El silencio que siguió fue tan espeso que se podía cortar. El sarcasmo que yo solía usar para protegerme se evaporó, dejando solo una vulnerabilidad desnuda. Sentí la mano de Julian rozar mi rodilla por debajo del mantel, un contacto eléctrico, posesivo, que me quemaba la piel a través de la seda roja. Mamá se quedó pensativa un momento. Me miró con una ternura que me dolió. —Bueno... —comenzó ella, buscando las palabras en el aire—. Ariadna es... ella es fuego, señor Julian. Siempre lo ha sido. Yo solo querría a alguien que sea honesto, ante todo. Un hombre trabajador, que no le tenga miedo a la vida. Alguien que la quiera, que la ame con locura... pero sobre todo... Mamá hizo una pausa, y su voz se volvió más firme. —Que ella lo elija. Yo respetaré lo que ella quiera, porque su felic

