Maya sacudió la cabeza, intentando alejar la imagen de Oliver de su mente. Se culpó a sí misma por no haber notado cuándo salió del baño. —¿Por qué no puedes responder? —insistió él, con una sonrisa burlona—. ¿Acaso parezco un modelo? ¿O quizás tu actor favorito? —Qué vergüenza… —murmuró ella, con los ojos clavados en la pantalla de su computadora portátil. —No respondiste a mi pregunta. ¿Por qué sonreías antes? —insistió Oliver, mirándola fijamente. Maya aún no había decidido si contarle sobre su entrevista de trabajo. No tenía idea de cómo reaccionaría él ni si apoyaría su decisión. —Nada —respondió sin más y fingió estar escribiendo algo en la computadora. —¿Nada? Pero sonreías de oreja a oreja —dijo él con incredulidad, entornando los ojos—. No creas que soy un tonto, Maya. —No

