Desde que comencé mi vida amorosa, todas mis relaciones han sido un fiasco. Al principio todo parece perfecto—esa ilusión que uno tiene con el primer amor, creyendo que será para siempre. Mentira. Una mentira inocente, pero cruel.
Dicen que el primer amor no se olvida. En mi caso, los he olvidado a todos… incluso al último, el más tóxico.
Mi primera relación lo fue todo: primeros besos, primeros enamoramientos y primeras intimidades. Y aun así, jamás—hasta el día de hoy—he experimentado satisfacción real en la cama. Ningún hombre logró llevarme al éxtasis del que tanto hablan. A veces pensaba que algo estaba mal conmigo.
Sandi fue mi pareja durante tres años. Creí que él sería diferente. Me equivoqué. En la intimidad nunca me hizo sentir nada. Pero yo estaba “enamorada”, o eso creía, así que ignoré esa parte. Fingía que sentía algo cuando estábamos juntos, pero cada día se hacía más difícil sostener esa mentira. Había llegado a un punto de frustración tal, que se volvió inevitable hablar del tema con mi mamá.
Ella, con esa sabiduría que solo las madres tienen, me dijo:
—Hija, háblale. Las relaciones son de dos, y la intimidad también.
La escuché. Hablar con Sandi fue una de las conversaciones más humillantes que tuve en mi vida. En vez de intentar comprenderme, me culpó por “no sentir”. Eso me destruyó. Y para rematar, me había vuelto emocionalmente dependiente de él.
Pero todo tiene un límite.
Tomé terapia acompañada de mi mamá y, con el tiempo, finalmente me aparté de él. Decidí mudarme de ciudad para respirar, para reconstruirme. Así terminé aceptando el contrato de trabajo en la empresa Gransie. Y ahora soy la nueva secretaria de mi jefe.
Lo más vergonzoso de todo era que había sentido orgasmos solo en sueños con mi jefe… y nunca con ningún hombre que había estado en la vida real.
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Cuando llego a la empresa lo hago más nerviosa de lo normal. La razón es simple y humillante: soñé con mi jefe. Un sueño demasiado impuro.
Entré a mi oficina caminando en puntas de pie, intentando no hacer ruido para evitar cruzarme con él. Necesitaba tiempo para calmar la sensación que aún me hormigueaba desde la noche anterior.
Me acerqué al buró, inhalando hondo.
Dios… tuve que poner más base en el cuello para disimular esa extraña marca que apareció esta mañana. ¿Un lunar? ¿Una… señal? No quería ni pensarlo.
Saqué las cosas de mi bolso y comencé a organizar algunos documentos de ayer. Entonces escuché que tocaban la puerta. Tragué saliva.
—Adelante —dije, intentando sonar normal.
La puerta se abrió lentamente. Para mi alivio, no era mi jefe, sino uno de los jóvenes de administración.
—Buenos días, señorita Mariana —saludó con suavidad.
—Buenos días, señor Travis —respondí con una sonrisa.
Él se quedó mirándome unos segundos más de lo necesario.
—¿Qué lo trae por aquí? —pregunté, interrumpiendo su ensimismamiento.
Él parpadeó, despertando de golpe.
—Ah, disculpa… Traigo estos documentos para que los archives. El jefe quiere revisarlos después —dijo, acercándose y entregándome los papeles.
Los tomé, los revisé por encima y los guardé en un dosier.
—¿Cuándo vas a aceptar mi invitación? —preguntó entonces, con un brillo atrevido en los ojos.
Travis era atractivo a niveles peligrosos: piel canela, ojos color miel, cabello castaño y un cuerpo atlético de revista. Una obra maestra de la genética. Cualquier mujer caería rendida ante él.
Era la tercera vez que se me insinuaba.
Sonreí coquetamente mientras dejaba el dosier sobre el escritorio.
—Umm… lo pensaré —murmuré con un guiño.
Travis sonrió, encantado. Pero su sonrisa se congeló cuando una voz profunda cortó el ambiente como una cuchilla.
—Señorita Mariana, a mi despacho. Ahora.
Mi corazón casi me salta del pecho.
Mi jefe.
El señor Shanon estaba en el marco de la puerta que Travis había dejado abierta. No se movía, como si esperara a que Travis se fuera antes que yo.
Me miró fijamente. Sus ojos tenían esa intensidad contenida que me hacía arder por dentro.
—En seguida, señor Shanon —respondí con firmeza.
Él desvió la mirada hacia mí, asintió apenas y se mantuvo allí.
Travis carraspeó incómodo.
—Bueno… en otro momento hablamos. Nos vemos —dijo antes de marcharse.
Mi jefe lo observó mientras se alejaba, y luego volvió su mirada hacia mí con algo indescifrable en los ojos. Tomé rápidamente los documentos pendientes y lo seguí. Él se apartó del marco y comenzó a caminar por el pasillo, sin decir una palabra.
Yo iba detrás, sintiendo cómo la tensión entre nosotros aumentaba a cada paso.