6. La prometida

1186 Palabras
POV Estefano Doy unos pasos atrás, apoyando mi espalda de la pared del ascensor. ―No, no, no ―repite ella intentando de presionar los botones del ascensor―. No podemos quedarnos aquí encerrados. Mi respiración se desnivela, puedo sentir cómo el sudor frío empieza a colmar mi frente y mi cuerpo. Con mi mano me deshago con rudeza del nudo de la corbata. ―¿Hola? Sí, nos hemos quedado aquí encerrados ―indica hablando por su celular―. Disculpen, ¿qué dijeron? Hay muy poca señal… ¿Hola? Suelta un quejido mirando su celular. ―Escuché decir a Celine que ocurrió algo con el sistema de los ascensores y se han detenido entre dos pisos ―menciona. Eso me sofoca más―. Debiste de dejar de presionarlo, lo dañaste. ―Tú no dejabas de presionarlo también ―jadeo. De repente, me mira. ―¿Qué te ocurre? ―Pregunta desconcertada. ―Nada ―gruño. ―Puedo ver tu sudor y estás respirando extraño. Hay suficiente aire aquí ―dice. ―Maldición ―farfullo. ―No puede ser, ¿sufres de claustrofobia? ―Le atina rápidamente. Le miro, casi asesinándole con mi mirada mientras que mi corazón me ametralla el pecho. ―Intenta respirar ―dice. ―¿Qué crees que estoy haciendo? ―Replico sofocado. Vuelve a llamar para que nos ayuden a salir de aquí, antes de que se me termine de cerrar la garganta. El sudor frío me empapa. Las gotas recorren mi sien, mi espalda, se cuelan bajo mi camisa pegándose a la piel como si también quisieran atraparme. Mis manos están húmedas, resbalosas, inútiles. Me llevo la mano al cuello, como si pudiera aflojar algo invisible que me está ahogando. Trago saliva, pero mi garganta está seca. Mis latidos… Dios, mis latidos están desbocados, golpeando con fuerza contra mis costillas, como si quisieran escapar. ―En diez minutos ―anuncia asustada―. Aguanta diez minutos. Trago de nuevo con dificultad, deslizo mi espalda por la pared del ascensor y caigo al suelo. Comienzo a quitarme el saco del traje, termino de arrebatarme la corbata y me arranco los botones de la camisa que salen disparados por todos lados. Respiro. Uno… dos… no, no puedo. El aire no alcanza. Me falta. Puedo sentir su mirada recorriéndome entero. Esos ojos cafés. ―Estefano, ¿estás bien? ―Pregunta sutilmente agachándose ante mí. Inesperadamente, coloca una de sus palmas en mi pecho desnudo, la sensación que me invade es de ardor. ―Respiremos al mismo tiempo ¿Sí? Inhalamos y exhalamos lentamente ―propone. ―¿Por qué me ayudas? ―jadeo. ―No lo sé. Encoje sus hombros. ―A la cuenta de uno… dos… tres, inhala ―indica haciéndolo también―. Hay suficiente aire aquí, las paredes son espaciosas, el espacio es grande, no estamos encerrados ―comienza a decir como en un mantra mientras respiramos al mismo tiempo. Eso hago, sigo sus indicaciones y su voz. Veo más de cerca sus facciones… sus ojos, la forma de su nariz, sus labios, sus lunares y sus pestañas. El pensamiento de que es hermosa invade mi mente. Una de mis manos se levanta hacia su rostro, ella reacciona apartándose, pero se queda allí y toma mi muñeca permitiéndome acunar su mejilla. Mis labios están separados entre jadeos viéndose tentadores. ―Estefano… ―pronuncia suavemente, como una melodía que acelera más mis latidos. Súbitamente, las luces del ascensor se encienden cambiando el color rojo emergencia por un blanco incandescente que me hace ver mejor su rosto. El cómo sus ojos son del color del café, específicamente de un expreso doble e intenso. Las puertas del ascensor se abren… no nos dimos cuenta de cuándo se ha vuelto a colocar en movimiento y detenido. ―Señor Maxwell ―Escucho la voz del jefe de seguridad. Quien aparta a la señorita Clark de mí sin tapujo alguno―. ¿Se encuentra bien? Le llevaré al hospital. Niego con la cabeza, deteniéndole. Miro a la mujer de ojos cafés, acomodándose la cartera en su hombro con vergüenza. Pestañeo tratando de salir de la sensación del ataque de pánico. ―Señor, su prometida está aquí, dijo que habían quedado en almorzar juntos ―Me susurra George. Escucho los golpeteos de unos tacones de aguja sobre el mármol de lujo del lugar. Para de repente, verla aparecer al frente de las puertas… Madison Jane, mi prometida. ―¡Estefano! ¿Estás bien? ¿Qué haces sin camisa? ―Su voz chillona me termina de aumentar el dolor de cabeza. Terminamos de salir del ascensor y Madison observa a la señorita Clark. ―¿Qué hacías en el ascensor con mi prometido? ―Le pregunta con crudeza. Madison se cruza de brazos mientras me coloco la camisa como puedo, ya que, tiene los botones rotos. ―¿Eres muda? ―Exige Madison. ―Déjala, nos quedamos atrapados en el ascensor ―digo. ―Casualmente ―espeta la rubia de mi prometida a la defensiva. ―¿Se encuentran bien? Podemos llevarlos a ambos a la clínica ―propone un gerente de la empresa que ha venido corriendo con los de seguridad―. Quiero disculparme por lo sucedido, no sabemos qué ha ocurrido. Mejoraremos el sistema de seguridad de los ascensores. Miro a la señorita Clark, quien se aguanta la risa mordiéndose el labio inferior, sabiendo que ha sido nuestra culpa. Carajo. Aclaro mi garganta. ―Estoy bien, no sé si la señorita… ―También estoy bien y creo que ya debo de irme ―interviene ella―. Le indicaré mañana al señor Laguardia que no trabajaré en el proyecto de esta empresa. Tenso mi mandíbula. Pienso en lo que sucedió hace un instante y en cómo ella actuó ayudándome a pesar de nuestras diferencias. Respiro profundo tomando una decisión madura. ―No será necesario ―digo, y ella me mira con asombro―. Será solo en ese proyecto, haremos que acabe rápidamente para que ninguno de los dos tenga inconvenientes. Es netamente profesional. ―Espera, ¿ella trabajará aquí? ―Pregunta Madison―. Cariño, no creo que sea… ―Levanto mi mano, callándola. ―¿Está de acuerdo, señorita Clark? ―Inquiero. ―Sí, señor Maxwell. Aprieto mi mano en puño por la tensión que me provoca. ―Si vuelve a molestarme de alguna manera, se largará de aquí sin colocar excusas ¿Quedó claro? ―Mi voz sale ronca. Asiente con su cabeza y los ojos cafés me observan, asombrados, pero en ellos, también hay algo más. Me mira como si me conociera, pero yo, no sé quién es ella. La señorita Clark se retira del lugar, giro sobre mi hombro mirando cómo se aleja con mi entrecejo apretado. Sin querer, mi vista baja a sus caderas anchas y bamboleantes como su gran culo. Madison posa sus manos en mi pecho y las aparto con desprecio. Mientras camino a la salida pensando que, en mi vida he visto a una mujer así de llamativa, imprudente, desastrosa y… explosiva. Que deja sin aliento a cualquiera. Es sinónimo de peligro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR