Shanon El silencio que siguió fue cálido y denso, envolvente, apenas quebrado por el sonido acompasado de nuestros corazones latiendo al unísono. Me desplacé a su lado sin soltarla, manteniéndola cerca, rodeándola con mis brazos con una fuerza que no hablaba de posesión, sino de refugio. Su cabeza encontró mi pecho, y allí sentí cómo el ritmo acelerado de mi corazón comenzaba a serenarse poco a poco, contagiado por su calma. Pasaron unos minutos antes de que me atreviera a hablar. Con los labios aún rozando su cabello, susurré: —¿Te gustó? La pregunta era sencilla, directa, pero cargada de todo lo que no me atreví a decir. Sentí cómo se sonrojaba de nuevo, y esa reacción me llenó de una calidez dulce, casi reverente. En la penumbra, levantó la vista hacia mí. —Me gustó mucho —confesó

