Capítulo 3
El pasillo era silencioso, apenas interrumpido por el sonido distante de teclas y murmuraciones suaves. Las paredes de cristal dejaban ver a los empleados, cada uno sumergido por completo en su trabajo. Nadie levantó la cabeza cuando pasé. Ni un saludo, ni una mirada curiosa.
Eficientes. Impecables. Intimidantes.
Aceleré un poco el paso, sintiendo cómo la emoción me apretaba el pecho. Al llegar a la puerta del fondo, respiré hondo y toqué suavemente.
Por un instante pensé que al otro lado encontraría a un hombre mayor. El jefe nunca salía en fotos, nunca daba entrevistas, nunca aparecía en ningún sitio público. No había forma de saber cómo era.
Y esa ausencia voluntaria solo alimentaba mi curiosidad.
Una voz suave y masculina respondió desde el interior:
—Adelante.
Me congelé un segundo.
La voz era joven. Muy joven.
Entré, cerrando la puerta detrás de mí.
Al elevar la vista, lo vi.
Estaba de espaldas, con las manos en los bolsillos, observando la ciudad a través de un enorme ventanal. Su figura era alta, firme, casi esculpida en la luz que entraba. No encajaba con ningún jefe que yo hubiera imaginado.
No… él era otra cosa.
Se giró despacio, y mi corazón dejó de latir por un segundo.
Era hermoso. Terriblemente hermoso y sexy.
Piel blanca. Ojos azules profundos, tan hipnóticos como un mar en calma y tormenta al mismo tiempo. Cejas negras y definidas. Labios suaves, apenas curvados.
Cabello oscuro, de un n***o intenso como obsidiana, ligeramente largo, con mechones rebeldes cayendo sobre su frente.
Y su cuerpo…
Fornido, pero elegante.
La camisa azul claro, arremangada hasta los codos, dejaba ver unos antebrazos marcados, fuertes, que parecían hechos para sostener más peso del que cualquier vida normal exigiría. Pantalón elegante n***o y completando el conjunto zapatos negros lustrados.
Era joven. Sexy. Enigmático.
Y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí se estremeció.
—Buenas, señorita. Si está aquí, supongo que es mi nueva secretaria —dijo, interrumpiendo mi ensoñación con una voz tan cálida que me recorrió la piel.
Parpadeé rápido.
—Oh… sí, disculpe. Mi nombre es Mariana González Camille. —Tragué saliva—. Seré su nueva secretaria.
El hombre me observó en silencio unos segundos —tan intensos que sentí que podía ver más allá de mis palabras—, y luego caminó hacia mí con paso seguro, todavía con las manos en los bolsillos.
Se detuvo a solo unos pasos. Extendió la mano. Y sonrió.
Una sonrisa lenta, encantadora, peligrosa.
—Mucho gusto, señorita González —dijo con suavidad—. Soy Shanon Gransie.
Shanon Gransie.
El dueño de Gransie.
El hombre imposible de encontrar fotos en internet.
El hombre que ahora estaba frente a mí, mirándome como si ya supiera algo que yo no.
Extendí mi mano, tratando de no parecer tan nerviosa.
Su piel era cálida, increíblemente cálida, como si su calor traspasara el mío.
—El gusto es mío, señor Gransie —murmuré.
Él mantuvo mi mano un segundo más de lo necesario. Apenas un instante, pero suficiente para que un cosquilleo subiera por mi brazo y se instalara en mi pecho.
Entonces sus ojos se fijaron en los míos, tan profundamente que sentí que me ruborizaba.
Había misterio en él. Un aura que no podía describir.
Algo escondido. Algo que me atraía y me alertaba al mismo tiempo.
Shanon sonrió apenas, con esas comisuras que parecían saber demasiado.
Y supe, desde ese momento, que trabajar con él sería todo… menos simple.
☽ ⟡ 🌕 ⟡ ☾
Aquel hombre —increíblemente sexy, hermoso y peligrosamente perfecto— sería mi jefe.
Por todos los dioses, ¿qué clase de castigo era ese?
Justo ahora que había jurado mantener las distancias, evitar complicaciones y, sobre todo, no volver a enredarme con ningún hombre.
Y sin embargo… ahí estaba él: Shanon Gransie, mi nuevo jefe, y un pecado hecho persona.
—Señorita González, le enseñaré su oficina —dijo con su voz suave y educada, una voz que parecía diseñada para poner en riesgo cualquier propósito de autocontrol.
Tragué saliva y asentí.
Lo seguí fuera de su despacho, tratando de concentrarme solo en caminar sin tropezar.
Hasta ese momento no había notado que desde el pasillo principal se desprendían otros dos laterales, uno a la izquierda y otro a la derecha. Shanon tomó el pasillo derecho, avanzando con pasos elegantes y seguros. Yo lo seguí, intentando ignorar el leve temblor que sentía en mis piernas.
Se detuvo frente a una puerta contigua a la suya.
—Es esta —dijo antes de abrirla.
Entré, y mis ojos recorrieron el espacio. No era tan grande como la oficina de él, por supuesto, pero sí más amplia de lo que esperaba. Estaba casi vacía, impecable, con ese olor a muebles nuevos que dejaba claro que habían retirado cualquier rastro de la secretaria anterior.
Quizá para no incomodar a quien la reemplazara…
Quizá para que yo pudiera empezar sin sombras.
Shanon entró detrás de mí.
—Lo primero será traerle un escritorio nuevo —comentó, mirándome con serenidad—. Avisaré al personal de inmobiliaria para que lo instalen cuanto antes.
Asentí, un poco nerviosa por tenerlo tan cerca.
—Si desea decorar o arreglar el espacio a su gusto, siéntase libre —añadió con una sonrisa suave, casi amable.
Mi corazón dio un pequeño salto.
¿Cómo se supone que debía trabajar con alguien así?
—Sí… gracias, jefe —respondí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
Shanon me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Fue breve, pero intenso, como si algo en sus ojos quisiera leer un poco más de mí antes de retirarse.
Luego se dio media vuelta con la misma elegancia que lo caracterizaba.
—Cualquier cosa que necesite, solo llámeme —dijo antes de salir.
Y me dejó a solas.
Respiré hondo. Observé la oficina con mayor atención: las paredes blancas, el piso pulido, la gran ventana que ofrecía una vista impresionante de la ciudad. La luz entraba con tanta claridad que daba la sensación de un nuevo comienzo.
Un nuevo inicio… el que vine a buscar.
Poco después, unos empleados llegaron con mi escritorio nuevo, una computadora reciente, estantes, sillas y algunos elementos decorativos. Organizaron el lugar con rapidez y eficacia, transformando la sala desnuda en un espacio cálido, funcional y mío.
Cuando cerraron la puerta detrás de ellos, me quedé contemplando mi nueva oficina, con el corazón mezclado entre emoción y nervios.
Mi nueva vida había comenzado.
Pero algo me decía que Shanon Gransie—con su mirada profunda y ese extraño magnetismo— sería mucho más que un simple jefe.
☽ ⟡ 🌕 ⟡ ☾
Luego me senté frente a la nueva computadora y increíblemente tenía todos los datos actualizados. Entonces siento que tocan la puerta y, sin apartar la vista del ordenador, digo:
—Adelante.
La puerta se abre con suavidad. Al levantar la mirada, lo veo: mi jefe. El señor Shanon. Sus ojos azules, intensos y serenos como el el mar calmado, se detienen primero en mí… y luego recorren mi oficina recién decorada. Por un segundo, me siento como si él fuese el dueño absoluto del aire que respiro.
—¿Te gusta así o prefieres algo diferente? —pregunta, con su voz baja y perfectamente controlada, antes de volver a mirarme.
Niego rápidamente.
—Gracias… me gusta así, señor Shanon —respondo, intentando que mi voz no tiemble.
Él sonríe con naturalidad. Una sonrisa peligrosa… demasiado encantadora para un hombre al que había prometido no mirar más de la cuenta.
Se acerca dos pasos hacia mí. Dos pasos que siento en la piel.
—Hoy no es necesario que trabajes. Solo quiero que te familiarices con el lugar. Mañana te explicaré todo lo que tendrás que enfrentar —dice con suavidad, casi como si quisiera tranquilizarme.
Me sonrojo de inmediato. Odio que mi cuerpo lo delate tan fácilmente.
—No me molesta comenzar hoy. Si puede, por favor… dígame los detalles de lo que debo hacer a partir de mañana —respondo, decidida a no parecer una novata insegura.
Shanon me observa por unos segundos más de lo necesario. Después suspira, pero no de molestia… sino como si yo lo hubiese sorprendido.
—No tienes que hacerlo hoy —dice en un tono relajado, como quien da una orden suave.
—Insisto, señor Shanon —replico.
Sus labios se curvan apenas, como si disfrutara mi actitud.
—Está bien. Te espero en mi oficina dentro de una hora. Mientras tanto, disfruta de tu nuevo espacio.
Y se marcha, dejándome a solas… una vez más.
Respiro hondo. Recuerdo que tengo algunas cosas que quiero traer: pequeños accesorios, libretas decoradas, plantas, velas aromáticas. Cosas que mi madre siempre llama mis gustos de niña pija de veintitrés, pero son parte de mí. Parte de mi refugio.
☽ ⟡ 🌕 ⟡ ☾
Una hora más tarde, estoy frente a la puerta del despacho del señor Shanon. Toco. Al instante escucho su voz firme:
—Entra.
Obedezco. Cierro la puerta tras de mí y, cuando levanto la vista, lo encuentro sentado en su escritorio. Está concentrado en unos documentos que parecen importantes, porque no aparta los ojos hasta que me señala la silla frente a él.
Me siento. Y entonces ocurre: lo miro. Lo miro demasiado.
Es imposible no hacerlo.
Su camisa blanca está remangada, revelando sus antebrazos fuertes. Las venas marcadas, la tensión sutil del músculo… una visión que debería ser ilegal en horario laboral.
Y sus ojos. Dioses. Ese azul profundo, de un tono que nunca había visto, tan intenso que parece contener historias enteras. Incluso concentrado, se ven hermosos.
Su cabello n***o, ligeramente largo, está algo desordenado… tal vez porque se pasa los dedos entre él. Pero en lugar de restarle profesionalismo, lo vuelve aún más atractivo. Los mechones caen de forma perfecta sobre su frente, enmarcando su rostro anguloso.
Y sus labios… casi carnosos. Tentadores. Mortales.
En eso, él levanta la vista.
Y me atrapa mirándolo.
Bajo la mirada de inmediato, sintiendo cómo la vergüenza me quema el cuello.
Lo miré demasiado. Maldición.
—Mañana lo primero que harás será agendar todas mis reuniones y citas —dice, retomando un tono profesional—. Luego organizarás los proyectos de la empresa: los registrados, los terminados y los que están en curso.
Asiento mientras recupero la compostura.
—Le he pedido a una de las trabajadoras de administración que te dé un recorrido por toda la empresa. Así sabrás dónde queda cada área o despacho —añade.
—Entonces… mañana, señor Shanon, empezaré desde temprano con lo que me pidió —digo en una voz más suave de lo que pretendía.
Él sonríe. Y esa sonrisa ladeada… por poco me derrite.
—Lo que más valoro es la eficacia, señorita González. Quería que descansaras hoy, pero veo tu deseo de trabajar. Y me gusta eso.
Sus palabras quedan flotando entre nosotros, creando un silencio cargado… demasiado cargado.
Un silencio que me hace latir el corazón más rápido de lo debido.
Un silencio que me dice que, por más que yo haya jurado odiar a los hombres…
Él será un problema.
Un problema muy hermoso.
Muy peligroso.
Y completamente inevitable.