Abro los ojos.
Estoy en la oficina del señor Shanon.
Me incorporo de golpe, confundida, y veo los ventanales enormes iluminados por una luna llena perfecta.
Estoy en camisón… como siempre cuando comienzo a soñar.
Y entonces la puerta se abre detrás de mí.
Giro la cabeza.
Es él.
El señor Shanon entra despacio, seguro, con la mirada fija en mí… una mirada cargada de deseo, tan intensa que mi cuerpo responde antes de que pueda pensar.
Lleva una camisa negra, arremangada hasta los codos; el primer botón desabrochado deja ver la línea de su cuello.
El n***o lo vuelve arrebatador.
Su cabello ligeramente desordenado, sus ojos azules ampliados por pupilas negras… en dos océanos profundos que brillan con la luz de la luna.
Mi respiración se vuelve un temblor.
Él levanta la mano y apaga la luz.
La oficina queda sumida en penumbra, iluminada solo por la luna llena que se derrama sobre nosotros.
Da un paso.
Luego otro.
Cada uno me derrite por dentro.
Cuando al fin está frente a mí, me toma el rostro con delicadeza y me besa.
Un beso apasionado, urgente, como si hubiese esperado siglos por esto.
Mis manos se aferran a su camisa mientras él me atrae a su cuerpo, devorando mi boca sin contenerse.
En segundos me desnuda con una suavidad que me estremece.
Me carga y yo lo rodeo con las piernas, sin soltar su cuello ni un instante.
Me deposita sobre una superficie fría —su escritorio— y se separa apenas para verme. Sus ojos recorren mi cuerpo desnudo bajo la luz lunar, y su expresión…
Dioses.
Es adoración pura.
Él comienza a desvestirse lentamente, prenda por prenda, con una calma sensual que me roba el aliento. Bajo la luz plateada parece una figura tallada por la noche misma, un dios lunar descendido solo para mí.
Vuelve a acercarse. Me acaricia la piel con una ternura que contrasta con el fuego que veo en su mirada.
Su aroma, su calor… todo de él se vuelve un refugio.
Me besa de nuevo, hondo, profundo, mientras sus manos recorren mis costados con una devoción que me hace temblar.
Y entonces, con un susurro casi imperceptible, se une a mí.
Un jadeo escapó de mis labios al sentirlo entrar, suave al principio, como si temiera romperme. Estoy húmeda, palpitante, encendida por completo.
Sus movimientos comienzan lentos, envolventes… Luego más marcados, más íntimos, más nuestros.
—No pares —murmuré suplicando contra sus labios, rendida ante el placer.
—No pienso parar, mi amor. Moriría si lo algo—respondió contra mis labios mientras embestía sin darme tregua.
Cada embestida me roba el aliento.
Cada caricia, cada roce de su boca en mi cuello, cada susurro de mi nombre…
todo se mezcla hasta que no sé si estoy soñando o si él realmente me está reclamando bajo la luna.
Y yo me dejo llevar. Por él. Por este deseo que crece cada noche sin explicación. Por esta conexión imposible, inevitable.
Por este hombre que, incluso en sueños, parece destinado a mí.
Jadeo con cada embestida, completamente rendida a él. Mi cuerpo le pertenecía… aunque fuera un sueño. O tal vez ya no lo era.
Tal vez él siempre había sido ese deseo oculto que mi alma anhelaba sin permiso.
Estaba enamorada: de su pasión, de su intensidad… de la forma en que me miraba como si yo fuera la única luz en la oscuridad.
—Mariana… —susurra contra mi boca— eres demasiado hermosa. Te deseo tanto, mi amor.
Sus palabras me atraviesan como un latido.
Las mariposas en mi estómago se agitan con fuerza y mi piel se eriza por completo.
Nunca nadie me había dicho “mi amor” con esa voz, con esa necesidad, con esa verdad.
Me recuesto sobre la mesa —que en el sueño aparece vacía, despejada— y él toma uno de mis pies con delicadeza.
Me besa el empeine con una ternura que contrasta con la fuerza de sus movimientos, sin dejar de entrar en mí con esa cadencia que me derrite.
Me estremezco.
Dioses, cómo puede ser a la vez tan tierno y tan ardiente.
La intensidad aumenta, envolviéndome, llevándome al borde.
Y entonces, con una ola de calor que me atraviesa entera, llego al clímax.
Mi cuerpo se arquea, mi voz se quiebra, y su nombre escapa de mis labios entre jadeos:
—Sha… Shanon…
Pero él no termina ahí.
Antes de que mi respiración se recupere, me toma por la cintura con firmeza, sin apartarse de mí, y me alza como si fuese liviana.
Me sienta sobre él en la silla de su escritorio, mis piernas rodeándolo, mi cuerpo aún tembloroso por el éxtasis.
Lo beso con la misma pasión con la que él me sostiene. Mis labios buscan los suyos con urgencia, con hambre.
Me muevo sobre él, lenta al principio, luego más decidida. Shanon suelta un gemido bajo, ronco, que me enciende de nuevo.
Coloca sus manos en mis caderas, guiando mis movimientos con una suavidad que me derrite. Sus caderas me buscan desde abajo, encontrándonos en un ritmo íntimo, profundo, inevitable.
Sus labios bajan a mi cuello, justo sobre la marca de la luna, y siento cómo la besa…
una, dos veces… como si reconociera algo en ella, algo que yo aún no comprendo.
Y por un instante, todo desaparece: la oficina, la mesa, la silla. Solo quedamos él y yo, moviéndonos al compás de un deseo que parece más antiguo que ambos.
—Mariana… —susurra contra mi piel, con la voz cargada de emoción— no tienes idea de lo que significas para mí.
Mi corazón late con fuerza.
Y aunque es un sueño, o algo que se siente demasiado real para serlo…
Sé que esas palabras se quedan grabadas en mí, como la luz de la luna sobre nuestra piel.
Lo beso con desesperación dulce mientras me muevo sobre él, sintiendo cómo su respiración se vuelve cada vez más irregular.
De sus labios escapan jadeos suaves, cargados de un placer que me enciende más.
Sus manos recorren mi piel húmeda, acariciando cada curva con una devoción que me hace temblar.
El placer asciende, caliente, profundo…
y antes de que pueda perderme en él de nuevo, Shanon me alza en brazos sin apartarse de mí. Me aferro a sus hombros, rodeándolo con mis piernas, mientras sigo besándolo con la misma necesidad con la que respiro.
Camina conmigo por la oficina—o lo que parece ser la oficina en este sueño que se siente tan real—y entonces me apoya con suavidad contra el gran ventanal.
La luna llena nos ilumina como un reflector divino, derramando su luz plateada sobre nuestros cuerpos.
Si esto no fuera un sueño… cualquiera podría vernos. Ese pensamiento me ruboriza, pero también me enciende.
Shanon no se detiene. Sus movimientos se vuelven más profundos, más intensos.
Jadeo contra su cuello, sintiendo cómo mi cuerpo responde al suyo como si estuviéramos hechos para encajar así.
—Mariana… —su voz es un gemido quebrado— Te amo. Te amo demasiado.Eres mía… solo mía.—sus palabras salen entrecortadas, vulnerables, ardientes—.Dime que tú también me amas, mi amor…
Su necesidad me atraviesa. Su vulnerabilidad, su voz hecha susurro, abre algo en mi pecho.
Realmente lo amaba.En el sueño… y fuera de él también. Y por primera vez, lo admito.
—Shanon… yo te amo. Te amo… estoy enamorada de ti —confieso entre jadeos, estremecida por la verdad que sale de mis labios.
Sus ojos brillan con una emoción pura, casi reverente.
—Yo también te amo, Mariana —susurra antes de besarme con una pasión que me roba el aliento.
El ritmo se intensifica. Mi espalda se arquea contra el cristal frío, contrastando con el fuego de nuestros cuerpos. La ciudad duerme bajo nosotros, pero la luna nos observa como una testigo silenciosa.
Lo abrazo con fuerza cuando el placer crece de golpe, desbordándome. Grito su nombre mientras mi cuerpo se estremece…
y su propia liberación llega segundos después. Siento cómo sus labios buscan la base de mi cuello, allí donde descansa la marca de la luna, presionándola con un beso que me hace temblar.
Su respiración agitada se mezcla con la mía.
Pero no termina ahí.
Como en cada sueño con él, seguimos amándonos… una y otra vez, entre susurros, caricias y la luz plateada que nos envuelve como un hechizo.
Hasta que, finalmente, incluso dentro del sueño… el sueño me vence, arrastrándome a una oscuridad tibia, llena del eco de su nombre.