El rostro de Nader se ve claro, con esos pozos verdes bañados de lágrimas y el gesto de decepción que me mata. Lo dañé, me burlé, y la culpa es mía, debí ponerle un alto cuando pudea todo, debí decir que no. Que no quería casarme, que no quería convertirme al islam. Ah pero no, decidí seguir con el teatro, presa de una culpa mezclada con compromiso, llevándome por el jodido agradecimiento. Y arruiné todo. Escucho su voz, entre cortada, dolida. —¿Dónde está el anillo, Biana? El sueño se siente muy real, tan real que necesito despertar. No quiero enfrentarme a él, a este remordimiento que me pesa en la espalda y destruye por dentro. —Mi amor, déjame explicarte todo... —No me digas "Mi amor". Dícelo a él, que por cierto ¿Dónde está ahora? ¿Ya te abandonó? Lloro, no quiero estar aquí.

