MARGOT CORVINO Las botas resuenan mientras avanzo por la calle con el fusil guindando del hombro. Las luces del almacén están apagadas pero los automóviles de los infelices que están de guardia siguen aparcados. Era obvio que no dejarían la instalación sola con cientos de mujeres dentro y un hacker. De por sí la seguridad en esta área es elevada, pero ahora veo que el refuerzo se salió de control. Seguramente son hombres de Aurela, o rusos. Me escurro entre el monte, las rejas me separan de la entrada y no hallo la forma de entrar sin ser vista. Se me ocurre saltar el alambrado, si Gregor pasa una noche más aquí no saldrá vivo. Volteo, verificando que sigo bajo perfíl. Nadie me ve, mi ropa negra ayuda a pasar desapercibida, subo el pie al primer orificio y escucho el seguro de un arma

