Sharon La mañana llegó sin prisa. Los primeros rayos de sol se filtraron entre las cortinas, rozando mi rostro con una tibieza suave que me arrancó del sueño. Abrí los ojos despacio, todavía envuelto en esa calma profunda que solo se siente cuando el alma está en paz. Al bajar la mirada, ahí estaba ella. Acurrucada contra mí, con el rostro relajado y el cabello desordenado sobre la almohada, respiraba con suavidad. Su aroma me envolvía, cálido, familiar, y el leve sonido de sus pequeños ronquidos me hizo sonreír sin darme cuenta. Aquello era real. No un sueño, no una ilusión. Estaba ahí, conmigo. Mi amor. Mi luna hermosa. La contemplé durante largos segundos, quizá minutos. Su respiración pausada, la serenidad de su expresión… todo en ella transmitía una paz que no conocía hasta aho

