POV Estefano
La miro, otra vez esa mujer, con el descaro que exuda provocándome molestia. Muevo mi cuello ante la tensión posicionada en ese lugar. Mi vista la recorre en cuanto quita su mirada de mí, —seguramente asustada por las cicatrices, era de esperarse—… todas las mujeres me miran como si fuera un monstruo.
Por eso he exigido que no me miren por más de cinco segundos.
Noto su cabellera espesa, casi en un color azabache profundo, mientras que sus ojos son de un color café, su piel trigueña un poco clara que me deja ver el rubor en sus mejillas y el color rosado y jugosos de sus labios. La falda tubo que carga de estilo ejecutivo se aprieta en sus curvas, no es una mujer delgada, en lo absoluto y no sé si eso sea desconcertante para mí y quizás tentador. Aprieto mis dientes entre sí cuando termina de entrar.
La escena del ascensor con sus manos en mi pecho, aún sigue en mi mente. Que desastre es esta mujer. Es torpe, ruidosa, golpea a desconocidos y se les abalanza encima. Una descarada.
Mi entrecejo se aprieta.
―Massimo, creo que te dejé en claro que no deseo trabajar con esta mujer ―replico apartando mi vista de ella para colocarla en la del empresario Laguardia.
Massimo resopla. La mujer rubia sale de la oficina cerrando la puerta con una seña de él.
Poso mis manos sobre el escritorio, encarándolo.
―Lo sé, Estefano, pero…
―¡Nada de peros! Esta señorita me abofeteó sin conocerme hace menos de una hora ―intervengo.
―¿Eso sucedió? ―Pregunta Massimo hacia ella.
Le fulmino con mi mirada.
―Quiero disculparme por eso, yo… lo confundí con alguien más ―dice suavemente.
Su tono de voz me desconcierta.
Me coloco erguido soltando una carcajada irónica, estoy muy enfurecido.
―Ahora resulta que me confundiste.
―Sí, señor Maxwell, lo confundí con… ―corta sus palabras.
―¿Con? ―Presiono.
―Estefano ―intenta calmarme, Massimo.
―Con un cucaracho ―replica con su acento marcado ¿De dónde será esta mujer?
―Disculpe, señorita Clark ¿Cucaracho? ―Inquiere Massimo.
Espero que se refiera a algo positivo con esa jodida palabra.
―A un ex, un poco hombre; un mero cucaracho ―responde.
Aprieto mis manos en empuñaduras y rechino mis dientes.
Miro a Massimo y él respira profundo. Ambos tenemos edades similares.
―Creo que podemos dar por sentado que fue una confusión muy incómoda, también que, la señorita Clark se disculpa por los inconvenientes causados. Para que pasemos la página y conversemos sobre lo que realmente importa, el proyecto ―manifiesta Massimo.
Presiono el puente de mi nariz.
―La quiero fuera del proyecto, de la empresa, de mi vista ―gruño.
―Estefano, los clientes la pidieron específicamente a ella como arquitecta de interiores, tú mismo aceptaste que estuviera en el proyecto, firmaste…
―No sabía que la señorita Clark, me faltaría el respeto y se comportaría de forma irrespetuosa ante mí ―replico―. Necesito que le saques del proyecto, demando que lo hagas ―Me cruzo de brazos.
Giro el rostro levemente, para mirarla, vislumbro nuestras diferencias de estaturas… es baja y está usando tacones. ¿Cuánto medirá? ¿Por dónde me llegará? Mido casi dos metros.
Aparto la mirada de ella.
―Estefano, entiendo tu molestia, pero no me estás entendiendo. El proyecto depende de los dos.
―Ella o yo ―exijo con dureza―. ¿Sabes qué? Mejor me iré yo, soy socio de esta empresa, por si lo has olvidado. Habla con la junta directiva de esto.
―Puedo irme yo ―dice de repente ella.
Dejo salir un suspiro, sabiendo que obtendré mi cometido. Creo que ha sido inteligente, al recordar mis amenazas y esbozo una sonrisa de satisfacción.
―Señorita Clark…
―Le escuchaste, quedó todo como debía de estar ―digo haciendo ademán de irme.
―Pero no quiero ―añade ella. Mis pasos se detienen y la miro con asombro, se me borra la sonrisa ¿Qué carajo? Pienso que ha perdido la cabeza―. Ya me disculpé por el inconveniente con el señor Maxwell y he venido hasta Manhattan por este proyecto, tiempo y dinero invertido, también, sé lo que vale mi trabajo y mi conocimiento, por algo, varias empresas se han disputado mi presencia. Así que, espero que me acepte el seguir aquí en Apex Towers, como estaba planeado ―acota, sin mirarme ni un instante.
―¿En serio te atreverás a competir contra mí? ―Pregunto, mi voz suena grave.
―Trabajaría para usted, señor Maxwell, para que el proyecto salga bien ―dice Massimo.
Respiro profundo y estiro el saco de mi traje.
―Si eso es lo que quiere, señorita Clark, absténgase a las consecuencias ―advierto tajante.
―Estefano… ―Massimo intenta detenerme, pero me voy. Empujo la puerta cruzándola y camino a pasos decididos hacia el ascensor.
Mis pulsaciones son violentas, estoy muy furioso ante el descaro de esa mujer.
―Señor Maxwell ―dice el jefe de mi seguridad.
―Necesito estar solo un momento, nos vemos en la salida ―Le digo para que no entre conmigo al ascensor. Se va hacia el otro ascensor.
Las puertas se abren y por suerte, está vacío. Entro a la caja metálica.
―¡Espere, señor Maxwell! ―Llama esa mujer. Mi entrecejo se aprieta.
Su mano se interpone entre las puertas evitando que se cierren, jadea por haber corrido y traga con dificultad clavándome sus ojos cafés. Entra al ascensor colocando su espalda erguida dejando que las puertas de detrás de ella se cierren, dejándonos a solas en el interior.
Ella aparta su mirada de mí en cuanto se da cuenta de que me está mirando por mucho tiempo, se acomoda el cabello en un gesto nervioso.
―Quiero disculparme personalmente y sé que comenzamos con el pie equivocado…
―Me abofeteaste ―Le interrumpo tajante―. Disculpas no aceptadas, puedes irte.
Me mira con asombro.
―Usted de verdad es un… ―gruñe cortando sus palabras para pensarlo mejor―. Sé que me comporté de una forma terrible, lo confundí con…
―Un cucaracho ―farfullo ahora sin poder olvidar que me ha ofendido de esa forma.
Asiente con su cabeza, aguantándose la risa con descaro mientras cubre sus labios. Presiono el botón del ascensor. Para mi sorpresa, ella también presiona otro en el mismo tablero. Vuelvo a presionar el mismo y ambos batallamos con los botones del ascensor.
―¡¿Puede parar?! O nos quedaremos aquí encerrados ―Exclama.
―¡Detengase usted! ¡Deje de presionarlo! ―Ladro.
―Ya puedo notar lo que dicen de usted ―replica de repente.
Mi entrecejo se aprieta más.
―¿Qué? ―Exijo encarándola fríamente.
―Que es un mal hombre, no escucha a las mujeres, las ve como inferiores y es cruel con ellas. Puedo confirmar que es así ―Me responde sin tapujos. ¿Acaso esta mujer no me tiene miedo? ¿O tiene exceso de confianza? No sé qué cuál de las dos es más irritante.
Tomo una profunda bocanada y vuelvo a presionar el botón con fuerza. Ella también lo hace.
―Señorita Clark ―gruño para que se detenga.
―¿Ahora soy señorita Clark? ―Replica desconcertándome―. Que bien finges, Estefano Maxwell.
―¿Qué? ―Pregunto con dureza.
Súbitamente, el ascensor se detiene con un tirón seco y el silencio cae como una losa sobre nosotros. El detenimiento es abrupto lanzando su alarma, las luces del ascensor se apagan y se encienden las de emergencia. Miro a los lados notando que no es buena la situación. Mi pecho sube y baja, los recuerdos de mi cuerpo encerrado en el auto, luego de volcarse una y otra vez, me invaden.