CAPÍTULO 1:

1096 Palabras
  La casa estaba en plena revolución, gente limpiando y acomodando. Lulú parecía un sargento de armas dando órdenes a diestro y siniestro. Gia Fontano regresaba a casa de manera imprevista, luego de las primeras vacaciones de la universidad en donde estaba estudiando para ser economista. Enzo Fontano se encontraba en la sala, mirando las fotos en los portaretratos y se dio cuenta por el color amarillento de las mismas que ya habían pasado los años. Dio un suspiro con tristeza, y se preguntó de qué servía tener una gran fortuna si no tenía con quien disfrutarla.  Gia al parecer vivía su vida de manera acelerada, y sin importarle nada más que la manera en la cual ella veía la vida. A veces se cuestionaba si había hecho bien en darle todos los gustos. Para nada estuvo de acuerdo en que se fuera a norteamérica, pero entendía que no era quién para cortarle las alas a su pequeña.  —Señor Enzo —Le llamó Albertina, la sobrina de Lulú. Quien era en la actualidad su ama de llaves, después que la señora Dora se había retirado por causa de vejez y le hizo gesto de disculpa por interrumpir sus pensamientos—. Ya la habitación de la señorita Gia está lista.    —Me parece bien. Espero que le guste. —¿Por qué no habría de hacerlo? —Albertina frunció el ceño al preguntar—. Quedó hermosa.  —Mi nieta ha crecido tan rápido,  que a veces siento que ahora es una extraña para mí. —Ojalá el tiempo lejos de casa, le haya hecho cambiar un poco su carácter. Al terminar de hacer ese comentario tan fuera de lugar, inmediatamente Albertina se sintió intimidada por la mirada de su jefe.  —Lo siento,  señor Enzo. Eso no fue lo que quise decir.  —Sé muy bien lo que quisiste decir. Aunque no lo creas, yo también espero lo mismo. Me cuesta imaginar que por mi culpa, Gia sea como es.   La chica se condolió del hombre mayor, pues era muy buena persona. Si él había cometido un error criándola, el ser humano tiene libre albedrío y puede cambiar en cualquier momento. —Yo solo quería hacerle saber que todo está listo para su llegada, y que todos en la casa estamos contentos. —¿En dónde está Lulú? No la he visto en todo el día.   —Está en la cocina, preparando lasagna, y arancini para la señorita. —Me parece bien, es su comida favorita. —También quería decirle, que mi tía lo espera en la cocina, y quiere que le dé el visto bueno.  —Está bien, pero yo mismo le enseñé. Así que no me cabe en la cabeza tanta indecisión de su parte.    Y le hizo señas a Albertina para que lo acompañara también a la cocina.  Al llegar al lugar encontró a Lulú, maldiciendo peor que un marinero. tirando las tapas de las ollas, y danzando de un lado a otro.  —¡Por todos los santos, mujer! ¿Qué está pasando aquí? Esto parece un campo de guerra.  —Es que este Cannoli no me sale bien… —¡Oh mujer! Eso es simple —Enzo se puso un delantal, le quitó la cuchara de madera, y  comenzó hacerlo por él mismo.  Ambas mujeres quedaban maravilladas, de lo sencillo que parecía hacer aquel postre.Ya que estaba claro que lo estaba disfrutando enormemente. Tal vez ese era el secreto de su  éxito. Realizar aquello que le apasionaba. Dolce Fontana, era un establecimiento que había iniciado con su esposa, María. Desde muy jóvenes. Se convirtieron en los amos de la cocina de toda la región. Él se encargaba de la comida, y ella de la parte de repostería. Al fallecer su esposa, tuvo que tomar el control de todo.  No fue un trabajo fácil, pero fue lo que hizo que Dolce Fontana se convirtiera en una cadena de comida a nivel nacional, y  en la actualidad había una propuesta muy tentadora de llevar el negocio más allá, hasta América. Por eso quería que su nieta se graduara en la universidad lo más rápido posible. Para integrarla al negocio familiar, lo único que lamentaba era que Gia desde que María había muerto nunca más quiso saber nada de la cocina.      —Creo que jamás tendré la destreza que usted tiene —dijo con pesar Lulú. —Mujer de poca fe —dijo dándole la vuelta al postre. —Yo que a duras penas, sé hacer una lasagna. Lulú y Enzo se echaron a reír por la ocurrencia de Albertina.  —Gia quedará encantada con esto —manifestó Lulú. —¡Por supuesto! Son muchos los días que tiene sin probar verdadera comida de casa.  —Estoy atrasada, todavía me quedan cosas por hacer —miró a su sobrina—. No te quedes ahí parada, ayudame a armar la lasagna. —La comida debe prepararse sin presiones, para que el arte fluya —intervino Enzo. —Es que no me dará tiempo. —¡Ja! no debes preocuparte tanto por eso. Son más de once horas de vuelo, está claro que llegará cansada.   —De acuerdo, señor.  —Bueno, esto ya está listo —Enzo habló dejando la cuchara de madera sobre la mesa, y acercándose al lavaplato, abrió la llave del agua para lavarse las manos. Luego secándose  las manos con un  paño de la cocina les informó:— Estaré en mi despacho, necesito hacer una llamada.  Salió de la cocina, directo a su despacho, para ser un hombre de sesenta y cinco años, Se mantenía en muy buena forma. Comía sano, y hacía deporte, pero aún así su alma estaba cansada de estar en soledad. Tal vez un mes con la presencia de Gia, y sus excentricidades le daría la energía que necesitaba. Dio un largo suspiro, hizo la llamada correspondiente. Necesitaba saber qué tan rentable era expandir el negocio hasta América antes de conversar con Gia, no quería asustarla dándole las responsabilidades de un solo golpe. Pero si quería que fuera adquiriendo alguna que otra información importante. Debía prepararla para un futuro no muy lejano, ya que estaba pensando en retirarse.  Tres golpes en la puerta, lo sacaron de sus pensamientos tristes.  —Señor… señor… ya llegó… ya llegó la niña… Lulú estaba emocionada, por ver a la niña que cuidó desde que había nacido, pero que estaba consciente que ya era una mujer de veintidós años.   Desde la puerta  de la sala se escuchó: —¡Lulú! ¡Nonno! ¡Llegué! ¡La princesa Gia está en casa!
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