Como había hecho durante los últimos días, empecé a tomar fotos de la marca en mi cuello: aquella luna creciente que había aparecido después del primer sueño. Encendí la luz tenue del dormitorio y, con el pulso ligeramente tembloroso, enfoqué la cámara sobre mi piel una vez más. El clic del teléfono me aceleraba más el corazón, como si mi cuerpo ya supiera que estaba a punto de confirmar algo imposible.
Cuando terminé, me senté en el borde de la cama y abrí la galería.
Tragué saliva.
Pasé la primera foto… luego la siguiente… y la siguiente.
Y entonces lo vi.
La luna de mi cuello —esa marca extraña, perfecta, casi brillante— parecía crecer. De una imagen a otra que había capturado durante días, el cambio era sutil, pero innegable: un trazo más largo, un borde más pulido, una curva más definida, como si la marca estuviera siguiendo el ciclo real de la luna en el cielo.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
—No… no puede ser —susurré para mí misma, aunque la palabra “imposible” ya no tenía tanto peso como antes.
Porque no era mi imaginación.
Porque lo había captado la cámara.
Porque algo estaba cambiando en mí.
Y todo… todo había comenzado después del primer sueño con mi jefe.
Mi mente empezó a dar vueltas del primer sueño, al recordar su voz ronca susurrándome mi nombre, su mirada clavada en la mía, su cuerpo apretado al mío en aquella habitación que no existía en mi realidad. Cada noche despertaba jadeando, húmeda, temblando… pero sin rastro de cansancio. A veces hasta sentía su respiración en mi cuello al abrir los ojos.
¿Era posible que mis sueños estuvieran afectando mi cuerpo?
¿O había algo más… algo que él no me había dicho?
Porque en esos sueños, Shanon no era solo un hombre.
Había algo en su presencia, en su intensidad, en la forma en que me miraba… algo que me hacía sentir marcada, elegida, atrapada y protegida al mismo tiempo.
Recordé cómo, en una de las primeras noches, antes de besarme había posado los labios exactamente sobre esa marca.
Ahí.
Justo ahí.
Y al hacerlo, mi cuerpo había reaccionado como si él hubiera encendido un interruptor oculto bajo mi piel.
—Dios… —murmuré, llevándome la mano al cuello—. ¿Qué me estás haciendo?
La luna del cielo también estaba creciendo. Casi en sincronía.
¿Coincidencia?
No. Ya no podía mentirme.
Me incorporé de golpe, empezando a caminar por el cuarto como un animal acorralado.
Mi corazón latía tan fuerte que dolía.
Si esto no era un simple sueño…
Si Shanon tenía algo que ver…
Si mis noches con él eran más reales de lo que quería aceptar…
Entonces estaba en un problema mucho más grande que una serie de sueños húmedos.
Porque algo en mí estaba cambiando.
Y algo en él… probablemente ya lo sabía.