El agua caliente caía sobre mi piel en una cascada relajante, lavando simbólicamente el estrés de un día agotador. Sin embargo, mi mente, rebelde, escapó una vez más hacia el sueño de la noche anterior. La memoria de esas sensaciones era tan vívida, tan tangible, que un escalofrío de excitación recorrió mi espina dorsal inexplicablemente.
Bajo el chorro acuoso, mis pechos se endurecieron, y una necesidad urgente de recrear aquellas caricias imaginarias se apoderó de mí. Cerré los ojos, dejando que un suave suspiro escapara de mis labios al evocar la imagen de Shanon, su rostro, sus manos…
Justo cuando la fantasía comenzaba a adueñarse de mis sentidos, algo me sacó violentamente de mi ensoñación. Unos brazos fuertes rodearon mi cuerpo por detrás, y antes de que mi garganta pudiera liberar un grito, una mano cálida cubrió mis labios
Mi corazón pareció detenerse y luego galopar desbocado. ¿Cómo era posible? ¿Quién había entrado en mi apartamento?
Pero la verdadera conmoción no fue esa. Al abrir los ojos, desorientada, el pánico se tornó en una confusión absoluta. El azulejo no era el mío, la cortina de la ducha era distinta. No estaba en mi baño, sino en uno completamente desconocido. Y entonces, la revelación me golpeó: Estoy soñando otra vez, pensé, incrédula. ¿Pero cómo podía haberme quedado dormida dentro de la ducha?
—Mariana… soy yo —susurró una voz profundamente familiar, la de la persona que me inmovilizaba contra su cuerpo.
No podía creerlo. Era él, otra vez. Mi jefe.
—No grites —susurró, aflojando la mano de mi boca—. Jamás te haría daño.
Sus labios rozaron mi mejilla, con una ternura que desarmó por completo mis defensas.
Una ola de alivio me recorrió al reconocerlo, al sentir su esencia. Sus manos me giraron suavemente hasta quedar frente a él. Al verlo, el aire escapó de mis pulmones. Estaba allí, desconcertantemente hermoso, con el cabello oscuro pegado a su frente y el agua resbalando por el torso, delineando cada músculo. Sus ojos azules con pupilas grandes como abismos me miraban como si yo fuese lo único que existía.
—Perdóname si te asusté, mi hermosa Mariana —murmuró, mientras sus dedos acariciaban mi rostro con una ternura que hizo que me ruborizara con furia—. Pero no quería que el miedo te hiciera huir de mí.
—Me… me sorprendiste —logré balbucear, la vergüenza ardiente al recordar lo que estaba a punto de hacer pensando justamente en él.
Una sonrisa sensual se dibujó en sus labios antes de que se inclinara y capturara mi boca en un beso que no pidió permiso. No fue solo un beso; fue una reclamación. Sus manos recorrieron mi piel húmeda con una mezcla de sutileza y posesión que me arrancó un gemido ahogado, un sonido que él aprovechó para profundizar el beso, invadiendo mi boca con su lengua, dominando cada rincón de mi ser.
Con suavidad, me empujó contra la fría pared de la ducha, sin separar sus labios de los míos. Sus manos descendieron por mi cuerpo con una urgencia ardiente, hasta encontrar el núcleo de mi deseo, que comenzó a frotar en círculos lentos y tortuosos.
—Así que te estabas tocando… pensando en mí —susurró contra mis labios, su voz una caricia embriagadora en sí misma, mientras sus dedos continuaban su danza implacable.
La vergüenza y el placer se mezclaron, enrojeciendo mi piel aún más. Mi respiración se quebró. Él lo había visto. Lo sabía.
—Dime, ¿lo hacías pensando en mí? —preguntó, esta vez intensificando la presión, haciendo que mis rodillas flaquearan.
Asentí, incapaz de articular palabra, mi cuerpo tenso como una cuerda de violín.
—Dímelo. Necesito oírlo de tus labios, Mariana —ordenó, su voz un mandato suave pero irrevocable, sin cesar su deliciosa tortura.
—Sí… sí lo… hacía pensando en ti —logré jadear, entregándole mi vergüenza como una ofrenda.
Su sonrisa fue de pura satisfacción antes de sellar mis labios con otro beso devorador. Entonces, introdujo un dedo dentro de mí, y luego otro, mientras su pulgar mantenía la presión rítmica en mi clítoris. La sensación fue abrumadora, una tormenta de placer que me arrebató todo el control.
Sus labios abandonaron los míos y comenzaron a descender en una estela de fuego hasta la base de mi cuello, hasta ese pequeño y peculiar lunar en forma de luna creciente. Cuando sus labios se posaron sobre él, una descarga eléctrica, intensa y familiar, recorrió todo mi cuerpo. Era como si hubiera presionado un botón de ignición, liberando un fuego latente que solo él podía despertar.
Mi cuerpo se arqueó y se retorció, sucumbiendo a un orgasmo tan violento y profundo que me dejó jadeante y temblorosa contra la pared.
Él retiró sus dedos y, en un movimiento que me dejó sin aliento, se los llevó a la boca, saboreándolos con los ojos cerrados, como si fuera el néctar más exquisito.
—Me encanta tu sabor, Mariana —declaró con una voz ronca y llena de lujuria, sus pupilas oscuras y dilatadas como pozos sin fondo—. Y quiero saborearte siempre.
Un estremecimiento me recorrió ante la crudeza y la pasión de sus palabras. Entonces volvió a besarme, y en sus labios probé mi propio sabor, una mezcla íntima y vergonzosa que, sin embargo, no me importó. Sus labios descendieron entonces a mis pechos, tomándolos por turnos con una devoción que me hizo arquear hacia él, su nombre, "Shanon", un susurro en mis labios.
El deseo me tenía tan abrumada, tan desesperada por sentirlo dentro de mí, que él pareció leer mi mente. Sin mediar palabra, levantó mi pierna derecha hasta su cadera y, en un movimiento fluido y posesivo, se introdujo en mí.
Un grito ahogado de placer puro se liberó de mi garganta mientras una oleada de sensaciones inundaba cada partícula de mi ser, marcándome como suya.
Shanon comenzó a moverse, primero con embestidas lentas y profundas, para luego aumentar el ritmo, impulsado por una pasión que igualaba la mía. Me cargó contra la pared y yo rodeé su torso con mis piernas, aferrándome a él mientras nos movíamos en un baile rítmico.
—Mariana… —preguntó, su voz áspera por el deseo y el esfuerzo—.¿Realmente odias a los hombres… o solo lo dijiste para alejarme?
Sus palabras me atravesaron como un dardo.
Mi mente se nubló entre la emoción y la vulnerabilidad.
—Yo… no lo dije por usted —logré gemir contra su boca, perdida en la sensación.
Él sonrió, un gesto triunfal y sensual.
—¿Por qué dijiste esta mañana que odiabas a los hombres? —inquirió, disminuyendo deliberadamente el ritmo, moviéndose dentro de mí con una lentitud tortuosa que me hacía enloquecer.
Jadeé, rogando por más.
—Odio a… a los hombres. Pero no a usted. A usted… me encanta —confesé, la verdad saliendo desnuda junto con mi placer.
Shanon me besó con ferocidad, tomando mis muñecas y sujetándolas contra la pared sobre mi cabeza, mientras sus caderas recuperaban un ritmo frenético y posesivo.
—No soporto que otros hombres te miren —gruñó, su aliento caliente en mi oído—. Y no quiero que coquetees con ellos, mi Mariana. Porque eres mía. Solo mía.
—Sí —susurré, mi mente nublada por la proximidad del éxtasis—. No lo haré… soy… soy tuya, Shanon.
Fue todo lo que necesitó oír. Mi segundo orgasmo estalló entonces, más intenso que el primero, una convulsión de placer que me hizo gritar su nombre. Él me siguió unos segundos después, con un gruñido ronco, sepultando su rostro en mi cuello.
Nos quedamos así, entrelazados y jadeantes, durante lo que pareció una eternidad, con el agua caliente cayendo sobre nosotros como una bendición.
Pasamos varias horas más haciendo el amor, explorándonos, hasta que el agotamiento venció al éxtasis y el sueño dentro del sueño me reclamó.
Desperté con un sobresalto, encontrándome sola en la bañera de mi casa, el agua ya fría. Podía sentir aún los ecos del placer, los calambres residuales en mis músculos, y la certeza de que aquello había sido demasiado real. Envolviéndome en una toalla, me acerqué al espejo empañado. Y entonces, mi corazón se heló.
Mi lunar, el de la base del cuello, la luna creciente… parecía más grande. Más definido. Corrí a mi habitación y me asomé a la ventana. Allá arriba, colgada en el cielo nocturno, la luna real estaba en su fase creciente, su curva imitando de manera perfecta y aterradora la de mi marca en la piel.
—No puede ser —murmuré para mis adentros, negándome a creerlo—. Es mi imaginación. Siempre ha sido así.
Pero la duda, semilla insidiosa, ya estaba plantada. Tomé mi teléfono con manos temblorosas y me tomé una foto del lunar. Necesitaba pruebas. Necesitaba saber si me estaba volviendo loca, o si la frontera entre mis sueños y la realidad era más delgada de lo que jamás había imaginado.
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La semana que siguió fue un torbellino. Las noches se convirtieron en un territorio de encuentros ardientes y somnolientos con Shanon. Sabía que eran sueños, luchaba por recordarlo, pero la línea que separaba la vigilia del mundo onírico se desdibujaba cada vez más, haciéndose difícil de manejar, de controlar. Lo único que me aferraba a la cordura era despertar sintiéndome extrañamente renovada, sin el cansancio que unas noches tan intensas deberían haber dejado, como si su amor onírico me alimentara el alma en lugar de agotarla, como si él realmente hubiese estado conmigo y su presencia… cruzara la frontera del sueño. Y en el fondo, una parte de mí, la parte que ya le pertenecía, anhelaba que la noche cayera para cruzar de nuevo esa delgada línea y encontrarme con él.