Él abrió la puerta de su despacho y, con un gesto impecable, me indicó que entrara primero. Tragué saliva, intentando controlar el temblor leve en mis manos. Crucé el umbral sintiendo cada paso pesado, como si mi propio cuerpo me delatara. Cuando él entró detrás de mí y cerró la puerta, el chasquido resonó como un encierro voluntario.
—Siéntese, señorita Mariana —ordenó mientras rodeaba lentamente su escritorio.
Me senté despacio, tratando de aparentar calma, pero mi corazón amenazaba con atravesarme el pecho de tantos latidos.
El señor Shanon se reclinó en su silla, una postura relajada… pero sus ojos tenían un borde afilado, un brillo serio que parecía perforarme.
No es mi imaginación… De verdad le molesta que otros hombres se acerquen a mí, pensé mientras lo observaba.
—Por favor, entrégueme los documentos pendientes para firmar y revisar —dijo después de unos segundos de silencio que se sintieron eternos.
Acomodé el fajo de documentos con manos tensas. Cuando él los tomó, sus dedos rozaron los míos apenas un segundo… pero fue suficiente para que mi cuerpo recordara, con descaro, cada imagen del sueño impuro que tuve con él la noche anterior.
Inspiré hondo para calmarme. No podía permitir que notara lo nerviosa —y reactiva— que estaba.
Él bajó la mirada hacia los documentos, revisándolos con su acostumbrada precisión impecable. Su concentración era tan marcada que el ambiente se volvió más tenso aún.
Entonces, sin levantar completamente la mirada, preguntó:
—Señorita Mariana… ¿usted sale con el señor Travis?
Mi estómago dio un vuelco. Esa pregunta llevaba algo escondido. Algo que no se esforzaba mucho por disimular.
—Ah… eso… No. No estamos saliendo ni nada parecido —respondí, sintiendo cómo la voz se me quebraba un poco.
Por un instante, muy breve, él pareció suspirar. Fue como si algo dentro de él se aflojara. Sus pupilas, dilatadas, me estudiaban en silencio.
—Pero parece que le gustas —añadió, sin despegar la vista de los documentos pero con la mandíbula tensada.
Sentí que me sonrojaba.
—Eso parece… —murmuré avergonzada.
Él levantó la mirada bruscamente. Sus ojos azules tenían un matiz extraño… casi posesivo.
Y eso me aceleró el corazón.
—¿Te gusta? —preguntó, directo, sin rodeos, mirándome fijamente.
Negué con la cabeza, avergonzada.
—Por ahora no… No es por ofender, pero… detesto a los hombres. No quiero nada con ninguno —confesé, obligándome a sostenerle la mirada.
Él arqueó una ceja y ladeó ligeramente la cabeza, como tratando de descifrarme.
—Señorita Mariana, ¿por qué dice eso? No todos los hombres somos iguales como para despreciarnos de esa manera… y mucho menos para decir que nos odia —respondió cruzándose de brazos.
El movimiento hizo que la tela blanca de su camisa se estirara sobre sus bíceps y antebrazos expuestos. Tragué saliva sin poder evitar recordar, una vez más, el sueño erótico con él.
Fruncí los dedos sobre mi falda para no delatarme.
—No es mi intención ofenderlo, señor Shanon —dije bajando la mirada—. Es solo que… he tenido muchos problemas y por eso me expreso así.
Él esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—No quiero sonar crudo, pero los hombres —con todos nuestros defectos— también formamos parte del mundo —dijo con voz serena—. Y el corazón… ese desgraciado suele elegir al azar, incluso contra nuestra voluntad.
Sus palabras sonaron como un consejo, pero había algo más profundo escondido entre ellas. Algo que no quise analizar demasiado.
—Mejor dejemos eso ahí, señor Shanon —murmuré.
Él me sostuvo la mirada un segundo más antes de asentir y volver a los documentos.
✧ ⋆ 🌙 ⋆ ✧
El día finalmente terminó. Entre el trabajo exigente —al que ya empezaba a acostumbrarme— y la tensión emocional de la mañana, sentía el cuerpo completamente agotado.
Ya en mi departamento, me dejé caer en el sofá con un suspiro largo. La comida caliente en mi estómago me reconfortó, pero mi mente seguía atrapada en las palabras del señor Shanon… y en la forma en que me había mirado. Como si fuera algo suyo sin haberlo dicho en voz alta.
Era absurdo. Imposible. Pero aun así, la sensación persistía.
Suspiré nuevamente, intentando despejarme. Cuando la quietud del lugar se volvió demasiado silenciosa, decidí levantarme.
Un baño. Eso necesitaba.
Mientras caminaba hacia el baño, solo un pensamiento seguía martillando mi mente:
¿Por qué el señor Shanon se comporta como si… le importara más de lo que debería?
Y, peor aún…
¿Por qué una parte de mí desea que así sea?