Capítulo 20

1331 Palabras
Cuando salí de la empresa, no miré atrás. Fui directo hacia mi departamento en un taxi sintiendo que el corazón me golpeaba el pecho como si quisiera advertirme de algo que todavía no entendía. Entré, cerré la puerta y me apoyé en ella unos segundos, respirando hondo. Después, me puse a recoger ropa en una mochila: solo lo necesario. No quería pensar, solo moverme. Tomé una ducha rápida, me vestí con algo cómodo—unos jeans de mezclilla, una blusa blanca y un abrigo ligero—y comí un pan con jamón a la carrera antes de salir nuevamente. Tomé un taxi hasta el metro. Allí, mientras esperaba en el andén, llamé a mi mamá para avisarle que iría a visitarla. Su voz se llenó de emoción al saberlo y eso calmó un poco mis nervios. Miré el reloj: faltaban veinte minutos para que pasara el siguiente tren. Fue entonces cuando todo se volvió extraño. —Señorita Mariana —llamó una voz desconocida detrás de mí. Me giré y mis ojos se abrieron de par en par. Un hombre vestido completamente de n***o—traje, camisa, gafas oscuras y un porte intimidante—se acercaba a mí. A su lado, otro hombre igual de imponente. Parecían agentes de seguridad… o guardaespaldas. —Señorita Mariana, necesitamos que venga con nosotros —repitió el primero, con una calma que me erizó la piel. Tragué en seco. —¿Por qué habría de irme con dos desconocidos? —pregunté, retrocediendo un poco. El segundo hombre habló por primera vez: —Nuestro jefe desea verla ahora mismo. Fruncí el ceño. —¿Y quién es su jefe? —El magnate Shanon Gransie Corpus. Mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo demonios sabía que estaba aquí? ¿Me estaba vigilando? —No voy a irme con ustedes —espeté, sintiendo la adrenalina subir. El primer hombre dio un paso adelante. —Nos va a acompañar. Nuestro jefe no admite que regresemos sin lo que pide. Intenté escapar, pero no llegué ni a dos metros. El hombre me tomó del brazo con una fuerza firme pero sin lastimarme, me alzó como si no pesara nada y me cargó sobre su hombro. —¡Bájenme! —exigí, pataleando inútilmente. No me escucharon. Me sacaron de la estación y me subieron a un auto n***o tipo limusina pequeña, con vidrios polarizados. Cuando las puertas se cerraron, supe que no tenía escapatoria. El viaje fue largo. Demasiado largo. Casi en las afueras de la ciudad, una enorme cerca de mampostería se levantó frente a nosotros, acompañada de una imponente puerta metálica que parecía custodiar un secreto prohibido. Las puertas se abrieron al acercarnos. Y entonces lo vi. Un jardín inmenso, perfectamente cuidado, como salido de un cuadro. Rosales, fuentes, árboles altos. Todo rodeaba una mansión tan imponente que me dejó sin respiración. Así que este era su mundo. El mundo que nunca imaginé que descubriría. El auto se detuvo cerca de la entrada. Uno de los hombres me abrió la puerta y me ayudó a bajar. Caminé tras ellos, todavía con el corazón acelerado. El que tocó la puerta fue el segundo agente. Al instante, se abrió, revelando a un hombre joven que no pasaba de los trenta, elegante, de presencia impecable. —Bienvenida, señorita Mariana —dijo con una ligera reverencia—. Mi nombre es Rafael. Soy el mayordomo del señor Shanon. Por favor, adelante. Entré. El aire se me escapó. El recibidor era digno de un palacio: una lámpara de lágrimas resplandeciendo sobre nuestras cabezas, un suelo de mármol n***o pulido que reflejaba la luz como un espejo, columnas blancas con calados en forma de enredaderas, y una escalera imponente que ascendía al segundo piso. A cada lado, rodeando las escaleras, dos pasillos largos y silenciosos se extendían como si no tuvieran fin. Seguí a Rafael por el pasillo izquierdo. Las paredes estaban adornadas con lámparas de aplique y cuadros de paisajes, pero más adelante había retratos. Rostros perfectos, hermosos, casi irreales. Entre ellos, una pareja llamó especialmente mi atención. Había algo en sus facciones… Parecidos a Shanon. Demasiado parecidos. —Señorita, espere aquí —indicó Rafael al llegar a una puerta de madera tallada. Entré. El despacho era amplio, aunque acogedor. Una pared llena de libros antiguos, un globo terráqueo elegante, un escritorio con una enorme ventana de cristal detrás, y muebles de madera antigua con cerraduras. El suelo estaba alfombrado en rojo, suave bajo mis pies. —Por favor, tome asiento —dijo Rafael, señalando una butaca en la esquina. Me senté. —El amo vendrá en un momento —anunció con una sonrisa amable. —Gracias, señor Rafael —respondí, intentando sonar tranquila. —Si necesita algo, con gusto lo atenderé —añadió con un brillo curioso en los ojos. —Solo… un vaso de agua, por favor. Asintió y salió. Regresó enseguida con una bandeja de plata, una jarra de agua y un vaso de cristal. Sirvió con elegancia y me entregó el vaso. —Aquí tiene, señorita. —Gracias… Tomé el vaso entre mis manos temblorosas. Hice un esfuerzo por respirar. ¿Qué demonios quiere Shanon conmigo? ¿Y por qué siento que esta noche cambiará algo para siempre? Rafael se detuvo frente a mí con una leve inclinación de cabeza, siempre tan impecable. —¿Desea algo más, señorita? —preguntó con su tono cordial y perfecto. Negué con suavidad, intentando retribuir su formalidad con una sonrisa que apenas me salió. —Gracias… No, no deseo nada más, señor Rafael. —Como guste. Será un placer asistirle si necesita algo. Con su permiso. —volvió a inclinarse con elegancia antes de desaparecer por la puerta, dejándome finalmente a solas. El silencio cayó de golpe, tan suave como pesado. Inspiré hondo mientras mis ojos recorrían el lugar con más detenimiento. El despacho era grande, pulcro, y cada objeto parecía tener un significado que solo él entendería: los libros acomodados con precisión quirúrgica, el aroma tenue a cedro, el ventanal inmenso que dejaba entrar la luz de la tarde. Era claramente su espacio. Su mundo. Un lugar donde yo no sabía si encajaba… o si alguna vez pertenecería. Y entonces, cuando la idea de que estaba a punto de verlo otra vez me golpeó, los nervios se me encendieron en el pecho. No sabía qué decirle. No sabía cómo justificar que había huido cuando él me pidió que pensara. No sabía si estaba lista para enfrentarlo… y para enfrentarme a mí misma. Los minutos pasaban con una lentitud cruel, como si el tiempo quisiera obligarme a sentir cada latido acelerado, cada duda. Me levanté de la silla y serví un vaso de agua, solo para tener algo que hacer con las manos. Bebí. Y bebí otra vez. —Dios… si sigo tomando agua dentro de poco voy a terminar buscando un baño —murmuré para mí misma, mordiendo mi labio mientras intentaba no caminar de un lado a otro. Pero la ansiedad hacía presión contra mis costillas. La incertidumbre, también. Y, sobre todo, el recuerdo de sus ojos, de su voz, de la forma en que me dijo que me amaba en aquel sueño que aún sentía demasiado vivo, demasiado cálido… demasiado mío. Me senté de nuevo, respirando profundo, intentando calmar el temblor leve en mis manos. ¿Por qué tardaba tanto? ¿Y si no venía? ¿Y si estaba molesto? ¿Y si…? Sacudí la cabeza, tratando de frenarme. No tenía sentido torturarme antes de tiempo… pero igual lo hacía. Porque cuando se trataba de él, todo en mí se revolvía: el miedo, el deseo, la esperanza, la culpa… y esa sensación de caída libre que no sabía si debía detener o abrazar. Y justo cuando intentaba convencerme de no volver a beber agua, escuché pasos afuera del despacho. Mi corazón se apretó. Él venía. La puerta se abrió con un ligero chasquido. Sentí cómo la piel se me erizaba por completo antes incluso de verlo. Y entonces apareció él… Shanon.
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