—Yo le dije que no se metiera con ese imbécil y ahora mírala, destrozada —insistí enojada. —¿Ah sí? Por lo menos soy valiente a intentarlo, no como tú, una cobarde del amor. —Ella me mira furiosa como si tuviera la culpa. —¡Suficiente! —Rachel se voltea a mirarnos, parecía nuestra madre. —Lo siento. —Se disculpa Katherine primero. —Yo también lo siento. —Y la abracé. —Muy bien, ¿Qué prefieren? ¿Quedarse a disfrutar o irse? No podemos permitir que siempre los hombres nos arruinen todo, ellos no son el centro del mundo, no compraron el bar para que sea solo suyo, esto es algo libre, demostremos que podemos disfrutar sin ellos con su presencia.—Nos animaba Rachel. —Tienes razón, vamos por unos tragos. —Les tomé la mano y me dirigí a la barra. —Un daiquiri y dos margaritas —pide Rachel

