—Relájate, mi amor —susurró Shannon contra mi piel, su voz un bálsamo en mi tensión—. Déjate llevar. Confía en mí. —Es que… me desespera esta sensación, te deseo ya todo—confesé, con la voz entrecortada, sintiéndome vulnerable y al borde de algo inmenso. —Relajate mi amor, todo va entrar —murmuró, y sus manos, grandes y cálidas, acariciaron mis costados con movimientos tranquilizadores—. Vas a ver. Entonces sus labios encontraron los míos en un beso que era un perfecto equilibrio entre pasión desbordada y ternura infinita. Mientras me besaba, comenzó a moverse, con una lentitud exquisita y deliberada, permitiendo que mi cuerpo se adaptara, que cada fibra cediera y lo aceptara, hasta que por fin nos fundimos en una sola entidad. La sensación de plenitud fue abrumadora, un maremoto que ar

