Enzo asintió ante las palabras de su madre, se disculpó y subió a su habitación. Él sentía un aprecio muy profundo por Atenea.
Prácticamente, desde que la conoció, la niña de seis años se había apegado a él, mucho más incluso que sus propios sobrinos.
Tanto que él llegó a verla como la cuarta sobrina, no obstante, con el paso de los años se dio cuenta de que Atenea lo miraba con otros ojos y nada tenían que ver con el sentimiento de tío y sobrina.
Y eso era algo que él no podía dejar pasar por alto, no se sentía atraído por Atenea de manera romántica, su amor y cariño era meramente la de un familiar cercano.
Él la quería, la admiraba en muchos sentidos, pero no la amaba de ninguna otra manera. Él estaba enamorado de Florencia desde hacía mucho tiempo y lo último que quería era herir el corazón de la chica. Además, él no podría ser feliz con la culpa.
Atenea era joven, posiblemente se terminaría enamorando de algún otro chico de su edad y eventualmente se le pasaría ese enamoramiento que sentía por él.
Es lo que Enzo Lombardi deseaba con toda su alma, era lo que necesitaba creer. Atenea era muy linda y buena para sufrir por un hombre como él.
Él no era un diablo, pero infierno, tampoco era un santo…
Los días que faltaban para el fin de semana, Enzo pasó metido en la oficina y encargando a un par de jefes a su nueva integrante. No pidió trato preferencial, porque Atenea no iba en calidad de familia, conocida o amiga. No, ella iba como una estudiante más que necesitaba presentar su pasantía para la universidad en la que estudiaba. Sin embargo, también quería asegurarse de que fuera tratada con respeto y amabilidad como todos los nuevos empleados.
—No entiendo por qué la chica debe venir desde Grecia, ¿su familia no se dedica a lo mismo que tú? —se quejó Florencia mientras se sentaba en el sillón y cruzaba las piernas.
La rubia era realmente hermosa, una mujer que volvía loco a cualquier hombre, pero era de Enzo Lombardi.
Ellos habían sido compañeros en la universidad, amigos antes que novios y posteriormente una pareja en todo el sentido de la palabra. Lo único que les restaba era casarse, porque vivían prácticamente juntos, a excepción de los fines de semana que ella debía volver a Palermo a casa de sus abuelos y Enzo pasaba con su madre.
—Atenea no quiere tener privilegios, los cuales tendría en la empresa familiar, ningún empleado se atrevería a llamarle la atención por el simple hecho de ser una Stavros, tampoco nadie se atrevería a corregirla en caso de que estuviese cometiendo un error.
—Tu hermana y tu cuñado, podrían hacerlo —pronunció poniéndose de pie y caminando con paso firme hasta el escritorio.
—Florencia…
—Tengo ganas de ti, me has convertido en una adicta —susurró la mujer pegando los labios a los labios masculinos que la recibieron con amor. Y habrían continuado con la escena, desatando su deseo si los toques a la puerta no hubiesen interrumpido aquel beso.
—Adelante —indicó Enzo una vez que Florencia había recuperado la compostura y regresado al sillón.
—Lamento la interrupción —dijo el hombre entrando con una amable sonrisa a la oficina.
—Siempre eres bienvenido Valentino, esta es tu casa —convino Enzo poniéndose de pie para saludar a uno de sus clientes y amigos.
—Muchas gracias, Enzo —dijo el hombre estrechando la mano de Enzo—. Florencia —saludó Valentino a la mujer.
—Un gusto tenerte aquí, Valentino —saludó poniéndose de pie y saludando de beso al hombre.
Florencia se llevaba muy bien con Valentino. El hombre no solamente era cliente y amigo de Enzo, también era el hombre que más veces la llamaba para ser el rostro de publicidad para su empresa.
—No esperaba verte aquí, creí que volvías a Palermo —indicó el hombre, hoy era viernes y por la hora asumió que la mujer no saldría de Milán.
—Era la idea, pero la sobrina de Enzo viene a casa y quiero estar presente —explicó Florencia.
—¿Quién de tus sobrinas viene a Milán? —preguntó Valentino, él había puesto los ojos sobre una de las dos jovencitas Stavros, no obstante una de ellas, le parecía un regalo de los dioses.
—Viene Atenea…
—¿La diosa griega? —preguntó como si no pudiese creer que volvería a verla. La última vez que la había visto había sido en el funeral de Massimo Lombardi. Aquella había sido la primera y única vez que había cruzado palabra con ella, luego de encontrarla llorando en el jardín.
También desde entonces la había buscado y la seguía en todas sus r************* . Aunque, a decir verdad, Atenea no era de las típicas niñas que publicaban hasta la hora de ir al baño, no, ella era totalmente distinta y sus publicaciones siempre tenían a bien mostrar su pasión por el diseño y pocas veces dejaba ver su espléndida belleza.
—¿Diosa griega? —Enzo pestañeo un par de veces, por un momento pensó haber escuchado mal. No obstante, Valentino le dejó claro que no había error.
—Con permiso de Florencia. Las italianas son hermosas, pero esa mujer no debe ser real, tiene algo en la mirada que…
—Te recuerdo, Valentino, que mi sobrina tiene dieciocho años y viene a enfocarse en su pasantía, no en busca de un italiano descarado y atrevido como tú —argumentó Enzo.
—Bueno, Enzo, ella un día dejará de tener dieciocho y se convertirá en toda una mujer y te aseguro que como tío sufrirás muchas angustias —expresó Valentino.
El italiano no era un hombre que se fuera por las ramas. Él le llamaba pan al pan y vino al vino. Y no iba a ocultar la atracción que sentía por Atenea Stavros menos con Enzo, quien sería técnicamente su tutor.
—Bueno, la diferencia de edades entre ustedes no es mucha, creo que Atenea ya tiene un amigo con quien salir de paseo los fines de semana —dijo alegre Florencia.
—Citas dobles, para tu tranquilidad, hermano —agregó Valentino.
Enzo sonrió y disimuló el malestar que le provocaba escuchar a Valentino hablar de Atenea, el único consuelo que tenía, era que Atenea no iba a fijarse en él… O es lo que rogaba internamente.