Dos años después…
—¿Estás de broma? —Atenea se sentó de golpe sobre la silla mientras escuchaba las palabras de Aquiles.
—¿Crees que soy el tipo de hombre que bromearía con algo que sé es muy importante para ti? —preguntó el hombre con seriedad al otro lado del escritorio.
Atenea negó con un movimiento de cabeza. ¡Por supuesto que su tío no bromearía con algo así!
—Sé que no lo harías, pero… Me parece que estoy soñando —dijo ella en un susurro.
—Eres una joven muy talentosa, cariño, has dedicado tu joven vida a superarte cada día y me duele que en el fondo de tu corazón pienses que no mereces lo que tienes.
Atenea se mordió el labio al escuchar las palabras de Enzo, ella difícilmente podía considerarse digna de lo que tenía.
—Mis padres…
—Tus padres somos nosotros Atenea —intervino Anastasia al otro lado de la sala.
Atenea se giró para verla y le sonrió.
—Lo sé, pero es tan difícil para mí, que…
—Entonces, ¿No irás a Italia? —preguntó Ana con una ligera sonrisa en los labios.
—Claro que iré, hacer mi pasantía en Italia y en las joyerías Lombardi ha sido mi sueño más preciado y sé que Enzo no me dará tregua, jamás me dejaría holgazanear como lo harías tú —dijo viendo a Aquiles.
Y es que Aquiles la adoraba como una más de sus hijos, Atenea era de la edad de sus gemelos, por lo que él siempre se refería a ellos como sus trillizos peligrosos. Ahora eran adultos y cada quién había elegido su camino.
Era Atenea la única que se había quedado en casa para cuidar de sus abuelos.
—En eso tienes razón —convino Anastasia.
—Entonces, ¿Qué le respondo a Enzo?
—¡Dile que sí, dile que voy a Italia! —gritó la joven emocionada.
—¡Hay que preparar las maletas! —anunció Anastasia.
Atenea no podía creer que Enzo aceptara su solicitud para hacer su pasantía en Italia. Cuando le había escrito tres semanas atrás, jamás imaginó que la respuesta fuera un rotundo sí.
En el fondo no se engañaba, quizá Anastasia tuviera mucho que ver, ellos eran hermanos y Enzo jamás le había negado nada y de repente los miedos se instalaron en su corazón.
Ella quería que Enzo le diera la oportunidad de hacer su pasantía en su empresa por su talento y no porque quisiera complacer a su hermana mayor.
Al pensarlo la euforia disminuyó y mientras el auto avanzó a la mansión Stavros, sus miedos y dudas fueron incrementándose con tanta fuerza que no pudo evitar dejar escapar el gemido de frustración que abandonó sus labios.
—¿Estás bien, Atenea? —la pregunta de Anastasia le hizo darse cuenta de que había sido ruidosa. Ella por lo general trataba de pasar desapercibida. Ni siquiera ella podía entender por qué lo hacía.
—Estoy… —hizo una pausa, se mordió el labio y levantó la mirada para encontrarse con la mirada de Anastasia, sus ojos eran como el carbón, un oscuro profundo que inevitablemente le hacía pensar en Enzo.
—¿Qué sucede? Sabes que puedes confiar en mí, no tengas miedo de expresarte —alentó Anastasia a que Atenea se abriera con ella.
—Júrame que no tuviste nada que ver con la aceptación de Enzo —dijo luego de un largo momento de silencio.
La mano de Anastasia subió hasta acariciar la mejilla de la joven. Anastasia podía reconocer el miedo en Atenea. Ella mejor que nadie sabía lo que se sentía no tener confianza en sí misma. No necesitaba que se lo contaran, los ojos de Atenea hablaban por sí solos. Le dolía saber que a pesar de todo el amor que Atenea recibía de ellos. El estigma de ser la hija de un criminal pesara más que el amor que le daban. Le dolía que sobre sus jóvenes hombros recayera una culpa que no era suya. Atenea no tenía la culpa de ser hija de Adara y Claus, ella era el ser más inocente en aquella fatídica historia; sin embargo, de alguna manera eso le creaba inseguridades que no eran fáciles de superar.
—Tienes que confiar en ti, cariño, tienes un gran talento y pronto tendré que luchar contra mi propio hermano por recuperarte, porque te aseguro que él no te dejará ir cuando descubra que la alumna está punto de superar al maestro.
—Estás exagerando, tú eres brillante y única, Ana —las lágrimas corrieron por las mejillas de Atenea, tenía tantas ganas de decirle mamá, pero los sentimientos que albergaba por Enzo se lo impedían.
—Tú eres un sol, Atenea, una guerrera —le recordó Anastasia el origen de su nombre.
—Entonces, iré y voy a demostrar que tengo talento y que merezco estar entre los diseñadores de la casa Lombardi —pronunció con más seguridad de la que sentía.
Estar cerca de Enzo sería lo más maravilloso del mundo y también lo más doloroso. Él le tenía aprecio, quizá la quería como a una más de sus sobrinos y si eso era todo a lo que ella podía aspirar lo aceptaba. Por muy difícil que fuera verlo feliz en brazos de otra mujer, ella aceptaba lo que él tenía para darle.
No obstante, algo distinto sucedía en Italia…
—¿Aceptaste que viniera a Italia? —preguntó el hombre mirando fijamente a su madre.
—Lo hice y lo hice en tu nombre…
—Sabes que te amo y te amo mucho, mamá, pero no debiste hacerlo… he tratado de poner una sana distancia entre Atenea y yo, y esto…
—¿Tienes miedo de ella, Enzo? —preguntó Olimpia sentándose al lado de su hijo.
—No, no obstante, no quiero verla sufrir. Sus ojos no mienten mamá y ella me mira con…
—Con amor —puntualizó la mujer.
—Sí, me mira casi con devoción y yo no puedo darle lo que desea, estoy enamorado de Florencia desde que estábamos en la universidad, sin contar con los años que existen de diferencia entre nosotros…
—Te aseguro que Atenea no viene a enfocarse en sus sentimientos, sino en su trabajo. La he visto esmerarse mucho más que tus propios sobrinos, la he visto trabajar hombro a hombro con Aquiles y Ana. Hasta tu padre sentía un especial aprecio y admiración por ella; no hay día que Atenea no desee probarse a sí misma que merece tener lo que tiene y si yo puedo ayudarle, lo haré y si no quieres que esté en la empresa, pediré a Adriano que la lleve a Roma.
Enzo miró a su madre con cierto recelo. Adriano era su primo y su principal competidor en los negocios, también en el amor, había estado interesado en Florencia recientemente y eso había valido un fuerte enfrentamiento entre ellos. Lo que no comprendía era porque su madre debía mencionarlo y mucho menos las intenciones de enviarle a Atenea, si sabía que su fama de mujeriego le precedía.
—Tú ganas, mamá, aceptaré a Atenea en la empresa y supongo que también tendré que aceptarla en esta casa —dijo haciendo una mueca.
—Supones bien, no enviaré a mi chica a otro sitio cuando la casa es muy grande. Además, tiene que adaptarse al país y a algunas costumbres, es por eso que llegará este fin de semana…