hacerlos sin ayuda. A Max no le gustaba tener escudero, enviaba al pobre a hacer cualquier cosa por sacudírselo de encima, y luego tenía que hacer esta clase de cosas solo –¿Dónde está tu escudero? -No sé, en cualquier parte… durmiendo supongo –Contestó sin darle la menor importancia. -Excelente, que siga durmiendo… a ver si por no ponerte eso –Señalando la cota –Te atraviesan con una flecha, de verdad eres estúpido. -Ya perdí la cuenta de cuantas veces me has dicho estúpido –Reclamó tratando de quitarle peso al asunto, sabía que Lucio decía la verdad y no iba a entrar en controversias con él. -Y lo eres, eres además un idiota, inútil, orgulloso, sabelotodo y desvergonzado que no cumple sus compromisos…-Soltando una risotada. -Al menos te parece gracioso. -Mientras no te maten… si, jejej mucho. En eso estaban cuando el ópalo de fuego del medallón de Max comenzó a brillar, su fulgor iba en crecendo y Lucio se alteró visiblemente. -¿Qué diablos es eso? ¿Qué está pasando? –Max sabía exactamente lo que estaba sucediendo. -¡Corre! Ve por los demás ¡Corre ya! –Ordenó al otro que salió despavorido en busca de ayuda. Mientras tanto Máximo esperó a que apareciera la otra joya, su cercanía era lo único que podía hacer refulgir de esa manera su medallón sin que él lo hubiera invocado. Esperó entre la maleza, pero era inútil ocultarse, cualquiera habría visto el fulgor a kilómetros. En el silencio de la noche un sonido como el del bufido de la exhalación de una gran bestia se coló entre los árboles. -Vaya, vaya, si es el Príncipe en persona, ¿Cómo ha estado su Majestad? –Haciendo una exagerada reverencia –Un caballero vestido de negra armadura, tenía la celada puesta cubriéndole el rostro, en su cuello colgaba el tercer medallón encendido como la luz del sol -¿Me extrañaste? – Max no pudo reconocerlo se le iban saliendo los ojos de sus órbitas al ver la oscura figura del caballero que había acabado con la vida de su hermano, recordó los últimos momentos de la vida de Rómulo, su dolor y su angustia, no pudo evitar pensar que, si él todavía estuviera vivo, la historia de Liber sería otra. Mmm… veo que estás solo, ¿Te comió la lengua el ratón? –Preguntó señalando hacia su boca. -No –Bufó Máximo, aferrándose a la joya y pensando en cómo usarla. -Vengo por eso –Levantando su mano y señalando hacia la luz a que salía del pecho del joven –Y vas a dármelo. -Ven por él –Lo retó –Veamos de lo que eres capaz, pelea como hombre –Max esperó a que mordiera el anzuelo, no estaba seguro de qué cosa se escondía tras los árboles, pero era mejor no averiguarlo, si podía aprovechar el sentido de superioridad del Principe Oscuro a su favor no perdería la oportunidad. Y dio en el clavo, éste hizo una seña hacia la cosa, fuera lo que fuera, y decidió enfrentarse solo a Max quien cargó primero contra el otro espada en mano descargándola muy cerca del casco y dando contra un árbol, este no esperó para responder al ataque, esquivó el golpe y se balanceó agachándose lo suficiente para empujar la parte trasera de la pierna derecha de Max haciéndole perder el equilibrio y caer de rodillas, ya en el suelo se le fue encima para tratar de atravesarlo pero el otro rodó en un movimiento rápido y la hoja apenas tocó por un lado la cota de malla. -¡Rayos! Pensó – Que bueno que me la puse. Logró incorporarse pesadamente y deseó portar la armadura completa como lo hacía su contrincante, quiso también tener el poder para lanzarlo lejos, cuándo el Oscuro arremetió de nuevo Max levantó la mano instintivamente echándolo unos veinte metros más allá y dejándolo inconsciente contra una roca. Logró tener el tiempo suficiente para huir, recordó vagamente las clases de su niñez e hizo una segunda prueba del poder de la joya, se detuvo e invocó al portal, cruzó por él y lo cerró tras de sí. Ya en la g****a de la montaña, en las antiguas ruinas por donde Zoe y él habían llegado cuando la trajo a conocer Liber, debió sentarse por un momento a cavilar que hacer, sintió un fuerte deseo de cruzar al otro lado pero recordó lo que había pasado la última vez que estuvo allí, había dejado a Zoe con el sabor de la traición en la boca y el odio por haberla engañado, bueno en parte, lo que sentía por ella, aún después de tanto tiempo era real, pero ella no lo había querido creer, ¿Y quién en esas circunstancias lo hubiera hecho?. No era el mejor momento para ponerse romántico, debía actuar rápido. De pronto ese bufido otra vez, profundo y con olor a azufre, miró en todas direcciones y no vio nada. Se puso de pie de un salto y escaneó el terreno rápidamente con la mirada, la sombra enorme de algo que sobrevolaba su cabeza le heló la sangre. -¿Qué es eso? ¿Qué diablos es…eso? –No podía creer lo que veían sus ojos, ¿Estaría en su sano juicio o ya se habría vuelto loco? –¿Un dragón?, ¿Pero de dónde…? –Apenas alcanzó a decir cuando la monumental bestia alada giró en el aire y se vino contra él pesada y letal. Max tomó el medallón entre sus manos e invocó su poder, no estaba muy seguro de cómo darle la orden a la joya, pero un instante después estaba despidiendo ráfagas de fuego de sus manos, se asustó, pensó que el dragón lo había alcanzado y que lo quemaría vivo pero el fuego salía desprendido de él, no del animal, tardó un poco en comprenderlo, pero cuándo lo tuvo claro arremetió con todo ímpetu en su contra y se elevó por los aires para estar a su nivel mientras lanzaba fuego contra la bestia con torpeza, no sabía que podía hacer algo como eso, jamás lo había intentado antes y deseó haber puesto más atención cuando recibió las clases de su maestro acerca de las bondades de la magia que poseía la llave de los mundos, sin embargo, nunca escuchó nada como eso, tal vez había información que no estaba al alcance de los hombres para evitar males mayores, el conocimiento no lo tenía su maestro, estaba en otro lado y pronto lo recibiría, pero no sería gratis… una verdad y un poder así no pueden recibirse gratis. Logró espantar a la bestia por un momento y corrió dentro de la protección del portal, se acercó hasta la roca e invocó para cruzar al otro lado antes de que regresara por él. Una vez en el mundo real, Máximo buscó algo adecuado que ponerse, lo robó del tendedero de una casa del páramo, unos jeans, zapatos deportivos y una chaqueta, hacía frio, debió caminar mucho para llegar al poblado más cercano y se refugió en el establo de animales de una finca donde pasó la noche, estaba agotado y sediento, se aventuró a tomar del agua de un depósito plástico que había en el lugar –No está tan mal –Pensó, al menos aquí no aparecerá Leucosía para cobrarme el trago de agua que acabo de tomarme. Se tendió sobre unos sacos de alimento para ganado, y se durmió de inmediato. Había pasado mucho desde que no pegaba el ojo como esa noche, despreocupado de que apareciera un ejército de Oscuros y lo tomara por sorpresa, o que un ser mágico quisiera tragárselo, o cualquier nimiedad como esa, que era absolutamente normal en Liber desde que los Oscuros se apoderaban de todo. Soñó con su amada, la vio sonreír a su lado, vestida con un traje largo y anticuado, de faldas amplias y corsé, llevaba en la cabeza una diadema y el cabello primorosamente peinado en una trenza larga y delicada, caminaba entre los rosales del jardín del palacio, tranquila y despreocupada cuando el caballero la tomó entre sus brazos y desapareció con ella. Max quiso hacer algo, pero no pudo, el sueño tornose en pesadilla, intentó despertar, pero tampoco pudo, el Príncipe Oscuro había entrado en su sueño y ahora tenía atada a Zoe y ponía una daga en su blanco cuello. -Aquí estamos otra vez, ¿Creíste que escaparías de mí?, no jeje, no será tan fácil. Dame el medallón y la verás con vida. Max no sabía si parte del sueño era real, ¿Cómo saber si realmente la tenía en su poder? Observó el lugar, un calabozo fío y húmedo, solo en Liber puede haber un sitio así hediondo a azufre, otro dato importante, volvió a mirar buscando algo más, ah, pero estaba frente a él, siempre lo estuvo, era Zoe, vestida a la antigua, no, ella de este lado no se pondría eso ni muerta. -¡Córtale el cuello! –Dijo tratando de sonar tranquilo -¡Vamos, hazlo! El Oscuro no se lo tragó entero, giró la cabeza con desconcierto y escrutó la reacción de Máximo buscando algo más. -La mataré, lo juro –Y apretó un poco más la hoja de la daga contra el cuello de la chica, ella chilló de dolor cuando comenzó a brotar una fina línea de sangre cuello abajo –¡Te digo que lo haré, dame el medallón Máximo, dámelo ya!
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