¿Ya he dicho que soy la personificación de la desgracia y mala suerte? ¿no? Bueno, pues lo soy. Entro en crisis y lo primero que se me ocurre es pedirle que se tranquilice para que no corra lejos como una bomba de tiempo y estalle afuera, también para que no le claven un tiro. Mi amiga no se mueve de su sitio y por instinto alza las manos, alternando la mirada entre el italiano que sigue apuntándola, y yo que termino de arreglarme el vestido. Tengo el hijab guindando de una mano y no sé qué hacer ahora. Mi mente hace cortocircuitos y no consigo una justificación que pueda cubrir este bochorno. —Araiza, por favor... —¡Dios mío, Biana! —Se altera, Massimiliano le quita el seguro al arma y trago saliva con ese gesto—. Acabas de comprometerte y... —Shu... A los sapos se les corta la len

