Los días se convirtieron en semanas y, de alguna manera, ya me había acostumbrado al ritmo de la empresa. El trabajo era exigente, agotador a veces, pero lo disfrutaba. Quizá demasiado.
Lo difícil no era el trabajo en sí.
Lo difícil era él.
Estar cerca del señor Shanon cada día era un reto más complejo que cualquier documento que me entregara. Algunas mañanas, cuando me pedía que pasara a su oficina, mi corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo. Me obligaba a respirar hondo para no temblar cuando le servía el café.
Entonces… comenzaron las miradas.
Al principio pensé que solo eran coincidencias. Que cuando levantaba la vista y encontraba esos ojos azules fijos en mí, era simplemente mala sincronización. Pero cada día se repetía.
Una mirada larga.
Una mirada intensa.
Una mirada que parecía leerme el alma.
Y yo, torpe, me decía a mí misma que era imaginación.
Que un hombre como él no tendría razones para mirarme así.
Los pasillos tampoco ayudaban. Las otras secretarias murmuraban entre ellas cuando creían que no escuchaba.
—Es raro que venga todos los días…
—Antes casi nunca estaba en la oficina…
—¿No será por la nueva?
Las palabras me golpeaban sin quererlo. Caminaba fingiendo no prestar atención, pero el corazón se me apretaba en el pecho. Me decía, ingenua, que probablemente se debía a que yo era nueva. Que quería supervisarme, asegurarse de que no arruinara nada.
Era lo más lógico.
Y aun así… cada vez que sus ojos se encontraban con los míos, lo lógico dejaba de existir.
A veces, cuando me llamaba a su oficina, la forma en que decía mi nombre hacía que mis rodillas flaquearan. No era mi imaginación. No podía serlo. Había algo en su voz… una nota velada, una sombra de algo que no debía interpretar, pero que inevitablemente me hacía sentir especial.
Hubo un día en que casi dejo caer la bandeja con el café. Él había levantado la vista del ordenador y me había observado como si… como si yo fuera algo más que una empleada. Algo más que una cara nueva.
Una parte de mí quería creerlo.
Otra parte… aún estaba demasiado herida.
Pero lo cierto era que, cada mañana al entrar en la empresa, había una expectación cálida en mi pecho.
Una sencilla y peligrosa pregunta:
¿Me mirará otra vez hoy?
❀·°·❀·°·❀
Con el paso de las semanas también comencé a notar algo más, algo que al principio intenté ignorar por miedo a malinterpretarlo. Cada vez que algún compañero de trabajo se acercaba a hablar conmigo—ya fuera para pedir un informe, para comentar algún detalle del día o simplemente para saludarme—el señor Shanon parecía tensarse.
Al principio fue una leve sombra cruzándole el rostro. Pensé que eran imaginaciones mías. Pero luego se volvió demasiado evidente para ignorarlo.
Cuando uno de los chicos de contabilidad me detuvo en el pasillo para hacerme una pregunta, noté, sin querer, la figura del señor Shanon junto a la puerta de su oficina. Estaba quieto, observándonos con una expresión difícil de descifrar. No era enojo exactamente… era algo más profundo, más contenido. Sus ojos azules estaban fijos en mí como si estudiara cada palabra, cada gesto.
Apenas el compañero se fue, él me llamó a su oficina con un tono extraño.
—Señorita Mariana —dijo, caminó hacia el interior de su despacho y apoyando los dedos sobre el escritorio—, necesito que revise los documentos de la reunión de mañana.
—Claro, señor Shanon —respondí, intentando sonar normal.
Pero mientras hablábamos, su mirada se desvió un instante hacia la puerta, como si aún pensara en la escena anterior. Noté la rigidez en sus hombros, la forma en que respiró hondo antes de continuar. No sabía qué significaba, pero… tampoco podía fingir que no lo veía.
Y entonces lo comprendí.
Al parecer no le gustaba que otros hombres me hablaran.
Le incomodaba.
Lo perturbaba.
Incluso cuando intentaba disimular, su mirada decía más que cualquier palabra.
Y ese descubrimiento… encendió algo peligroso dentro de mí.
Una mezcla de nervios, sorpresa y un dulce temblor que no pude controlar.
Porque, aunque tal vez no debía hacerlo, una parte de mí ya no podía negar lo que sentía cada vez que él buscaba mis ojos.
Cada vez que sus silencios decían más que sus órdenes.
Cada vez que parecía luchar consigo mismo cuando otro hombre se acercaba demasiado a mí.
No sé qué significaba todo eso.
Pero sí sabía algo con certeza:
El señor Shanon no parecía ser indiferente.
No conmigo.