“Algunos sueños impulsados por un deseo tan profundo, pueden traspasar la frontera de lo real y dejar sus huellas imborable”
Desperté de golpe, con el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas.
Al abrir los ojos, no reconocí el lugar. Estaba acostada en una cama enorme, cubierta por sábanas suaves que nada tenían que ver con las de mi departamento. La única luz provenía de la luna llena, que se filtraba por los ventanales a mi derecha, bañando la habitación de un resplandor plateado, contrastando con la oscuridad que había frente a mí.
Un escalofrío me recorrió la piel.
Intenté moverme y mis músculos se tensaron, pero no respondían. Era como si una fuerza invisible me mantuviera atrapada sobre el colchón. Fue entonces cuando, al bajar la mirada, el pánico me abrasó: estaba completamente desnuda. Un suspiro ahogado se escapó de mis labios.No sabía si estaba despierta… o atrapada en una de esas pesadillas de parálisis que tanto temía.
Entonces lo vi.
Una silueta recortada en la oscuridad, quieta… observándome desde el fondo de la habitación. La figura era alta e imponente.
Mi respiración se entrecortó con un destellos de miedo.
Entonces la silueta avanzó con una calma aterradora.
Mi corazón se aceleró, golpeando mis costillas con fuerza brutal.
La figura dio un paso. Luego otro.
Con cada paso, los detalles se hicieron más claros bajo el baño de luz lunar, hasta que un par de ojos de un azul oceánico brillaron con intensidad cristalina, clavándose en mí.
Mis labios temblaron.
Mi respiración se cortó. Era Shanon. *Mi jefe*. ¿Cómo podía soñar algo así con él?
—No puede ser —musité para mis adentros, pero las palabras murieron en mi garganta.
Caminó hacia mí con una calma inquietante, una mezcla de poder y deseo que me estremeció hasta el alma. Bajo aquella inspección silenciosa, su mirada recorrió mi cuerpo sin tocarme y, aun así, pude sentir el efecto sobre mi piel, como si una corriente eléctrica me acariciara.
Un hilo de excitación me recorrió la espina dorsal, lo que trajo como consecuencia que un suspiro tembloroso escapara de mis labios sin que pudiera evitarlo, y eso pareció avivar la llama en su mirada.
En ese momento algo en él cambió. Sus pupilas se dilataron, y una sombra de hambre, profunda y peligrosa, cruzó por su expresión.
Sin prisa, como si el tiempo fuera suyo, llevó sus manos a los botones de su impecable camisa blanca. Uno a uno, fueron cediendo bajo sus dedos expertos. La tela cayó al suelo con un susurro sedoso y a la luz de la luna reveló un torso esculpido, musculoso y perfectamente definido. Mi respiración se hizo más entrecortada al ver esa figura perfecta, parecía un dios caído.
Seguidamente se desprendió de sus pantalones, quedando tan desnudo como yo frente a la luna. Su cuerpo era una obra de arte, y mis ojos, casi contra mi voluntad, se posaron en su virilidad, grande, gruesa y erguida, haciendo que un nuevo temor —mezclado con una curiosidad prohibida— se apoderara de mí.
Avanzó hacia la cama y se subió con movimientos fluidos, colocándose sobre mí. A pesar de la lógica que gritaba en mi mente, podía sentir el calor de su piel sobre la mía, el peso de su cuerpo era un ancla en este mar de irrealidad.
Su rostro se acercó al mío, y por un instante eterno, solo nuestros alientos se mezclaron en el aire frío.
—Mariana… —susurró contra mis labios—. No tienes idea de lo hermosa que eres. Estoy perdiendo la cordura por ti.
Su voz… tan suave, tan profunda… me derritió.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, sus labios capturaron los míos en un beso que no fue una pregunta, sino una respuesta a un deseo que ni siquiera sabía que albergaba.
Me besó.
No como un sueño.
No como una fantasía.
Me besó como si realmente estuviera ahí y yo, perdida, me rendí sin resistencia.
Su lengua invadió mi boca con una dominancia que me robó el aliento, y yo, contra toda razón, me entregué. Gemí contra sus labios, y ese sonido pareció avivar un fuego en él.
Se separó lentamente, sus labios rozando los míos en un adiós momentáneo, antes de descender. Besó y chupó mi barbilla, luego mi cuello, donde su nariz se hundió en mi piel para inhalar mi esencia. Un estremecimiento me recorrió.
Siguió bajando, hasta mis pechos. Su boca se cerró alrededor de uno, y un jadeo escapó de mí. La sensación era abrumadora, un placer tan agudo que arqueé la espalda, perdida en la tormenta de sensaciones. Sus manos no se quedaron atrás; una trazó un camino lento y ardiente por mi abdomen hasta llegar a mi entrepierna, donde sus dedos expertos encontraron mi núcleo, húmedo y palpitante. Trazó círculos lentos y precisos sobre mi clítoris, mientras su boca continuaba su tortuoso juego.
Mi cuerpo, saturado de un placer que solo conocía frustración antes, se tensó como un arco. Las olas de éxtasis se acumularon dentro de mí hasta que, con un grito ahogado, un orgasmo intenso me estremeció, dejándome temblorosa y vulnerable bajo él.
Él se separó solo lo suficiente para sonreír, una sonrisa suave y posesiva que me hizo sonrojarme.
—Mariana —murmuró, su voz ronca—, me encanta verte así. Mía.
Me sonrojo sintiendo un estremecimiento en mi interior producto de sus palabras.
Besó mi abdomen y continuó su descenso, deteniéndose en mi muslo derecho, donde sus labios y su aliento caliente pintaron promesas invisibles sobre mi piel. Mi corazón latía con tal fuerza que sentía que podía oírlo.
Luego, con suavidad pero con firmeza, abrió mis piernas, exponiéndome completamente a su mirada y a la luz de la luna. La vergüenza me inundó, pero fue barrida por una oleada aún mayor de anticipación.
Su cabeza bajó, y su lengua me encontró con una habilidad devastadora. Jadeé, mientras mis manos se aferraban a las sábanas suplicando piedad. Introdujo primero un dedo, luego otro, curvándolos sutilmente en un punto, los entraba y los sacaba al mismo tiempo que su legua se movía en mi clirotis y eso hizo que mi visión se nublara. No tardé en sentir que me acercaba de nuevo al borde, y cuando caí, fue con un gemido largo y tembloroso, consumida por un segundo orgasmo que me dejó sin aliento.
Se incorporó, sus ojos azules brillando con una intensidad feroz mientras me observaba como un artista a su obra maestra. Se acomodó sobre mí otra vez y me besó, y en sus labios pude saborear mi propio deseo, un recordatorio irónico y embriagador de la realidad de este sueño.
Entonces, sentí la punta de su m*****o, grande y firme, rozar mi entrada. Un gemido se escapó de mis labios. Él me observaba, estudiando cada una de mis reacciones mientras aumentaba la presión, sin penetrar aún.
—Por... por favor, señor... —supliqué, perdida en la necesidad.
—Llámame Shanon —susurró, su voz un hilo de seda y mandato mientras intensificaba el roce.
—Por favor, Shanon —logré articular entre jadeos—. Entra en mí, no aguanto más.
Una sonrisa triunfante y tierna a la vez se dibujó en sus labios antes de capturar los míos en otro beso profundo. Y entonces, lentamente, se hundió en mí. Un grito ahogado se escapó de mi garganta. La sensación de plenitud era abrumadora, un placer tan intenso que lo sentí en cada célula de mi ser.
Comenzó a moverse, primero con embestidas tortuosamente lentas y profundas, luego aumentando el ritmo, construyendo una sinfonía de fricción y deseo.
—Mariana, te deseo tanto —jadeó cerca de mi oído, su aliento caliente—. Dios, estás tan apretada... Me vuelves loco.
Lo abracé con fuerza, enlazando mis piernas alrededor de su espalda, aferrándome a él como si fuera mi único ancla en este mar de sensaciones. Entonces noto que desde hace un rato ya podía mover mi cuerpo
—Dime, dime que me deseas, Mariana —suplicó con una voz cargada de una vulnerabilidad que no le conocía.
Perdida en el éxtasis, no pude negarme.
—Sí, sí te deseo —confesé, mi voz quebrada por el placer—. Te deseo mucho.
Mi mano derecha se extendió a su hermoso rostro y lo acarició con suavidad. Él la toma con suavidad llevándola a sus labios y depositó un beso tierno en mi palma.
El clímax se acercó como una marea imparable. Mi cuerpo estalló en tercer orgasmo aún más poderoso que los anteriores. Instantes después, lo sentí seguirme, con un gruñido ronco y profundo mientras enterraba su rostro en la base de mi cuello izquierdo, mordiéndome con una suavidad que me erizó la piel una vez más.
Cuando se separó, su rostro volvió al mío. Sus ojos, ahora oscuros y llenos de una emoción indescifrable, se clavaron en los míos. Me besó con una suavidad infinita, un contraste brutal con la ferocidad de nuestro acto.
—Estoy locamente enamorado de ti, Mariana —susurró, sus pupilas aún dilatadas—. Ya eres mía. Y no pienso dejarte escapar.
Sus palabras hicieron que un enjambre de mariposas revoloteara en mi estómago. Rodó sobre sí mismo, tumbándose a mi lado, y me atrajo hacia su cuerpo sudoroso. Me envolvió en sus fuertes brazos y depositó un beso tan tierno en mi frente que una lágrima asomó en el rabillo de mi ojo.
Luego todo se volvió luz y sombras, pasión y susurros.
Pasamos lo que pareció una eternidad, haciendo el amor varias veces más, hasta que el agotamiento venció a la vigilia y el sueño dentro del sueño me arrastró a la inconsciencia.
***¡BIP, BIP, BIP!***
El sonido estridente de mi alarma me arrancó brutalmente de aquel mundo. Mis ojos se abrieron, esta vez a la familiar penumbra de mi propio dormitorio. Jadeante, me incorporé. Había sido un sueño. Solo un sueño. Pero mi cuerpo... mi cuerpo sentía una fatiga placentera y una sensibilidad residual que delataba la intensidad de lo vivido. Un rubor subió a mis mejillas al reconocer la naturaleza de que había tenido un sueño húmedo. No cualquiera, si no con mi jefe.
Me levanté y me dirigí a la ducha, dejando que el agua caliente arrastrara el sudor ficticio mientras las escenas de la noche se reproducían en mi mente con una claridad aterradora. La mirada de Shanon, sus manos, sus labios, sus palabras... Todo había sido tan real.
Al salir, me sequé frente al espejo empañado. Y entonces, algo llamó mi atención. Me acerqué, limpiando el vapor con la mano. Allí, en la base izquierda de mi cuello, justo donde en el sueño sus labios me habían mordido con suavidad, había una marca. No era un moretón, ni una simple irritación. Era un pequeño lunar circular, perfecto, con la forma de una luna creciente, su filo delgado delineado con precisión sobre mi piel.
Mi corazón se detuvo. La toqué con la yema del dedo, esperando que se desvaneciera. Pero estaba allí. Real.
—¿Qué…? —susurré, sin aliento—. ¿Estoy enloqueciendo?
La marca ardía.
Como si alguien hubiera estado allí.
Como si él… hubiera estado allí.