Tras la velada, me condujo hasta el invernadero que coronaba el jardín de la terraza. Un pequeño edén repleto de vegetación exuberante, donde las mariposas danzaban entre el follaje bajo la tenue luz de las lámparas que simulaban un sol. El aire olía a tierra húmeda y a jazmín. Después, volvimos a su habitación. El silencio entre nosotros era denso, cargado de un eléctrico entendimiento. Nos miramos, y el tiempo pareció detenerse. Él alzó una mano y, con una ternura que me estremeció, acarició mi mejilla. —¿Quieres hacerlo? —su voz era un susurro grave, una pregunta que era mucho más que eso: una puerta entreabierta. Una oleada de calor ascendió por mi cuello hasta mis mejillas, y no pude sostener su mirada. Bajé la cabeza, abrumada. —Mariana, no haré nada sin tu consentimiento —declar

