La frustración es tan profunda que quiero compensarla ahora, en la vida real, pero incluso sé que si intento hacerle daño, pagaré el precio. Sus dedos se desplazan desde mi barbilla hasta mi cuello, provocando escalofríos y piel de gallina. Espero que me estrangule o algo así, pero me agarra por el hombro, sus ojos grises se oscurecen como en la pesadilla. —Inclínate. —¿Por qué? —He dicho que si respondes, serás castigada. Mis labios se separan ante esa palabra. Castigada. Una guerra estalla en mi pecho y mis muslos tiemblan mientras intento negociar: —Pero no era mi intención. —No me importa. Si me desafías, serás castigada. Es tan simple como eso. —No lo volveré a hacer. Lo prometo. —A menos que conozcas tu castigo, seguirás haciéndolo. —Sólo dame una oportunidad. —He si

