Cap1 Fotos
La verdad es dura, pero es mejor que siempre estar engañada… Mirella
Una joven se encontraba de pie frente a la puerta de una habitación de hotel. Sus manos temblaban visiblemente. Tenía la intención de tocar, pero algo dentro de ella sabía que lo que descubriría al otro lado podría romperla por completo. Cerró los ojos y respiró hondo, intentando calmar el frenético latido de su corazón. No podía marcharse, tampoco dar marcha atrás. Necesitaba saber la verdad.
Unas horas antes, Samara, una compañera del trabajo con la que nunca tuvo una buena relación, le había enviado unas fotografías al teléfono. En ellas se veía claramente a Federico, su novio desde hacía casi tres años, caminando por la calle junto a una mujer desconocida, alta, elegante y perfectamente arreglada. Lo que más le llamó la atención no fue la cercanía entre ellos ni el hecho de que ingresaran juntos al hotel, sino la expresión de Federico, sonreía con una calidez que a Mirella le era dolorosamente familiar, una que antes tenia solo para ella, pero hoy se la mostraba a otra persona.
Dejó todo lo que estaba haciendo y guiada por la dirección y el número de habitación que Samara le proporcionó con sospechosa de la precisión, acudió al lugar. En su mente aún latía la posibilidad de que fuera una trampa. Samara no solo la detestaba desde hace mucho tiempo, sino que solía hacerle la vida imposible en la oficina. ¿Por qué ayudarla ahora? ¿Acaso solo quería verla sufrir? ¿Y si todo era un montaje?
Pero las imágenes eran contundentes. Las había observado por mucho tiempo buscando señales de que fueran falsas, hasta darse cuenta que no era una ilusión, ni un malentendido. Federico abrazaba a aquella mujer con una intimidad que no dejaba espacio para dudas. Aun así, Mirella necesitaba comprobarlo con sus propios ojos, aunque eso significara enfrentarse a una verdad que no quería aceptar.
Levantó la mano muy lentamente y la cerró en un puño. Estaba a punto de tocar la puerta, pero se detuvo. Su mirada se quedó fija en la madera frente a ella mientras una ola de recuerdos la envolvía. Pensó en los buenos momentos que había compartido con Federico, su sonrisa, sus gestos atentos, los pequeños detalles que solía tener sin que ella los pidiera. Era un chico increíble, guapo, atento, siempre dispuesto a cuidarla y consentirla. No podía creer que él estuviera ahí, al otro lado de esa puerta, con otra mujer... haciendo el amor.
Entonces, una voz profunda la sobresaltó.
—¿No vas a tocar?
Mirella giró el rostro con un sobresalto y se encontró con un hombre de traje n***o impecable, alto, de presencia imponente. Sus ojos, de un tono café claro, la observaban con una intensidad desconcertante. Su porte era elegante, casi intimidante.
—Yo… —balbuceó, incapaz de articular una frase completa.
Él no esperó una respuesta. Resopló con evidente exasperación, como si no tuviera tiempo para dudas ni vacilaciones. Se dio la vuelta y dirigió una mirada firme a otro hombre que lo acompañaba, su asistente, quien asintió en silencio. Con un gesto sutil de la mano, indicó algo a la recepcionista que observaba nerviosa desde el fondo del pasillo.
La mujer que trabaja detrás del mostrador pareció palidecer. Con manos temblorosas, caminó hacia la puerta y tras un instante de tensión, deslizó la tarjeta de acceso. La cerradura emitió un leve clic y la puerta se entreabrió. Sin decir una palabra, la recepcionista retrocedió apresurada, como si temiera presenciar lo que estaba por revelarse.
Mirella, aún paralizada por la presencia del extraño y por el remolino de emociones que la envolvían, observó todo sin comprender del todo qué estaba ocurriendo… pero sabía que, en cuestión de segundos, su mundo podría cambiar para siempre.
El hombre apuesto giró la cabeza hacia Mirella, con expresión impasible.
—¿Vas a entrar o no? —preguntó con voz firme.
Mirella asintió en silencio, aún con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Empujó la puerta, que se abrió lentamente con un leve chirrido y entró.
La pequeña sala de estar estaba en penumbra, pero no tardó en notar el desorden. Prendas de ropa estaban tiradas por el suelo: una blusa, una camisa arrugada, zapatos dispersos como si hubieran sido arrojados con prisa. Trató de tragar saliva, pero su garganta se había secado. Con cada paso que daba, el dolor se le clavaba más profundo en el pecho.
Entonces, escuchó los gemidos. Provenían del fondo, de una puerta entreabierta. Cerró los ojos un instante, como si eso pudiera prepararla para lo que estaba a punto de ver. Pero no había preparación posible.
Avanzó lentamente, empujó la puerta con la punta de los dedos… y allí estaban.
Federico, su novio, estaba encima de una mujer. Ambos estaban completamente desnudos, inmersos en el acto. Ni siquiera habían notado su presencia.
—Federico… —susurró Mirella, con la voz quebrada.
Él giró la cabeza, como si despertara de una pesadilla y al verla se incorporó de inmediato, buscando a tientas la sábana para cubrirse.
—¡Mirella! ¿Qué haces aquí?
Se envolvió torpemente en la sábana olvidando a la persona en la cama y se acercó a ella con pasos titubeantes, con el rostro lleno de culpa y sorpresa. La mujer en la cama, aún recostada, apenas alcanzó a cubrirse con una almohada, mirando a Mirella con una mezcla de desdén y molestia por arruinarles el momento.
Mirella no respondió. Sus ojos lo decían todo. Estaba rota.
Mirella y la mujer cruzaron miradas por un instante eterno. La desconocida, aún acostada en la cama deshecha, le dedicó una sonrisa cargada de picardía y arrogancia. Mirella sintió cómo una lágrima se deslizaba por su mejilla, silenciosa y ardiente. Su corazón latía con fuerza, pero su cuerpo apenas respondía.
Se dio la vuelta, con el alma hecha pedazos, buscando desesperadamente en los ojos de Federico una explicación.
—¿Por qué? —susurró, con la voz apenas audible, pero cargada de dolor.
Federico se pasó las manos por el cabello, despeinándolo aún más. Su rostro reflejaba confusión, vergüenza y algo de miedo.
—Yo… no… —titubeó, sin saber qué decir, sin poder sostenerle la mirada. Las palabras se le atragantaban. No había excusa posible.