Capítulo 4

1937 Palabras
Esa tarde, al salir del trabajo, sentí que las calles parecían más brillantes de lo habitual. Quizá era el sol cayendo entre los edificios… o quizá era yo, incapaz de contener la emoción que me recorría el cuerpo. No todos los días se consigue un empleo en una empresa prestigiosa, y mucho menos bajo un jefe como el señor Shanon. Apenas llegué a mi departamento, llamé a mi mamá. Ella contestó al primer timbrazo, como si hubiera estado esperando noticias. —Mamá, ¡lo conseguí! —exclamé, incapaz de ocultar mi alegría. Ella soltó un grito de emoción que casi me deja sorda. Yo reí. —¿Viste? Al final los días lluviosos no siempre son de mala suerte —añadí entre risas. Mi madre se echó a reír a carcajadas. —Ay, mi niña, siempre tan dramática —me dijo, y pude imaginarla limpiándose las lágrimas de risa—. Estoy tan orgullosa de ti. Y lo decía en serio. Ella siempre había sido mi pilar, mi apoyo, mi hogar. Y escucharla así… me hizo sentir que todo valía la pena. Después de colgar, tomé un baño caliente y relajante. El vapor llenó el espejo, y por un momento, me permití cerrar los ojos y disfrutar del silencio. Cuando salí, me puse un pijama cómodo y fui a la cocina para preparar algo sencillo de cenar. Me senté a la mesa, disfrutando de la tranquilidad de mi pequeño departamento, cuando mi teléfono vibró. La pantalla se encendió mostrando una notificación. En cuanto vi el nombre, un nudo desagradable se formó en mi estómago. Mi ex. Abrí el mensaje con desgano. “Preciosa, por favor no me ignores. Volvamos a ser una pareja. Te amo.” Solté una carcajada amarga. —Maldito… —musité, apretando los labios—. Lo bloqueé y aun así no me deja en paz. Ahora me escribe desde otro número. Rodé los ojos con frustración. —Voy a tener que cambiar de número para que me deje tranquila —murmuré para mí misma. Ignoré el mensaje. No iba a permitir que me arruinara la noche. Ni esa… ni ninguna otra. Mientras recogía la mesa, los recuerdos del día me invadieron de nuevo, disipando aquellas palabras vacías que ya no significaban nada para mí. El rostro del señor Shanon apareció en mi mente con una intensidad inesperada. —El señor Shanon… —susurré casi involuntariamente. Me apoyé contra la encimera y sonreí sola, recordando su mirada azul, tan profunda que parecía poder atravesar mis pensamientos. —Es un hombre tan atractivo… y hay algo en él. Algo enigmático —confesé en voz baja, sintiendo cómo mis mejillas se calentaban. Respiré hondo. —Dioses… —murmuré, negando con la cabeza—. Es difícil odiarlo, aunque sea un hombre. El voto que había hecho de no interesarme más por ninguno se desmoronaba cada vez que recordaba su voz, su sonrisa ladeada, ese aire misterioso que lo hacía parecer inalcanzable… y peligroso. —Mi odio hacia los hombres desaparece cuando estoy cerca de esos ojos azules… —admití, hundiendo los dedos en mi cabello—. Tan hermosos… demasiado hermosos. Me llevé una mano al pecho. La sensación era nueva. Inquietante. Y no quería admitirlo… Pero una parte de mí ya sabía la verdad. Con ese hombre… no estaba preparada. Y aun así, no podía evitar querer verlo otra vez mañana. ❀·°·❀·°·❀ A la mañana siguiente llegué temprano a la empresa, más temprano de lo necesario. La emoción no me había dejado dormir del todo, pero aun así estaba lista. Llevaba conmigo varias cosas personales para decorar mi oficina: una taza azul con un atrapasueños, libretas con diseños hermosos, lápices y lapiceros a juego, y una base organizadora del mismo tono azul para colocar la grapadora, clips, tijeras y demás. En fin… mis pijas, como decía mi mamá. Pero era parte de mí, de mi estilo, de mi forma de trabajar. Estaba acomodando los últimos objetos cuando escuché que tocaban la puerta. —Adelante —respondí. La puerta se abrió lentamente y mi corazón casi se detuvo. Era mi jefe. Dioses… ¿cómo podía ser tan atractivo a esta hora de la mañana? Llevaba una chaqueta negra sobre una camisa blanca impecable, y unos pantalones oscuros que realzaban su porte elegante y masculino. Su cabello n***o, ligeramente despeinado, le daba un aire aún más irresistible, como si acabara de pasar los dedos entre él por frustración o concentración. —Buenos días, señorita Mariana —saludó con suavidad. Salí de mi ensoñación tan rápido que casi tropiezo con mis propios pensamientos. —Buenos días, señor Shanon —respondí, sintiendo el rubor encenderme las mejillas. Él me sostuvo la mirada unos segundos antes de hablar con voz baja y firme: —Te necesito en mi oficina de inmediato. Asentí, intentando respirar con normalidad. —Enseguida, señor. Cuando salió, solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Estar cerca de él era… intensamente abrumador. Como si mi cuerpo olvidara cómo funcionar. Segundos después caminé hasta su despacho. Toqué la puerta y su voz, suave pero autoritaria, me indicó que entrara. Abrí la puerta y lo encontré sentado en su silla, reclinado, con una expresión seria pero relajada. Se había quitado la chaqueta, dejando ver su camisa blanca remangada hasta los codos. Sus antebrazos, fuertes y marcados por venas que parecían talladas en su piel, me provocaron un vuelco en el estómago. —Por favor, siéntate —me dijo, señalando la silla frente a su escritorio sin apartar su mirada de mí. Me senté intentando ignorar cómo su mirada azul, intensa y fija, parecía examinar cada una de mis emociones. —Señorita Mariana, hoy comenzaremos el trabajo en forma. Como le comenté ayer, deberá agendar todas mis actividades, además de atender llamadas de clientes —dijo mientras apoyaba ambas manos sobre el escritorio. Asentí con atención. —También deberá archivar y registrar toda la información de las reuniones y campañas —continuó, esta vez clavando sus ojos en los míos. Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas. Esa oscuridad en el azul me hizo olvidar por un segundo lo que estaba diciendo. —Sí, señor. Lo haré —respondí de inmediato. Shanon se reclinó de nuevo en su asiento, relajado, pero sin dejar de observarme. —Por favor, ¿podrías prepararme un café? Me gusta con crema —pidió con suavidad. —Claro, señor. Enseguida. Salí del despacho, intentando controlar mi respiración. Preparé el café en la máquina cercana y regresé. Cuando entré, él revisaba unos documentos con la mirada concentrada. Esa concentración lo hacía aún más atractivo. Me indicó con un gesto que dejara la taza en la esquina de la mesa. Lo hice con cuidado y luego me senté frente a él una vez más. Shanon levantó la mirada lentamente. —Comencemos —indicó. ❀·°·❀·°·❀ Pasaron varias horas entre explicaciones, instrucciones y documentos. La mayoría del tiempo él hablaba con calma, pero cuando se concentraba demasiado, fruncía ligeramente el ceño y se pasaba los dedos por el cabello. Ese gesto me tenía loca. Al finalizar, Shanon juntó algunos papeles y me los extendió. —Señorita Mariana, necesito que archive estos documentos. —De inmediato, señor Shanon —respondí, tomándolos. Él asintió, pero antes de que me levantara, añadió: —Una cosa más. Necesito tu número telefónico. Como eres mi secretaria, requiero tu máxima disponibilidad. Mi respiración se detuvo por un segundo. Recordé que pensaba cambiar el número esa misma tarde. —Ah, señor… —tragué saliva—. Voy a cambiar mi número hoy. Así que quizá sea mejor que me dé el suyo y luego le envío el mío actualizado. Él arqueó una ceja, curioso. —¿Por qué cambiar de número? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza. Mi estómago se apretó. No quería entrar en detalles. —Digamos que es por un… pequeño problema personal —respondí, a medias. Shanon me observó con detenimiento, como si quisiera adivinar la verdad a través de mis ojos. Por un instante sentí que podía ver más allá de mis palabras, como si algo en él supiera leer emociones ajenas. Finalmente asintió. Y solo entonces sentí que podía volver a respirar. Esa misma tarde cambié mi número de teléfono, tal como había planeado. Sentí un alivio inmediato, como si por fin hubiera cerrado una puerta que llevaba demasiado tiempo entreabierta. Apenas llegué a mi departamento, lo primero que hice fue enviarle mi nuevo número al señor Shanon. Necesitaba que él tuviera mis datos actualizados para cualquier emergencia o asunto laboral. También se lo envié a mi mamá; ella me llamó al instante, preocupada por el cambio repentino. Tuve que explicarle con paciencia que lo hacía porque mi ex no dejaba de molestarme, incluso después de bloquearlo. Mamá suspiró al otro lado de la línea y me dijo que había tomado la mejor decisión. Sus palabras me reconfortaron más de lo que esperaba. Hablé un rato con ella, y cuando finalmente colgué, fui directa a darme un baño caliente. La bañera era mi refugio después de un día intenso. Me sumergí hasta el cuello, cerré los ojos y dejé que el agua tibia aflojara cada músculo de mi cuerpo. Pensé en el trabajo, en la empresa… y sí, también pensé en él. En Shanon. En su voz calmada, en sus ojos azules tan profundos, en la manera en que fruncía el ceño cuando se concentraba. Era ridículo que un hombre desconocido y, peor aún, mi jefe, provocara este revuelo dentro de mí. Pero lo hacía. Y me aterraba un poco. Salí de la bañera envuelta en una toalla, con el cabello húmedo y el cuerpo ligero por la relajación. Me puse un pijama suave y fui a la cocina. No tenía ganas de cocinar, así que saqué una comida preparada que había comprado y la coloqué en el microondas. Mientras la máquina giraba y el aroma empezaba a expandirse, escuché el sonido de una notificación en mi teléfono. Lo tomé sin pensar, más por costumbre que por interés… pero cuando vi el nombre en la pantalla, me quedé congelada. Señor Shanon. Un rubor cálido subió por mis mejillas al instante. Mi jefe. Escribiéndome de noche. A mi número personal. Tragué saliva, sintiendo mi corazón acelerarse como si estuviera por recibir una confesión —ilógica, improbable, imposible—, pero aun así, mi cuerpo reaccionó como si lo esperara. Con los dedos ligeramente temblorosos, abrí el mensaje. Y el silencio de mi departamento se volvió aún más intenso, como si hasta el aire esperara mi reacción. «Buenas noches, señorita Mariana.» La forma tan correcta en que escribía siempre lograba ponerme nerviosa. Me acomodé un mechón detrás de la oreja antes de contestar, como si él pudiera verme. «Buenas noches, señor Shanon.» No pasó ni un segundo cuando volvió a escribir. «¿Cambió su número de teléfono al final?» Respiré hondo, recordando todo el estrés de la tarde. «Sí. Lo cambié cuando salí de la empresa.» Mi ex había forzado esa decisión. Pero no quise pensar en él ahora, no cuando la conversación era con alguien que lograba calmarme y alterarme a la vez. «Bien. Solo quería asegurarme de que mi mensaje le llegara correctamente. Mañana la veo en la empresa. Hasta mañana.» Aunque su mensaje era formal, había algo cálido escondido en sus palabras. Algo que me provocó un leve temblor. «Buenas noches, señor Shanon. Nos vemos mañana.» Apenas envié el mensaje, me llevé la mano al pecho. Sentía las mejillas ardiendo. ¿Por qué me afectaba así? Eran solo palabras simples… ¿verdad?
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