Capítulo 16

1413 Palabras
Minutos después, bajé al primer piso y me dirigí a la terraza del hotel. El aire nocturno estaba impregnado de un aroma fresco a cloro y flores, y las luces del agua proyectaban reflejos azulados en el mármol del suelo. Caminé cerca de la piscina, pero sin aproximarme demasiado. No quería tentar a la suerte otra vez; con una caída bastaba por una noche. Respiré hondo y entré a la fiesta. Tal como lo imaginé, todo el personal de la empresa estaba allí. El salón brillaba con una decoración exquisita: luces cálidas, mesas redondas cubiertas con manteles de seda, centros de mesa con lirios blancos y música suave acompañando la conversación de los invitados. —¿Señorita, desea whisky? —preguntó un hombre vestido con un impecable traje n***o mientras sostenía una bandeja con copas perfectamente alineadas. —Sí, gracias —respondí con una sonrisa discreta. Tomé una copa. El whisky era tan suave y aromático que fue imposible no reconocer su buena calidad. Al levantar la mirada para observar el lugar, descubrí varias miradas posadas en mí. Algunas sorprendidas, otras curiosas… y una en particular más intensa que las demás. Travis. Me observaba como si no terminara de reconocerme. Tragué saliva, sintiendo el rubor subir a mis mejillas. —¿Me veré mal? —pensé, nerviosa. Travis se abrió paso entre la gente hasta llegar a mí. Su sonrisa era amable y sus ojos color miel parecían analizar cada detalle de mi apariencia. —Buenas noches, señorita Mariana —saludó con un brillo cálido en los ojos. —Buenas noches, señor Travis —respondí, intentando no sonar temblorosa. Su mirada recorrió mi figura de arriba abajo, no con descaro, sino con una mezcla de admiración y desconcierto que me hizo arder la piel. —¿Me… me veo mal? —pregunté en voz baja, sintiéndome más vulnerable de lo que habría querido. Él negó suavemente con la cabeza y sonrió. —Estás preciosa, Mariana —dijo con firmeza, mirándome a los ojos. —Gracias… —murmuré, desviando la mirada mientras el rubor me envolvía como una manta caliente. Estaba a punto de decir algo más cuando una voz profunda resonó por mi lado derechode. —Señorita Marian. Por favor, venga conmigo. La necesito en este momento —dijo Shanon con una suavidad que, sin embargo, no dejaba espacio a dudas. Giré la cabeza… y mi corazón dio un salto. Ahí estaba él. Impecable. Atractivo hasta doler. Vestía un traje n***o perfectamente ajustado, sin corbata ni lazo, dejando el primer botón de la camisa abierto. Esa mínima informalidad lo hacía ver aún más seductor. Su cabello mojado, seguramente por haberme rescatado hacía un momento, ahora estaba completamente seco y peinado hacia atrás con algunos pequeños mechones reveldes, mostrando su porte imponente. Asentí sin poder evitar sonrojarme. —Travis, nos vemos después —dije con una sonrisa educada. —Claro —respondió él, aunque su rostro no mostró emoción alguna. Shanon extendió ligeramente una mano hacia mí, indicándome que lo siguiera. Y mientras caminaba junto a él, sentí todas las miradas del salón sobre nosotros… pero ninguna tan intensa como la de él. Porque Shanon no me miraba como los demás. Me miraba como si… como si yo fuera lo único que se reflejaba en sus ojos. Lo sigo en silencio hasta una esquina más apartada del salón. La música queda amortiguada detrás de nosotros, pero las luces cálidas siguen iluminando su figura imponente. Entonces lo veo mirarme… no como un jefe, no como alguien curioso, sino como un hombre que observa cada detalle con una intensidad que me deja sin aire. Sus ojos azules recorren mi cuerpo lentamente, y las pupilas dilatadas —dos abismos oscuros— parecen estremecerse al verme, mientras mi reflejo vive en ellos. Mi respiración se entrecorta. Siento calor en las mejillas, como si su mirada estuviera tocándome sin permiso, sin prisa… disfrutando cada parte de mí. Me sonrojo tanto que tengo que bajar la mirada, pero aun así sé que él sigue observándome. —¿Señor Shanon… me veo rara? —pregunto, apenas en un susurro. Él levanta la vista y sus ojos chocan con los míos. Se detienen allí, profundos, seguros, casi peligrosos. —Estás muy hermosa, señorita Mariana —dice con una voz grave—. La señorita Sabian hizo un excelente trabajo. El tono es bajo, suave… pero hay un brillo en su mirada que me hace pensar que podría devorarme viva si quisiera. Trago saliva. —Muchas gracias por esto. Creo que fue demasiado cos… —comienzo a decir, nerviosa. —Ya dije que el costo no importa —interrumpe con suavidad, aunque firme—. Lo único importante es que usted esté bien, señorita Mariana. Otra oleada de calor sube por mi pecho. Una invasión de mariposas me revuelve el estómago de una forma casi dolorosa. Él da un paso más cerca, lo suficiente para que su perfume amaderado me envuelva. —Ahora dígame —prosigue con seriedad—. Ese sujeto… imagino que era su exnovio. Y deduzco que por eso cambió su número cuando se lo pedí hace semanas. Su deducción —tan directa, tan precisa— me obliga a bajar la mirada. El dolor se me escapa en los ojos sin poder evitarlo. Él lo nota. —Señorita Mariana —dice con voz más suave—. No debe sentirse así. Puede confiar en mí. Y lo que él dijo… no me importa en absoluto. Lo que haya ocurrido antes no dice nada de usted. Si alguien falló, fue él. No supo cuidarla como debía. Sus palabras… me golpean justo donde más me escondo: en la herida que aún supura. Lo miro fijamente esta vez, con valentía temblorosa. —Mi relación con él fue… tóxica —admito, sintiendo el nudo en la garganta—. Dependía emocionalmente de él. Vine a esta ciudad para alejarme después de meses de terapia, pero no importó cuánto intenté evitarlo… al final me encontró. —suspiro, sintiendo ese viejo dolor presionarme el pecho—. Me humilló tantas veces… tantas… He tratado de dejar todo eso atrás, de mantenerlo lejos… Mi voz se quiebra. Hay un silencio. Uno pesado, íntimo, lleno de todo lo que no digo. Entonces lo escucho. —Usted es una mujer fuerte, Mariana —dice con una calidez que no esperaba—. Tomar la decisión de alejarse de alguien así… no cualquiera lo hace. Muchas mujeres quedan atrapadas años en situaciones que las destruyen. Usted eligió salir. Eso habla de su valor. Un estremecimiento me recorre. No esperaba sentirme vista… no así. Le sonrío, pequeña, sincera. —Gracias, señor Shanon. Por todo lo que ha hecho por mí. Él sonríe también, pero su expresión es diferente: dulce, protectora… peligrosa para mi corazón. —No tiene que agradecerme, señorita Mariana —responde—. Pero me alegra ver que sonríe de nuevo. Me sonrojo tanto que podría incendiarme entera. La velada continúa, larga y luminosa. Disfruto la fiesta de una manera que hacía mucho no disfrutaba nada. Pruebo dulces exquisitos de la mesa buffet, tomo un par de tragos —solo hasta sentir un ligero mareo agradable— y, para mi sorpresa, el señor Shanon permanece casi todo el tiempo a mi lado. Y es gracias a él, a su compañía, a su atención silenciosa pero constante, que la noche termina siendo una de las más felices que he tenido en mucho tiempo. ✧ ⋆ 🌙 ⋆ ✧ A la mañana siguiente desperté confundida, desubicada durante unos segundos. Las sábanas suaves, el aroma a hotel caro y el silencio absoluto me recordaron que no estaba en mi departamento… sino en la habitación que el señor Shanon había mandado a preparar para mí. Un sonrojo cálido subió a mis mejillas. Los recuerdos de la noche anterior me golpearon de golpe: su mirada protectora, su paciencia… su dulzura. Supe que jamás olvidaría esa fiesta. Me llevé una mano al cuello. La marca de la luna seguía ahí, más nítida, más viva. Y lo más extraño era que nadie la había notado… ni yo había pensado en ella entre todo lo que había ocurrido. El lunes, como siempre, llegué temprano a la empresa Gransie. Me sumergí de inmediato en trabajo: agendas, documentos, correos pendientes, llamadas. Todo volvió a la rutina… o al menos eso intenté creer. Esa noche, ya en mi departamento, suspiré mientras me daba un baño caliente. Comí algo rápido, revisé mensajes y finalmente me acosté. El cansancio me venció enseguida.
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