1. Plantada en el altar

1897 Palabras
Seis años atrás… Camino con apresuro sosteniendo la falda de mi vestido de novia, me tardé mucho con el maquillaje y el peinado, ahora estoy en contratiempo corriendo hacia la iglesia. ―¡Amanda! ¡El velo! ―Exclama mi padre. Se me había olvidado. Giro mi rostro dándole una sonrisa que él comparte conmigo y me detengo solo un momento para que él me lo coloque. Acaricia mi cabello con ternura. ―No comenzarás a llorar ¿Verdad? Porque yo no quiero llorar ―Hago un puchero hacia él. ―Me estoy conteniendo de hacerlo ―dice haciéndome reír. ―¿Alguna vez te lo imaginaste? ¿Qué yo me casara? ―Pregunto entornando mis ojos. Mi corazón late eufórico dentro de mi pecho. ―Sí. Pero no tan pronto. ―No soy tan joven. ―Para mí sigues siendo mi pequeña Amanda ―dice. ―Rodrigo, vas a hacer que llegue más tarde y sabes cómo son los Maxwell ―comenta mi madre. Ambos me adoptaron cuando tenía doce años, pero el matrimonio de ellos se desplomó al siguiente año de tenerme. A veces pienso que fui la culpable de que eso sucediera. ―Vamos a tiempo, además, todos deben de esperar a la novia ―replica mi padre haciéndome una mueca para que sonría―. Esos Maxwell pueden decir “amén” y no me importará ni un poco. ―Tu hija se va a casar con el heredero que está en la línea de sucesión para el condecorado de escocía. ―Puede ser el mismo rey de Inglaterra. Seguirá siendo un hombre común para mí. Mi madre rueda los ojos con un resoplido. ―Vamos ―Le digo sosteniendo su mano. Ella me da una sonrisa asintiendo. Subimos al auto que nos llevará a la iglesia y mis nervios aumentan en el camino. Todo sucedió tan rápido. El cómo nos conocimos en un bar, conectamos de inmediato, su cortejo fue de otra época enviándome flores a mi trabajo, cartitas y bombones. El romanticismo en toda su esencia y me enamoré, en el corto tiempo de seis meses ya tenía un anillo en mi dedo con una promesa. Mis amigos me dijeron que era muy pronto, pero la familia de él no cree en compromisos largos y él quería hacerme su esposa para salir también del yugo que lo condena a ser el heredero de su familia con un peso enorme en sus hombros. Bajo del auto en cuanto llegamos y miro la fachada de la iglesia. ―¿Hay mucho tráfico? ―Pregunta mi mejor amiga Emma, acercándose a mí. Lleva en sus manos mi ramillete de flores rosadas. Miro a mi amiga, mientras que Leone se acerca; su pareja desde la secundaria y también mi otro mejor amigo. Mi entrecejo se arruga ante su pregunta. ―No, no había tráfico ¿Por qué? ―Pregunto―. ¿Llegó Estefano? Se miran entre sí, parecen incómodos. ―Respóndanme ―exijo por el silencio. ―No ha llegado, tampoco sus padres, creemos que hay mucho tráfico ―responde Leone. Comienzo a sentir la tensión crecer en mi cuerpo. ―Será mejor que lo llame ―propone mi padre. ―Lo haré yo ―digo entregándole de regreso el ramillete a Emma. Tomo mi celular y le marco. Mis latidos cada vez son más fuertes. Cierro los ojos escuchando el tono al otro lado de la línea y suplico en mi interior que conteste. Pero me envía al buzón luego de sonar y sonar. Vuelvo a llamar una vez más y nada. ―Entremos ―suelto en un impulso. No quiero pensar que Estefano se ha atrevido a plantarme en el altar. Me rehúso a pensar eso. ―Espera, Ama ¿Entrarás sin él? ―Pregunta Emma a mi costado, siguiéndome. ―No sé ―contesto en automático, mi mente está nublada. ―Ama… ―¡No sé! ¡No sé qué hacer! ―Replico alterada mirándolos―. Discúlpenme… ―murmuro al darme cuenta de que me he sobresaltado. ―Tranquila, ya estamos acostumbrado a que nos gritonees ―dice Leone haciéndome sonreír―. Haremos lo que mejor te parezca, si quieres irte, nos iremos y ya ―añade. Tomo una profunda bocanada y asiento. Giro sobre mis talones y sigo mi camino a la entrada de la iglesia, vislumbro a los invitados esperándonos, a que intercambiemos los votos ante Dios y los presentes. Las cabezas se giran para verme y sigo caminando. ―¿Qué sucede? ¿Y Estefano? ―Pregunta uno de los invitados de parte del novio. ―¿Habrá boda? ―Cuestiona ahora uno de mis invitados. Todos me observan. No sé qué responder a nada. ―Algo sucedió con Estefano, no contesta su celular ¿Alguno sabe? ―Pregunta Emma y comienza a hablar con algunos de los familiares, pero tampoco logran decirle algo concreto. Miro la hora, llegué tarde a la iglesia y Estefano aún así, no ha llegado. ―Podemos esperar una hora más aquí, lo poco que conozco de él, es que es impredecible, pero no creo que sea de esos que rompen una promesa. Dijo que vendría y vendrá, así tenga que traerlo a golpes ―dice Leone a mi costado. Todos estamos tensos. Pero en el fondo comienzo a presentir lo que realmente sucede y mis ojos se escuecen. Emma niega con la cabeza hacia mí sin poder descubrir algo. ―Amanda, es mejor irse con la frente en alto, esto es humillante ―dice mi madre. Miro a las personas presentes. Los minutos transcurren y él no cruza las puertas. Me lo imagino, llegando tarde y disculpándose con una sonrisa galante y sus ojos azules, obviamente le perdonaré y cuando estemos en la luna de miel posiblemente discutamos, —o yo discuta—, gritándole mientras él me mira con su sonrisa y hace que se me pase la molestia con un beso largo. Eso queda en mi imaginación, él no llega. De repente, comienzan a irse los invitados de parte de Estefano. Desconcertándome. ―Aún no se vayan, él va a llegar… ―Linda, él no va a llegar, su padre nos dijo que nos fuéramos. Que no se va a casar contigo ―Me interrumpe una de las señoras elegantes con su cuello lleno de diamantes. Mis ojos se abren. ―¡Sí, lárguense! ―Exclama Emma en un intento de cambiar la perspectiva de la situación. Pero no hay nada que cambiar, esto es lo que es. ―Hija… ¿no quieres irte? ―Propone mi padre. Niego con la cabeza, algo pequeño dentro de mí sigue firme a que él vendrá. ―Dijeron que el padre de Estefano les avisó, deberías llamar a sus padres ―dice mi madre, nerviosa, mirando la puerta de la iglesia como si él pudiera aparecer en cualquier momento. ―No tengo los números… ―murmuro avergonzada. Ni siquiera eso. Ni siquiera algo tan simple. De forma inesperada, mi celular vibra entre mis manos. Número desconocido. Contesto sin pensarlo. ―¿Aló? ―¿Amanda Clark? ¿Verdad? ―La voz femenina es refinada, con un acento escocés marcado, elegante, frío―. Soy la madre de Estefano. Mi corazón se ilumina un segundo. ―Sí. Digo, hola… Estoy en la iglesia. ¿Él está en camino? ¿Cierto? Qué alivio, pensé que… ―Él no va a ir ―interrumpe, sin una pizca de emoción. El mundo no se detiene. No se rompe. Simplemente se inclina… y me deja caer. ―¿Qué? ―susurro, porque las palabras no me salen completas. Escucho un leve suspiro al otro lado de la línea. Luego, otra voz toma el teléfono. Grave. Autoritaria. Cruda. ―Como ya escuchaste a mi esposa, Amanda, Estefano finalmente ha comprendido su posición. Trago saliva. Mis dedos tiemblan tanto que casi dejo caer el móvil. ―¿Su… posición? ―Su deber ―corrige el hombre con una calma escalofriante―. Mi hijo pertenece a una familia cuyo apellido ha sido respetado desde los tiempos del condecorado de Escocia, además de ser un prestigioso empresario. No puede darse el lujo de diluir su linaje por un capricho carnal. Siento la primera lágrima deslizarse. ―Él me ama… Un silencio breve. Luego, una risa baja. Despreciativa. ―No confundas entusiasmo con amor, señorita Clark. Estefano se dejó llevar. Fue un desliz. Una aventura que se prolongó más de lo debido. Cada palabra cae como una bofetada limpia. ―Eso no es verdad… Él me pidió matrimonio… ―Y nosotros permitimos que cometiera ese error hasta que comprendió las consecuencias ―interrumpe con firmeza―. Ha conseguido la claridad. Mi respiración se corta. ―Su futuro ya no incluirá este episodio vergonzoso ―añade ante mi silencio. Episodio. Así me llama. ―Nos pidió que te dijéramos que lamenta haberte ilusionado ―continúa―. Pero debes entender algo, Amanda. Jamás habrías estado a la altura de lo que significa llevar nuestro apellido. La esposa de Estefano no solo debe ser bella. Debe ser impecable. Preparada. Acorde a lo que él representa. Mis uñas se clavan en la tela blanca de mi vestido. ―Yo lo amo… ―El amor no es suficiente cuando se nace para tener poder y manejar una gran herencia ―sentencia―. Y tú… no naciste para ese mundo. El murmullo de los invitados detrás de mí se convierte en un zumbido lejano. ―Hazte un favor y conserva algo de dignidad. Olvida esta farsa y no hagas que se convierta en un escándalo mayor. Mi hijo merece una mujer que represente honor. No un error. Un error. ―Es lo mejor para ti ―añade con frialdad clínica―. Con el tiempo agradecerás que esto termine hoy. Hay límites que no se cruzan. Y tú, Amanda, estabas muy lejos de la línea. La llamada se corta. Mi brazo cae al costado de mí, lánguido sin fuerzas y bajo la mirada a mi vestido blanco, comprendiendo que nunca fui la novia. Solo fui el error. ―Hija, ¿qué sucede? ―Pregunta mi padre viéndome. Rompo a llorar sin poder aguantarlo más. ―¡Todos fuera de aquí! ―Demanda Emma sacando a todos de la iglesia. Mi padre me abraza y sollozo fuerte, como si me estuvieran desgarrando desde adentro. ―Todo estará bien… ―intenta calmarme. Sostengo el ramillete y comienzo a destrozarlo en mis manos, golpeándolo, los pétalos salen volando por todos lados, me arranco el collar de mariposa que me había regalado cuando supo que me encantan. Lo lanzo al suelo, no queriendo tener nada de ese hombre, que llegó a mí con mentiras y falsedades de un amor que solo yo creí. Como una tonta. Por supuesto que un hombre como él no me iba a amar. ―Ama, cálmate por favor ―dice Emma preocupada de verme así. Sollozo y grito posando mi mano en mi pecho, para sentir cómo se quiebra mi corazón. ―Debemos de sacarla de aquí ―propone Leone. ―Cárgala ―ordena Emma. Mi mejor amigo me alza en sus brazos y camina a la salida mientras veo cómo los pétalos del ramillete siguen volando en el aire. Cierro los ojos apretándolos y rogando que esto no sea real, que no he sido plantada en el altar por Estefano Maxwell.
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