—¡Oh mi niña! —exclamó Lulú.
—¡Qué bueno verte! —Gia la envolvió en un fuerte abrazo. Pues, esa era la mujer que había cuidado de ella desde pequeña.
Luego pasó a Enzo, y frunció el ceño. El tiempo no perdona, porque solo había dejado de verle, y lo vio más envejecido.
—¡Nonno! —lo abrazó con fuerza, y aspiró su olor a dulce con un toque de menta. Que tantas noches le hizo falta.
—¡Te he extrañado tanto! —fueron las palabras que salieron entrecortadas de la boca de su abuelo.
—Pero ya estoy aquí…
Emocionados y abrazados, entraron a la casa. Gia miró detenidamente la sala, fue como si el tiempo se hubiera detenido. Las cortinas blancas que le daban claridad al lugar, los muebles Luis XV color crema, marrón.
«Exactamente igual, nada ha cambiado», se dijo con un suspiro.
—¡Vamos criatura! —Lulú la alejó de sus pensamientos—. Vamos a darte de comer, tal parece que en ese lugar, te han hecho pasar hambre. ¡Mírate! Estás muy delgada.
—¡Oh Lulú, no seas exagerada!
—Mi tía no está diciendo mentiras —intervino Albertina—. Parece un saco de huesos.
Después de decir aquello, se tapó la boca rápidamente.
—¡Hija! —Lulú chilló espantada.
—La verdad que nada ha cambiado —Gia miró a Albertina enarcando una ceja—. Tú siempre tan entrometida e igualada.
Todos quedaron en silencio, era cierto que Albertina había dicho una indiscreción, pero tampoco era para que Gía actuara con ese desdén. Su abuelo solo negó con la cabeza, pues él anhelaba que su nieta cambiara un poco su manera de ser.
—Será mejor que pasemos al comedor —Enzo habló con la voz de mando, para que nadie dijera algo más.
Gia se sentó en su lugar de siempre.
—¿En dónde está Albertina? —indagó mirando a los lados.
La chica se había sentido tan mal que se fue directo a la cocina.
—¿Para qué la necesitas? —su abuelo quiso saber.
—Para que me sirva la comida.
—Se ha ido a la cocina, mi niña —intervino Lulú—. Deja que yo te ayude.
—Debe estar holgazaneando como siempre —Gía dijo con disgusto, poniendo la servilleta sobre su regazo, y el teléfono celular al lado de la copa con agua.
Enzo se le quedó mirando fijamente por unos momentos. En ese momento sintió un gran pesar, porque no había duda que se había equivocado enormemente. La complació tanto que ella se convirtió en una persona, que a más de uno no le agradaría.
—Lulú… ¿Qué me has preparado de bienvenida? —Gia usó el tono de voz de niña mimada, que siempre usaba cuando quería pedir algo,
Enseguida el ama de llaves se acercó a ella, y le dio un beso en la cabeza.
—Te hice tu comida favorita lasagna, y arancini.
—Uff genial, me muero por la comida recién hecha en casa.
Gia no tardó mucho tiempo en probar la comida. Todos estaban a la expectativa, querían saber si le había gustado. Lulú y Enzo se echaron a reír, en el momento que escucharon el gemido de la chica, saboreando la comida.
—Uhmmm Uhmmm esto está exquisito.
—¡Me alegra que te haya gustado! —Lulú le dio otro beso en la cabeza, y se dirigió a la cocina.
—Es bueno tenerte en casa, aunque no puedo negar que este regreso tan repentino me ha sorprendido un poco —Comentó su abuelo, para iniciar una conversación en la mesa.
Por fracciones de segundos, se puso un poco tensa, pero hizo una respiración profunda y luego hizo como si no estuviera pasando nada. Miró su plato, pues no era capaz de ver a Enzo a la cara.
—Extrañaba estar aquí —se encogió de hombros—. Simplemente eso, Nonno.
Enzo no supo el por qué, no estuvo conforme con la respuesta. Uno de los problemas de su nieta era que siempre decía las cosas espontáneamente, como las sentía. Cuando quiso indagar un poco más. El teléfono celular que Gia había dejado sobre la mesa, sonó estrepitosamente.
Ella sabía que era una falta de respeto, eso siempre era motivo de regaño por parte de su Nonno, con el rabillo del ojo miró el identificador de llamadas.
«¡Maldición! No puede ser, lo que me faltaba», desvió la llamada al buzón de voz.
—Lo siento Nonno, no creía que fueran a llamarme en este momento —tomó el aparato y lo puso en vibración.
—No hay problema, pero seguimos teniendo normas en la mesa.
—No te preo… —de nuevo volvieron a llamar, y ella no pudo terminar la oración.
Enzo pudo sospechar que algo pasaba, porque Gía tenía el ceño fruncido en disgusto.
—¿Qué va mal, pequeña? —preguntó Enzo poniendo su mano sobre la de ella.
Gia estaba tan nerviosa que pegó un saltito cuando sintió la palma caliente de la mano de su abuelo.
—¿Mal? —se hizo la desentendida—. Te aseguro que no está pasando nada, Nonno.
—¿Quién insiste llamando? —Enzo ya se estaba preocupando al notarla un poco pálida.
—Son mis amigas de América —entornó los ojos, y puso su mano libre encima de la de él—. Por esa razón no les contesto, Nonno. Quizá me llamen, para contarme alguna tontería, y no quiero que esta comida que extrañé tanto se enfríe.
—De acuerdo, pequeña —el abuelo ladeó la cabeza, y dejó el tema. Para no agobiarla en su primer día en casa, después de tantos meses.
—¡Gracias!
Gía terminó la comida con su abuelo, conversaron de trivialidades. A los pocos minutos decidió que ya era hora de retirarse. Entró a su habitación, y al cerrar la puerta detrás de ella se dio cuenta que había sido remodelada. Con un toque de buen gusto, cierto. Pero no era el suyo.
Inmediatamente, iba a hablar con su abuelo. Quería su habitación tal cual como la había dejado, solo les daría veinticuatro horas. Ella dormiría en uno de los cuartos de huéspedes, eso era lo que pensaba. Porque cuando puso la mano en la puerta, su teléfono celular vibró de nuevo. Miró el número y respiró profundamente.
—¿Qué rayos sucede? —contestó con mal humor.
—¿Dónde estás? —preguntó la persona al otro lado de la línea.
—Estoy en casa, pero eso no es asunto de nadie.
—Ay, Gia. pues puede que te interese que no pude hacer nada, la decisión fue definitiva.