* La atmósfera en la sala se espesó de repente, y no fue por el vapor del pavo o el aroma de las rosas. Fue la música. Miguel, con una sonrisa cómplice y los ojos brillantes por el vino, se acercó al viejo equipo de sonido y puso un bolero lento, de esos que parecen diseñados para que los cuerpos se confiesen pecados que no se atreven a decir en voz alta. —¡Amor, mi vida, concédeme esta pieza! —exclamó Miguel, extendiendo la mano hacia mi madre con una galantería que me hizo rodar los ojos. Mi madre, soltó una risita nerviosa, acomodándose el delantal sobre su vestido sencillo. Miró a Julian con una mezcla de respeto y disculpa, como si pedir permiso para ser feliz en su propia casa fuera obligatorio frente al "patrón". Pero Julian solo asintió con una elegancia perezosa, recostado en s

